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Le Dijeron a Nino Bravo que esa Mujer Llevaba 10 Años Esperando Verle/ Lo que Hizo al Saberlo….

 En agosto, mientras la fotografía de la portada del disco tomada en Madrid en agosto de 1971 aparecía en los escaparates de todas las tiendas de discos del país. Él seguía viviendo en un piso del barrio de Rusaf en Valencia con su esposa María Amparo Martínez Hill y su hija recién nacida María Amparo Ferry, que había llegado al mundo el 24 de enero de ese año.

 El piso estaba en la calle Denia, en el tercer piso, con una ventana que daba a un patio interior donde los vecinos tendían la ropa los martes y los viernes. Nino Bravo no vivía como una estrella, vivía como alguien que todavía no había terminado de creer que lo era. Por las mañanas, antes de que llegaran las llamadas del manager, salía a comprar el pan en la panadería de la esquina con los mismos zapatos marrones que llevaba desde 1969.

No por austeridad calculada ni por imagen cuidada, sino porque a los zapatos no les veía el punto de cambio mientras siguieran siendo cómodos. Esa lógica simple y sin fisuras era la misma con la que gobernaba casi todo lo demás. Su manager en 1972 era Vicente Moya, conocido en el circuito artístico valenciano como Suco.

Un hombre de complexión ancha, con bigote fino y la costumbre de tomar notas en servilletas de papel que después nunca encontraba. Suo había estado con Nino desde los primeros años, cuando todavía actuaba con los Super Son y cobraba lo justo para cubrir el desplazamiento. Entre ellos existía una confianza que no necesitaba explicarse.

 Suo decidía la logística, Nino decidía el resto y cuando sus criterios chocaban ganaba el silencio de Nino, que era más elocuente que cualquier argumento. La actuación del 14 de octubre  era en el teatro principal de Zaragoza, un edificio de fachada neoclásica sobre la plaza de Ariño con una capacidad de 432 butacas, techos altos, madera oscura en los  palcos y una acústica que multiplicaba cada nota sin necesidad de refuerzo electrónico en los primeros 20 m.

 Era exactamente el tipo de sala que Nino prefería, donde la voz llegaba antes que el micrófono. Esa tarde, a las 5:45, cuando el equipo técnico terminaba de montar el equipamiento y los acomodadores revisaban las filas de butacas, Suco entró en el camerino con ese sobre de papel manila, lo puso sobre la mesa y dijo sin preámbulo, “Suco, hay una mujer que lleva 10 años intentando verte.

 Esta noche está en la fila 3, butaca 11. Nino respondió de inmediato, cogió el sobre y lo que hizo a continuación con la información que contenía es lo que ninguno de los que estaban en ese camerino esperaba. Pilar Andreu Ferrer tenía 54 años y había nacido en Teruel en 1918, el mismo año en que terminó la Primera Guerra Mundial y empezó el frío más largo que recordaban los ancianos del pueblo.

 Su padre, Ramón Andreu, había sido maestro de escuela rural en Sella, un pueblo de poco más de 100  almas, a 16 km de Teruel capital, con una plaza central de Piedra Caliza y una fuente cuyo caño nunca se había secado del todo en los meses de verano. Ramón enseñaba a leer por las mañanas y tocaba la guitarra española por las noches, sentado en la silla de madera junto a la ventana de la cocina, con las partituras apoyadas en el respaldo de la silla de enfrente porque nunca había tenido a Tril.

 Pilar aprendió a escuchar música antes de aprender a escribir, no de manera figurada. Literalmente, cuando tenía 6 años y su padre le ponía el dedo en la palma de la mano para enseñarle las letras del alfabeto, ella las asociaba a canciones antes que a  palabras. La A era el arranque de Asturias de Albenis. La S era el silvido con que su padre marcaba el tiempo cuando no quería interrumpir.

