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Sophia Loren: La Mujer Más Bella Del Mundo Que Creció Sin Padre y Pasó Hambre De Niña

Su propio padre nunca quiso darle el apellido. La miró por primera vez como quien mira un error que habría preferido no cometer. Esa niña flaca, demasiado flaca, con las piernas como dos palillos, iba a crecer en un pueblo bombardeado, con hambre de verdad, de esa que duele en el estómago por las noches y no te deja dormir.

En su barrio la llamaban el palillo, una sombra de niña que nadie miraba dos veces. Y un día esa misma niña sería declarada por medio planeta la mujer más hermosa del mundo. Pero esta historia no es la de una cara bonita. Esta es la historia de una herida que nunca terminó de cerrarse del todo y de lo que una mujer es capaz de construir encima de esa herida.

Roma, 9 de abril de 1962. Son casi las 7 de la mañana. En un departamento del centro, una mujer de 27 años lleva toda la noche despierta. No ha podido pegar el ojo. Camina del dormitorio a la ventana, de la ventana al teléfono y del teléfono otra vez al dormitorio. A miles de kilómetros en Los Ángeles acaba de terminar una ceremonia que va a cambiarle la vida.

Pero ella no está ahí. No tuvo el valor de subirse al avión. Tenía miedo de que si iba y perdía, las cámaras del mundo entero captaran su cara de derrota. El teléfono suena. Del otro lado de la línea, según se contaría después, una voz familiar le dice unas pocas palabras. La voz pertenece a un actor que la había amado años atrás, uno de los hombres más elegantes de Hollywood, y le dice con ternura que lo ha logrado, que ha ganado, que es la primera actriz de la historia en ganar el premio más importante del cine por una película

hablada en un idioma que no es el inglés. Ella no contesta enseguida. se queda en silencio con el teléfono pegado a la oreja, mirando la luz gris del amanecer entrar por la ventana romana. Porque en ese instante esa mujer aplaudida por el mundo entero no está pensando en la estatuilla dorada, está pensando en una niña, una niña flaca, descalsa, escondida en un túnel oscuro mientras las bombas caían sobre su pueblo.

Una niña a la que su padre no quiso, una niña que pasó hambre de verdad. Esa niña era ella. Y para entender por qué esa llamada lo cambiaba absolutamente todo, hay que volver atrás. Hay que volver a un pueblo polvoriento, a las afueras de Nápoles, casi 30 años antes, cuando esta misma mujer no tenía ni para comer. Todo empieza con una mentira, o más bien con una promesa que nunca se cumplió.

Su madre se llamaba Romilda Villani. Era una mujer extraordinaria atrapada en el lugar y el momento equivocados. Tenía un talento enorme para el piano y una belleza que detenía el tráfico en las calles. Tan parecida a una diosa del cine mudo de aquella época que siendo muy joven ganó un concurso para irse a Hollywood como su doble oficial.

Imagínalo por un segundo. Una muchacha pobre del sur de Italia con un boleto a América en la mano con la oportunidad de su vida frente a ella, pero su propia familia se lo prohibió. Su madre le dijo que una muchacha decente no se iba sola al otro lado del mundo. Y Romilda se quedó. guardó ese sueño roto en algún cajón del corazón y años después, sin darse cuenta, se lo entregaría entero a su hija, porque hay sueños que no mueren, solo cambian de dueño.

Romilda conoció a un hombre llamado Ricardo Secolone, un ingeniero de buena familia, encantador de esos que prometen el mundo y no entregan nada. se enamoró, quedó embarazada y esperó, como esperan tantas mujeres, que ese hombre cumpliera su palabra y se casara con ella. El 20 de septiembre de 1934, en una sala de un hospital de Roma nació la niña.

La llamaron Sofía Villani Sicolone. Ricardo le dio el apellido, pero nada más. No le dio una casa, no le dio una familia, no le dio un padre. Se cree que cuando Romilda le suplicó que se casara con ella, él simplemente se negó, le dejó algo de dinero y desapareció de la habitación. Romilda se quedó sola en una ciudad enorme, con una recién nacida en los brazos y sin nada seguro.

Y así, derrotada, hizo lo único que podía hacer. Volvió a casa de su madre, a Posuoli, un pueblo pegado al mar cerca de Nápoles. Esa casa será el escenario de toda su infancia. Una casa pequeña, ruidosa, llena de gente. Vivían apretados. La abuela Luisa, el abuelo, los tíos, las primas y las dos hijas de Romilda, porque años después llegaría una segunda niña, María, un solo baño, camas compartidas, el olor del café de cebada y de la ropa secándose colgada de las ventanas. No había dinero.

La mayoría de los días apenas había comida, pero había algo más, algo que Sofía recordaría toda su vida. Había amor. Su abuela Luisa la sostenía cuando su madre se derrumbaba. En esa casa pobre y caótica, la niña aprendió la lección más importante de su existencia, que la familia lo era todo, que la familia era lo único que de verdad no te pueden quitar. Pero faltaba algo.

Faltaba alguien. Faltaba el padre. Y la pequeña Sofía hizo lo que hacen todos los niños abandonados. Se preguntó qué tenía ella de malo para que su papá no la quisiera. Esa pregunta, esa herida silenciosa, la acompañaría durante décadas enteras. Detrás de cada premio, de cada portada, de cada hombre que cayó rendido a sus pies, siempre estaría esa niña haciéndose la misma pregunta.

¿Por qué no me quisiste? lo veía a veces. Ricardo aparecía y desaparecía de su vida como un fantasma. En las raras ocasiones en que volvía, traía una mezcla de ilusión y de dolor, porque cada visita terminaba siempre igual con él marchándose otra vez y con una niña en la puerta, viéndolo irse, aprendiendo demasiado pronto que la gente que más quieres a veces simplemente se va.

Hay un detalle que cuenta toda la historia. Se dice que aquel hombre con el tiempo llegó a reconocer legalmente a Sofía, pero a su hermana pequeña, a María, se negó a darle el apellido. Una hija sí, la otra no. Imagina crecer así, las dos hermanas bajo el mismo techo, una con nombre de padre y la otra sin él, sintiendo desde la cuna que el amor de un hombre se reparte como una limosna.

Mientras tanto, Romilda hacía lo imposible para sacar adelante a sus dos hijas. Daba clases de piano por las casas, tocaba donde podía, aceptaba cualquier trabajo. Era una mujer brillante, con un talento que el destino le había arrebatado, ahora convertida en una madre soltera y pobre en una Italia que despreciaba a las madres solteras.

Toda su frustración, todo su sueño no cumplido, lo volcó en una idea fija, que sus hijas algún día tuvieran la vida que a ella le robaron. De pequeña era enfermiza, pálida, escuálida, tan delgada que los otros niños se burlaban de ella sin piedad en la escuela. La bautizaron con un apodo cruel que se le quedaría pegado durante años.

Stusicedenti el palillo, el mondadientes. Aim, r. era invisible, era flaca, era la hija de la mujer sin marido. En un pueblo católico y chismoso de los años 30, todo eso pesaba sobre ella como una losa. Las vecinas murmuraban, las otras madres la miraban con lástima o con desprecio. Y entonces, cuando ella tenía apenas 5 años, el mundo entero se incendió.

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