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LO QUE ENCONTRARON CUANDO CAYÓ EL MENCHO INVOLUCRA A JUAN GABRIEL Y NADIE HABLA

Y Juan Gabriel desde el primer momento fue para Televisa una figura incómoda, extraordinariamente talentosa, comercialmente irresistible, pero incómoda. Su identidad, su manera de moverse en el escenario, su negativa a encajar en el molde del artista mexicano convencional de la época, generaban en los pasillos de la televisora conversaciones que nunca llegaban a los micrófonos.

Se le celebraba en público, se le vigilaba en privado y se le toleraba exactamente hasta el punto en que resultaba más costoso ignorarlo que controlarlo. Esa tensión permanente entre el artista más amado de México y la institución que supuestamente lo representaba duró décadas y tuvo, al menos en dos ocasiones documentadas, consecuencias que la propia industria prefirió enterrar rápidamente.

El primero de esos momentos ocurrió cuando Juan Gabriel se presentó en un evento de Univisión sin solicitar autorización a Televisa. Para Emilio Azcárraga, el hombre que entonces gobernaba el imperio televisivo más poderoso de América Latina, eso no fue una decisión artística, fue una declaración de guerra.

La respuesta fue inmediata. Veto total. Instrucciones directas a conductores y productores de no mencionar su nombre. una ley mordaza que en México de los 90 equivalía a la muerte profesional para cualquier artista, para cualquiera que no fuera Juan Gabriel, porque lo que Televisa no calculó fue que el divo de Juárez ya había construido algo que ninguna televisora podía comprar ni destruir.

Una conexión directa, visceral, casi religiosa con el público mexicano. Cuando el veto se hizo público, la reacción del país no fue de confusión ni de indiferencia, fue de indignación. Y Televisa, que nunca había necesitado levantar un veto antes de lo planeado, tuvo que hacerlo en tiempo récord, no por voluntad propia, sino porque el peso emocional de Juan Gabriel sobre México resultó ser más grande que el peso económico de Televisa sobre Juan Gabriel.

El propio artista con esa sonrisa característica que guardaba para los momentos en que ganaba sin necesitar alzar la voz, lo resumió en una frase que quedó registrada para siempre: “Yo tengo vetada a Televisa”. Pero detrás de esa anécdota que con los años se convirtió en símbolo de independencia artística, había algo más oscuro, algo que el documental reciente de una plataforma de streaming apenas rozó antes de cambiar de tema, algo que las personas que realmente conocían el funcionamiento interno de la industria del espectáculo mexicano de esa época

sabían perfectamente, pero nunca pusieron en papel. En el México de los 80 y los 90, la industria del entretenimiento no operaba en un vacío. Operaba en el mismo país donde ciertos poderes económicos extraoficiales habían comenzado a consolidarse con una velocidad que las instituciones no podían o no querían frenar.

Un país donde el dinero sin origen claro encontraba en los negocios del espectáculo, los conciertos, las giras, las disqueras, los locales nocturnos, canales naturales para volverse dinero con apariencia de origen legítimo. Nadie en la industria lo hablaba abiertamente, pero todos sabían que ciertas inversiones venían de lugares que era mejor no preguntar, que ciertos promotores de conciertos tenían conexiones que convenían no investigar, que ciertas fiestas a las que los artistas eran invitados mezclaban en la

misma sala a figuras del espectáculo, de la política y de mundos que en teoría no deberían compartir espacio. Y Juan Gabriel, por ser quien era, por mover las audiencias que movía y por representar el tipo de evento masivo que generaba el tipo de flujo económico que ciertos actores buscaban, estaba inevitablemente dentro de ese tejido.

No necesariamente por elección, no necesariamente con conocimiento pleno de con quién exactamente compartía espacio en esas salas, pero dentro. Ahora detente un momento y piensa en esto. El mismo estado de Michoacán que no pudo darle al Alberto Aguilera una infancia con un techo seguro. El mismo México que internó a ese niño en un orfanato porque el Estado no tenía mecanismos reales de apoyo familiar.

Ese mismo Michoacán, esa misma lógica de abandono institucional, esa misma ausencia del Estado en comunidades enteras, fue también la tierra que formó a Nemesio o ceguera Cervantes. El Mencho nació en Michoacán en 1966, 16 años después que Juan Gabriel en el mismo tipo de comunidad rural donde las opciones reales que el país ofrecía a sus hijos eran escasas y brutalmente claras.

comenzó trabajando en los campos, en los márgenes, en los espacios que el Estado había abandonado décadas antes y encontró en esos espacios una estructura paralela que sí ofrecía lo que las instituciones no daban. Pertenencia, ingresos, poder. No es una justificación, es una radiografía y es exactamente el mismo diagnóstico que explica por qué un niño de 4 años en un orfanato de Ciudad Juárez encontró en la música su única salida.

Dos respuestas radicalmente distintas al mismo problema. dos hombres que el mismo México roto produjo y cuyas historias décadas después de que ambos desaparecieran comenzaron a cruzarse de maneras que nadie anticipaba. En unos instantes te contaré cómo Juan Gabriel llegó a la cima absoluta de la música en español.

¿Qué escándalos intentó enterrar la industria antes de que salieran a la superficie y de qué manera los rastros dejados tras la caída del Mencho pusieron sobre la mesa conversaciones que ciertos sectores de México llevan años intentando evitar? Hay nombres en esa conversación que la prensa oficial no ha mencionado. Hay vínculos que el mundo del espectáculo prefiere que permanezcan en las sombras.

Y hay una historia que por respeto al legado real de Juan Gabriel y por respeto a la inteligencia de quienes llevan décadas admirándolo, merece finalmente ser contada completa. Quédate porque lo que viene ahora es lo que nadie se ha atrevido a decir en voz alta. Sat. Y si es tu primera vez en la sombra de la farándula, suscríbete ahora mismo, porque el próximo vídeo sobre Gloria Trevi y los secretos que tres gobiernos distintos intentaron silenciar te va a dejar paralizado.

Ciudad de México, un foro de grabación en plena madrugada. Juan Gabriel sentado frente al piano con la corbata aflojada y los ojos cerrados, componiendo como si el mundo fuera a terminar antes del amanecer. Afuera nadie sabía que el hombre que en unas horas iba ad aparecer sonriente en pantalla nacional llevaba tres días sin dormir.

Esa imagen, según quienes la vivieron, era la imagen real de Juan Gabriel en la cima. No la del traje bordado, no la del estadio lleno, la del hombre solo frente a un piano a las 4 de la mañana vaciándose en canciones, porque era la única manera que conocía de seguir de pie. Y fue exactamente en esa cima donde el México que lo aplaudía comenzó a mostrarle su otra cara.

Hablar de la cima de Juan Gabriel sin hablar de lo que costó llegar a ella es contar solo la mitad de la historia. Y la mitad de la historia en este caso, es la parte que Televisa sí quería que México conociera. La parte que no quería que conociera es la que empieza aquí. Cuando sus primeras canciones comenzaron a sonar en la radio a principios de los años 70, la reacción del público fue inmediata y visceral.

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