 En 1936, cuando tenía 18 años, la guerra llegó a Sella antes que los periódicos. Su padre fue detenido en septiembre de ese año. Nunca volvió. Pilar y su madre se trasladaron a Zaragoza en el invierno de 1937 a casa de una prima de la madre que tenía una pensión pequeña en la calle Manifestación en el casco histórico,  con paredes de yeso amarillento y un patio interior donde la ropa tardaba tres días en secarse porque el  sol no llegaba más que una hora al día.

En Zaragoza, Pilar encontró trabajo como costurera en un taller de la calle Alfonso. Trabajó allí durante 20 años. Se casó en 1947 con un tornero llamado Antonio Ventura, hombre de pocas palabras  y muchos gestos, que murió de un infarto fulminante en febrero de 1961 mientras desayunaba. Tenían un hijo de 12 años,  Jesús, y una rutina que de pronto quedó con un hueco en el centro que nadie supo cómo llenar.

 Pilar no se quebró o sí se quebró, pero de una manera que no se veía desde fuera. Siguió cociendo, siguió yendo al mercado los miércoles, siguió poniendo la radio a las 9 de la noche, como había hecho toda la vida, porque el silencio a esa hora era demasiado denso para dejarlo sin llenar. Fue precisamente la radio lo que la conectó con Nino Bravo.

 En 1962, 9 meses después de la muerte de Antonio, escuchó por primera vez una versión italiana de una canción que no conocía. No era todavía Nino Bravo. Era solo una voz en la radio a las 9:20 de la noche con el sonido de la orquesta llegando con algo de estática que le hizo dejar la aguja de coser sobre el tejido y quedarse quieta durante 4 minutos y 11 segundos sin moverse.

No supo explicar por qué. tampoco intentó explicarlo. Cuando en 1970 Nino Bravo publicó Te quiero, “Te quiero” y sonó por primera vez en la radio de la cocina de Pilar, ella reconoció algo en esa voz que no había escuchado en ninguna otra. No era técnica, no era estilo, era una textura específica en el paso del registro medio al agudo, una manera de abrir la última sílaba de cada verso que le recordaba a las noches en sella cuando su padre terminaba de tocar y dejaba el silencio a sentarse antes de hablar. Desde entonces, Pilar Andreu

había intentado ver a Nino Bravo en directo en cuatro ocasiones. La primera vez, en 1970, se enteró del concierto tr días después de que hubiera ocurrido. La segunda, en 1971 compró una entrada para una actuación en Valencia que se canceló sin previo aviso por problemas con el aforo del local. La tercera, ese mismo año llegó a la puerta del teatro en Bilbao y descubrió que las entradas estaban agotadas desde hacía dos semanas.

La cuarta vez, en marzo de 1972, su hijo Jesús se enfermó y ella no se movió de la cama del hospital durante 5 días, 10 años desde que escuchó esa voz por primera vez. Cuatro intentos fallidos y una entrada para el 14 de octubre de 1972 en el Teatro principal de Zaragoza, comprada en la taquilla tres semanas antes, guardada en el interior de un libro de costura entre dos páginas dedicadas a los puntos de cadeneta.

 El libro era un cuaderno de tapas duras color verde botella con el lomo reforzado con cinta adhesiva marrón porque  el uso lo había desgastado. En la primera página, con la letra apretada y vertical de quien aprendió a escribir con pluma y nunca cambió del todo al bolígrafo, estaba escrito el nombre de su padre, Ramón Andreu Pérez.

Sella 1891. A las 7:15 de la tarde, Pilar Andreu llegó al teatro principal de Zaragoza con  45 minutos de antelación. Llevaba puesto el abrigo gris que guardaba para las ocasiones, no el de diario, el de lana basta que usaba para el mercado. El otro, el de paño fino con los botones negros que había cocido ella misma en 1964 y que había llevado al funeral de Antonio a la comunión de Jesús y a la primera vez que su nuera la invitó a cenar.

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