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Todos Se Burlaron De Su Techo Doble — Excepto Su Caballo, Hasta Que La Tormenta Les Dio La Razón

Dejaba un espacio de aproximadamente un metro entre el techo viejo y el nuevo. Una cámara de aire, decía él.

La primera vez que lo vi, paré mi camioneta en el arcén. “Hombre, Mateo”, le grité con esa condescendencia que ahora me da asco. “¿Qué estás montando ahí? ¿Una pista de aterrizaje para ovnis?”.

Él bajó el martillo, se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano y me miró con una seriedad que, en ese momento, me pareció cómica. “El aire está cambiando, vecino. El viento no sopla como antes. La tierra se está calentando demasiado rápido y, cuando el cielo se rompa, un tejado normal no va a aguantar la presión. El viento necesita pasar a través, no chocar contra un muro. Este diseño disipa la fuerza.”

Solté una carcajada que resonó en todo el valle. Lo juro. Me reí en su cara. Y no fui el único. Durante meses, la obra de Mateo fue el chiste oficial del pueblo. El alcalde bromeaba en los plenos, los niños pasaban en bicicleta gritando tonterías y los “cuñaos” de turno, esos que tienen un máster en todo sin haber estudiado nada, le daban lecciones de arquitectura desde la barra del bar con un palillo en la boca.

“Eso es tirar el dinero”, decían. “Con la mitad de lo que se ha gastado en ese adefesio, yo me habría ido al Caribe”.

A veces me pregunto por qué somos así. ¿Por qué el ser humano tiende a ridiculizar lo que no comprende? Supongo que es un mecanismo de defensa. Si Mateo tenía razón, eso significaba que nuestras casas, nuestras vidas perfectamente ordenadas, estaban en peligro. Y nadie quiere aceptar que es vulnerable. Es más fácil llamar loco al profeta que prepararse para el diluvio.

Pero había algo, o más bien alguien, que nunca se burló. Relámpago.

Relámpago era el caballo de Mateo. Un semental negro, fuerte como un toro y más inteligente que la mitad de los concejales de nuestro ayuntamiento. Yo soy de los que piensan que los animales tienen un sexto sentido, algo que nosotros perdimos cuando empezamos a vivir pegados a las pantallas de los teléfonos.

Semanas antes de la gran tormenta, cuando el cielo aún estaba azul y el sol picaba en la nuca, Relámpago cambió. Los que conocemos a los caballos sabemos leer sus orejas, sus movimientos, su forma de respirar. El animal estaba inquieto. Se negaba a pastar en las zonas abiertas. Solo parecía encontrar paz cuando Mateo lo metía en el establo, al cual, por cierto, también le había construido un maldito techo doble.

El caballo se quedaba allí, mirando hacia las montañas con las fosas nasales dilatadas. Mateo pasaba horas peinándolo, hablándole en susurros. “Él lo sabe”, me dijo Mateo una tarde que fui a llevarle un paquete que el cartero había dejado por error en mi casa. “Siente la bajada de la presión barométrica. Las aves han dejado de cantar al amanecer. Ya viene”.

Pensé que los dos necesitaban un psiquiatra.

Y entonces, llegó el martes negro.

Los meteorólogos en la televisión hablaban de una “DANA histórica”, de “tormentas severas”, pero ya sabemos cómo son las noticias; siempre exageran para ganar audiencia. Al menos, eso nos dijimos a nosotros mismos para tranquilizarnos. “Caerán cuatro gotas y se irá la luz un rato, como siempre”, sentenció el dueño del bar mientras recogía la terraza.

Qué equivocados estábamos.

A las ocho de la tarde, el cielo no se oscureció; se volvió de un color violeta enfermizo, casi radiactivo. El aire se volvió espeso, pesado, difícil de respirar. Y de repente, el silencio. Un silencio absoluto, denso, aterrorizador. Ni un grillo, ni un perro ladrando, ni el roce de las hojas. Nada.

Luego, el primer impacto.

No fue lluvia lo primero que cayó, fue granizo del tamaño de pelotas de tenis. Rompieron los parabrisas de los coches en cuestión de segundos. Y detrás del granizo, llegó el viento. Un huracán implacable, una fuerza bruta, primitiva, que no entendía de ladrillos ni de hipotecas.

Volviendo a donde empecé este relato, bajo mi mesa del comedor: pasé la noche más larga de mi existencia. Mi techo aguantó, a duras penas, pero perdí parte del porche y todas las ventanas. Escuchaba los árboles centenarios de la plaza partirse como palillos de dientes. Escuchaba el llanto de la gente, las sirenas a lo lejos que nunca lograban acercarse porque las carreteras estaban bloqueadas por el fango y los escombros.

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