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El ASQUEROSO Vicio que Daniel Bisogno Escondió 30 Años y le Costó la Vida

La factura está archivada en una carpeta blanca dentro del cajón del escritorio del conductor y con los años esa factura iba a multiplicarse hasta convertirse en una pila tan gruesa que un médico. Dos décadas después la usaría para explicarle a una mujer por qué el hígado de Daniel ya no respondía a ningún tratamiento.

Pero todavía no estamos ahí. En 2001, Daniel tenía 28 años, un sueldo que él mismo describiría como una locura para alguien tan joven. Y una novia que se llamaba Mariana Zavala. La conoció en un programa matutino de la misma cadena. Tempranito. Se casaron rápido, demasiado rápido.

La gente del medio se preguntó por qué. Algunos pensaron que estaba enamorado, otros que estaba intentando tapar algo que ya empezaba nana a hablarse en pasillos. Porque esos rumores existían desde su primer año en pantalla. Compañeros del set hablaban en voz baja en los pasillos del foro. Una maquilladora del programa contó después que lo veía llegar con la mirada perdida algunos viernes por la tarde, oliendo todavía a la noche anterior.

Un asistente de producción admitió haber recogido botellas pequeñas que aparecían escondidas detrás del backstage los lunes por la mañana. Una persona del equipo en una entrevista posterior recogida por un periodista de espectáculos lo resumió con una frase que se quedó pegada en la memoria del medio.

Daniel funcionaba con dos cosas, miedo y alcohol, y cuando no había una, sobraba la otra. Esa cita nunca fue desmentida por nadie. El matrimonio con Mariana duró poco más de un año. Ella jamás habló públicamente del divorcio, pero un periodista que entrevistó a una amiga cercana de la familia recogió una frase suya dicha entre lágrimas que después circularía en notas de farándula durante años.

Daniel no estaba para casarse con nadie. Daniel estaba para curarse antes de hacerle daño a alguien. La frase se repitió en distintas versiones. Mariana nunca la negó. Hay una parte de la vida de Daniel Bisoño que la gente fuera del medio mexicano casi no conoce. Su vida en el teatro. Además del programa, Daniel construyó en paralelo una carrera muy exitosa como actor de teatro comercial durante casi 20 años.

Su obra principal fue una comedia llamada Bésame mucho. La estrenó en el año 2002 y la mantuvo en cartel durante más de 18 años seguidos con elenco rotativo y giras por toda la República Mexicana. Más de un millón de espectadores pagaron una entrada para verlo en escena durante esas dos décadas. Cada función era para Daniel una recarga emocional.

Salía a un escenario lleno. Escuchaba a una sala carcajearse durante una hora y 20 minutos. Recibía aplausos de pie al final y volvía al camerino con una sonrisa que ningún programa de televisión le sacaba. El teatro le daba algo que la cámara no podía darle. Una risa real e inmediata en carne y hueso, no medida por niveles de writing en una pantalla a la mañana siguiente.

Pero también el teatro lo desgastaba. Las funciones nocturnas terminaban tarde. Las giras en provincia significaban hoteles, fiestas con compañeros del elenco, alcohol disponible las 24 horas. Y Daniel, fiel a su patrón, no sabía decir que no. En 2018, durante una temporada en una ciudad del Bajío, una compañera del elenco lo encontró desmayado en el pasillo del hotel a las 7 de la mañana.

Lo llevaron a una clínica privada. Los médicos le dijeron por primera vez con palabras directas que su hígado estaba dando señales que no se iban a poder revertir si no paraba de inmediato. Daniel volvió a la función esa misma noche. El público se rió igual que siempre. Esa noche fue una de las muchas oportunidades que Daniel tuvo para parar. No la tomó.

Volvió a Ventaneando como si nada. Sobre el escenario seguía brillando con una intensidad que le envidiaban actores formados en las escuelas más caras de la capital. Pero fuera del escenario, según testimonios de su entorno cercano, el cuerpo empezaba a hablarle. Tenía cambios de humor extremos sin causa aparente que asustaban incluso a sus asistentes más cercanos.

Llegaba tarde sin explicación a las cenas familiares y desaparecía durante días sin contestar el teléfono. Y desde 2005 cargaba un dolor abdominal recurrente que él disimulaba con analgésicos comprados sin receta en farmacias de turno de la colonia Roma. El cuerpo ya estaba pasando facturas, pero las facturas se fueron acumulando en un cajón mental que Daniel había aprendido a no abrir desde los 12 años.

Y todo esto lo que viene a continuación, todavía es la parte fácil de la historia. En 2008, en una fiesta privada en Polanco, Daniel conoció a una mujer llamada Cristina Riva Palacio. Ella tenía 30 años, era abogada de profesión, hija de un periodista respetado del país y sobrina nieta de un cronista de Ciudad de México, cuyas crónicas se estudiaban en universidades.

Cristina era todo lo que Daniel no era. Una mujer estructurada con una educación formal exigente, que escuchaba más de lo que hablaba y que medía cada palabra antes de soltarla. Daniel quedó obsesionado esa misma noche. La gente que estuvo en aquella fiesta recuerda que le pidió el teléfono tres veces antes de que ella se lo diera.

A la mañana siguiente le mandó un mensaje, al día siguiente otro. Cristina, según contaría años después, estuvo dos meses esquivando llamadas antes de aceptar la primera cita. Empezaron a salir formalmente en 2013. Para entonces, Daniel ya tenía 40 años, una carrera consolidada, un sueldo de seis cifras y una imagen pública que lo posicionaba como uno de los conductores más temidos de la televisión en español.

Pero también cargaba algo que ni Cristina ni nadie de afuera podía ver con claridad. un patrón de consumo de alcohol que había escalado durante 17 años seguidos sin ningún tipo de supervisión médica, sin un solo análisis de sangre que él mismo hubiera permitido. Se casaron el 22 de febrero de 2014 en Acapulco.

Una boda íntima, 60 invitados, cero prensa. Daniel cumplía 41 años el mismo día. La novia llevaba un vestido sin escote color crema, hecho a mano por una diseñadora que era amiga de su madre. Cristina dijo que sí mientras una orquesta tocaba una canción italiana que Daniel había elegido sin consultarle porque así le gustaba hacer las cosas.

Esa noche, según contaría ella misma años más tarde en una entrevista, su recién marido se intoxicó hasta tal punto que no pudo asistir al desayuno familiar del día siguiente con sus suegros. Esa fue la primera señal. Cristina no la quiso ver. En 2016 nació Micaela, la única hija del conductor. Daniel se volvió loco.

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