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María Félix: El SECRETO que Ocultó por 60 Años

Era su primera película. El cine mexicano en esa época estaba en el periodo que los historiadores llaman la época de oro, un momento en que la industria cinematográfica nacional producía películas con presupuestos crecientes, con directores que empezaban a tener reconocimiento internacional y con actores y actrices cuyo perfil comenzaba a ser compatible con el de las estrellas de Hollywood, sin ser idéntico a ellas.

Era el momento exacto para que alguien con la cara de María Félix entrara al sistema, porque el sistema necesitaba exactamente ese tipo de cara y porque ese tipo de cara todavía podía construir su propia posición en términos que el Hollywood de los años 40 no habría permitido. En el rodaje de esa primera película estaba el trío Los Calaveras, uno de los conjuntos musicales más populares del cine mexicano de la época.

Y en el trío Los calaveras estaba Raúl Prado Gutiérrez, primera voz del grupo, un hombre carismático y bohemio que según los que lo conocían, sabía exactamente cómo conquistar a una mujer recién llegada a un mundo donde todavía no sabía cómo moverse. Lo que ocurrió entre Raúl Prado y María Félix durante el rodaje de El Peñón de las Ánimas es uno de los secretos mejor guardados de la historia del cine mexicano.

Y lo es precisamente porque María Félix lo guardó durante toda su vida con una consistencia que nunca tuvo equivalente en ninguna otra área de su existencia. La doña que nunca se callaba, que respondía a los periodistas con frases que se quedaban grabadas, que decía públicamente lo que pensaba de quién fuera, eligió no decir una sola palabra verificable sobre Raúl Prado durante 60 años.

Según el hermano de Prado, Gustavo, la actriz conoció a Raúl en una fiesta organizada para el elenco de la cinta. El flechazo fue casi inmediato. Comenzaron un noviazgo que duró 6 meses y que terminó en matrimonio. El 17 de junio de 1943, María Félix contrajo matrimonio con Raúl Prado Gutiérrez. era su segundo matrimonio, aunque ella insistiría durante décadas en que fue el primero que realmente contaba, porque el de Álvarez a la Torre lo consideraba un error de juventud que prefería no mencionar.

El matrimonio comprado duró aproximadamente un año y terminó de una manera que María Félix nunca pudo aceptar del todo porque fue él quien pidió el divorcio. Miguel Bermejo, compañero de Prado en el trío Los Calaveras, lo confirmó en múltiples ocasiones a lo largo de los años. Incluso conocí al abogado que los divorció en 1944″, dijo Bermejo, “a nuestro regreso de una gira por Cuba.

No había vivido junta durante el matrimonio. No había hijos. No hubo escándalo público en el momento, porque ninguno de los dos tenía todavía el perfil que haría de cualquier movimiento suyo, una noticia de primera plana. Pero la ruptura produjo algo en María Félix que sus biógrafos han intentado nombrar de distintas maneras sin llegar exactamente al mismo lugar.

El único matrimonio del que nunca habló con el único hombre de sus matrimonios que fue él quien se fue. Diana Negrete, hija de Jorge Negrete, confirmó algo que añade una capa adicional a la historia. En 1952, cuando su padre quería casarse con María Félix, habló primero con Raúl Prado para cerciorarse de que el matrimonio anterior no se tomaría como una ofensa.

Era el protocolo de alguien que sabía que había algo que verificar. Prado, que según todos los que lo conocieron era un hombre discreto y caballeroso, nunca desmintió a María públicamente. Murió el 9 de abril de 1989 sin haber contado su versión completa. Un día después del cumpleaños de María Félix, que ese año cumplía 75.

El mismo año en que ella moriría fue el 8 de abril, un día antes del aniversario de la muerte de Prado, como si el destino tuviera un sentido del humor muy particular sobre las fechas de las personas que no quisieron contarse el uno al otro. Lo más curioso de esa historia es lo que ocurrió en 1946, 3 años después del divorcio.

En la película Enamorada de Emilio el Indio Fernández, el trío Los Calaveras le lleva serenata a María Félix. La escena es una de las más famosas del cine mexicano de la época. María Félix en el balcón, El Trío Abajo en la calle, La Malagüeña en la noche de la ciudad. El director Fernández la concibió como uno de los momentos más románticos de la película.

Y Raúl Prado, con esa voz que lo había convertido en uno de los cantantes más reconocidos del cine mexicano, le cantó a su exesosa secreta, “¡Qué bonitos ojos tienes debajo de esas dos cejas! Nadie en el público que vio enamorada en los cines de México en 1946 sabía que quien cantaba había estado casado con quien recibía la serenata.

El director no lo sabía, la producción no lo sabía. Era el secreto más visible del cine mexicano de la época de oro. Dos personas que habían sido marido y mujer, representando una escena de seducción ante el país entero, sin que el país entero tuviera la menor idea de lo que estaba viendo.

Era el tipo de escena que solo el cine puede producir, la realidad disfrazada de ficción ante millones de personas que no tenían manera de distinguirla. Y María Félix lo vio y no dijo nada, lo cual era en cierta medida exactamente lo que hacía con todo lo que le importaba demasiado. El acta de matrimonio de María Félix y Raúl Prado fue publicada finalmente, muchos años después de la muerte de los dos en la página de Facebook María Félix.

Todas mis guerras años después de la muerte de ambos. Terminó así seis décadas de silencio sobre uno de los capítulos mejor protegidos de la vida de una mujer que había construido su leyenda sobre la idea de que no necesitaba esconder nada. El único secreto que mantuvo perfectamente fue el que más le dolía, el único hombre que se fue antes de que ella decidiera que se fuera.

Antes de hablar de la persona, vale la pena hablar brevemente de la actriz, porque las dos cosas están más conectadas de lo que suele reconocerse. El cine mexicano de la época de oro le asignó a María Félix una categoría muy específica: La devoradora, la mujer sin alma, la doña. Los títulos de sus películas lo dicen todo.

la mujer sin alma, la devoradora, doña Bárbara, doña Diabla, la diosa arrodillada. Eran personajes de mujeres que usaban a los hombres, que los destruían, que ejercían el poder con una frialdad que el cine de la época codificaba como moralmente cuestionable, pero que el público, especialmente el público femenino, encontraba irresistible.

La pregunta que sus biógrafos han explorado es cuánto de eso era actuación y cuánto era la mujer real que interpretaba esos personajes porque eran lo más cercano a algo que reconocía en sí misma. La respuesta más honesta probablemente es que las dos cosas son ciertas, que María Félix actuaba esos personajes con una convicción que venía de entenderlos desde adentro y que al mismo tiempo era demasiado inteligente como para ser simplemente el personaje sin distancia crítica sobre él.

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