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Se burlaron cuando la viuda embarazada cavó zanjas en el desierto… hasta que el agua volvió sola

La primera vez que Elena Garza Montoya cayó de rodillas sobre la tierra seca, todo Cerro Blanco se rió.

No fue una risa ligera, de esas que nacen sin maldad y se apagan enseguida. Fue una risa dura, polvorienta, cruel. Una risa de pueblo cansado, de hombres derrotados que ya no creían en nada y de mujeres que preferían llamar locura a cualquier esperanza que ellas mismas no se atrevían a tocar.

Elena estaba en mitad de la ladera norte, bajo un sol que parecía puesto allí para castigarla. Tenía veintidós años, un vestido de algodón pegado al cuerpo por el sudor, las manos llenas de ampollas reventadas y un vientre de cinco meses que sobresalía como una promesa imposible en medio de aquel valle muerto.

A su alrededor solo había polvo.

Polvo en los caminos. Polvo en las paredes encaladas. Polvo dentro de las tinajas vacías. Polvo sobre los santos del altar, sobre los platos, sobre la ropa tendida y sobre las caras de los niños que ya habían aprendido a pedir agua en voz baja, como si pedirla en voz alta fuera una falta de respeto.

Elena levantó el pico una vez más.

El golpe contra la tierra sonó seco, inútil, casi ofensivo. Como si la montaña se burlara de ella también.

Abajo, junto al camino, Porfirio Salazar frenó su caballo y se quitó el cigarro de la boca. Era el dueño de la tienda, de dos carros de mulas, del único pozo que todavía daba lodo y de la mitad de las deudas del pueblo. Miró a Elena con esa mezcla de lástima y desprecio que usan los hombres cuando ya han decidido el valor de una mujer.

—¡Muchacha! —gritó—. ¿Vas a enterrar ahí a tu marido o a tu sentido común?

Algunos hombres soltaron la carcajada.

Elena no respondió.

Clavó el pico de nuevo.

El golpe le subió por los brazos, le atravesó los hombros, le mordió la espalda. Sintió un tirón bajo el vientre y tuvo que apoyar una mano sobre la curva dura donde su hijo se movía despacio, como si desde dentro también quisiera saber por qué el mundo hacía tanto ruido.

—Déjala, Porfirio —dijo Carmela Duarte desde la sombra flaca de una cerca—. La pena vuelve rara a la gente.

—La pena no —respondió Porfirio—. El hambre. Ya vendrá cuando nazca la criatura. Ya vendrá con el niño llorando y las manos vacías. Entonces me venderá esa tierra por lo que vale.

—¿Y cuánto vale? —preguntó alguien.

Porfirio escupió al suelo.

—Nada. Pero soy un hombre generoso.

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