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JOAN SEBASTIAN y MANUEL MIJARES: El BRUTAL ENFRENTAMIENTO por LUCERO que desató los CELOS

Esa noche, en un salón lleno de gente, dos hombres se miraron a los ojos y el silencio que cayó entre ellos valía más que 1000 palabras. Uno era el poeta de las montañas de Guerrero, el hombre que con su guitarra había hecho llorar a Medio México. El otro era el galán de la televisión, el cantante de voz de terciopelo que tenía a la mujer más deseada del espectáculo mexicano del brazo.

Nadie en ese salón supo exactamente lo que se dijeron, pero los que estaban cerca, los que alcanzaron a ver las mandíbulas apretadas, las miradas cargadas de veneno, los puños que se cerraban poco a poco, eso sí lo saben. Y hoy por primera vez esa historia se va a contar porque hay cosas que no se dicen en las entrevistas, hay cosas que no se confiesan en los programas de televisión, hay cosas que solo circulan entre bastidores, entre las personas que estuvieron ahí, que vieron lo que pasó y que durante años guardaron silencio por respeto, por

miedo o simplemente porque nadie se los preguntó de la manera correcta. Pero el tiempo pasa y los secretos tarde o temprano encuentran la manera de salir. Lo que pasó entre Joan Sebastián y Manuel Mijares no fue un simple rose de egos, no fue la típica rivalidad de dos artistas que compiten por el mismo espacio en la radio.

Esto fue algo mucho más profundo, mucho más humano, mucho más primitivo. Esto fue por una mujer, una mujer que brillaba tanto que ensegueció a más de uno. Lucero, y para entender lo que pasó esa noche, hay que entender primero quién era Joan Sebastián en el fondo. No el artista, no el compositor de mil canciones, sino el hombre. El hombre que jamás pudo resistirse a la belleza femenina.

El hombre que su propio hermano describió diciendo que las mujeres lo buscaban de todas las edades, que hasta le ofrecían dinero por estar con él. El hombre que Maribel Guardia, quien lo conoció mejor que nadie durante 4 años, resumió con una frase que lo dice todo. Le encantaban las mujeres y los caballos. Fue terrible hasta el último momento.

Ese era Joan Sebastián, un seductor nato, un hombre que se enamoraba fácil y que cuando algo le gustaba iba por ello sin importar las consecuencias. Y Lucero, Lucero era exactamente el tipo de mujer que encendía algo dentro de él. Pero antes de llegar a esa noche, hay que ir más atrás. Hay que entender cómo se fueron construyendo esas tensiones, esos roces, esas miradas que se volvieron cada vez más incómodas.

Porque esto no empezó de un día para otro. Esto empezó mucho antes de que alguien se diera cuenta de que había un problema. México, principios de los años 90. La industria musical estaba en uno de sus momentos más gloriosos. Los palenques tronaban. Las telenovelas eran el centro del mundo.

Y en ese universo de luces y canciones había una figura que comenzaba a brillar con una intensidad que nadie podía ignorar. lucero. La llamaban la novia de México. Y no era solo un apodo, era una descripción exacta de lo que ella representaba para el país entero. Lucero o Gaza León había llegado a la televisión siendo casi una niña y había crecido frente a las cámaras.

Su sonrisa era la sonrisa de México. Su voz era la voz de las telenovelas que paraban al país entero a las 8 de la noche. Y su belleza, su belleza era de esas que no dejan de impactar, aunque la hayas visto mil veces. Joan Sebastián la conoció en algún punto de esa época dorada. No hay una fecha exacta, no hay un momento preciso que todos recuerden igual.

Pero sí hay algo en lo que coinciden quienes estuvieron cerca de él. Desde la primera vez que Joan Sebastian vio a Lucero, algo en él cambió. No de manera obvia, no de manera escandalosa. Pero los que lo conocían bien, los que sabían leer sus silencios y sus miradas, notaron algo diferente cuando ella aparecía en una conversación.

Joan no era hombre de esconder lo que sentía, o más bien no era hombre de intentarlo demasiado. Había algo en él, ese encanto ranchero, esa seguridad que venía de saber que era dueño de cada escenario al que subía, que lo hacía sentir que el mundo entero territorio conquistable. Y las mujeres, para Joan Sebastián, nunca fueron la excepción.

Nunca. Así que cuando Lucero entró en su radar, Joan hizo lo que siempre hacía. Se acercó con esa naturalidad suya, con ese humor que desarmaba a cualquiera, con esas palabras que salían de él como si fueran canciones que llevaba años componiendo solo para ese momento. Era un don Juan en el sentido más completo de la palabra.

Y Lucero, que era joven, que era brillante, que era la estrella más luminosa del momento, no era inmune a ese encanto. Pero había un problema, un problema con nombre, con apellido y con voz de terciopelo. Manuel Mijares, Miguel Ángel Mijares Leal, conocido en el mundo del espectáculo simplemente como Mijares, era en ese momento uno de los cantantes más exitosos de México.

Su voz era incomparable. Sus baladas eran las que sonaban en los restaurantes, en los 15 años, en las bodas. Era el galán perfecto, guapo, educado, con talento real y con una carrera que subía sin parar. Y Lucero y él se habían encontrado en ese mundo que comparten los artistas grandes, el mundo de los foros, de los festivales, de las giras, de los programas de televisión donde todos coinciden tarde o temprano.

Su relación fue creciendo despacio, como crecen las cosas que están destinadas a durar. No fue un amor de telenovela que explotó de golpe, fue algo más tranquilo, más sólido. Mijares era el tipo de hombre que construía, que planeaba, que cuidaba lo que tenía y lo que tenía o lo que iba teniendo era a Lucero, la mujer más codiciada del espectáculo mexicano.

Y ahí estaba Joan Sebastian mirando desde el lado sin intención de quedarse quieto, personas cercanas a ambas familias, gente que vivió esos años desde adentro y que prefiere no dar su nombre. hablan de algo que empezó como algo inocente. Coincidencias en eventos, saludos que se alargaban un poco más de lo necesario, conversaciones que Joan iniciaba con Lucero cuando Mijares estaba en otro lado.

“Joan era así con todas”, dice uno de esos testigos. Pero con Lucero había algo diferente. Se le notaba, se le notaba demasiado. Y lo que se le notaba a Joan Sebastián no era solo admiración artística, era otra cosa. Era esa mirada que él tenía cuando veía algo que quería, esa sonrisa que salía sola, esas atenciones que en él nunca eran casuales.

Joan Sebastián no hacía nada por casualidad cuando se trataba de una mujer. Y Lucero, Lucero era joven. Lucero estaba en el mejor momento de su vida y de su carrera. Y Joan Sebastián era Joan Sebastián, el hombre que componía canciones que hacían llorar, que subía a un escenario y lo convertía en su reino personal, que tenía ese magnetismo que no se aprende ni se compra.

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