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José Mujica descubre que su primera novia vive en extrema pobreza… su reacción emociona a Uruguay

José Mujica descubre que su primera novia vive en extrema pobreza… su reacción emociona a Uruguay

José Pepe Mujica, el expresidente más humilde del mundo, descubrió que su primer amor de juventud sobrevive en una chavola sin agua ni luz en plena región rural de Tacuarembo. Él, que renunció a los lujos del poder, se enfrentó al doloroso contraste entre su pasado de sueños, compartidos con su primer amor y la cruda realidad de ella.

Suscríbete y cuéntanos desde dónde nos acompañas para no perder detalle de este reencuentro que estremeció al país. Lo que Mujica hizo no solo sorprendió a Lucía, sino que puso en jaque al estado. Acompáñame y descubre la historia completa. La mañana de otoño en Montevideo se presentaba con un cielo despejado y una brisa fresca que arrastraba hojas amarillentas por las calles empedradas del barrio Cerro.

 José Mujica, con sus 88 años a cuestas caminaba lentamente por su chakra en Rincón del Cerro. Sus manos, curtidas por décadas de trabajo en la tierra acariciaban los tallos de las plantas mientras supervisaba el cultivo de flores que tanto apreciaba desde que se había retirado de la vida política activa. La simplicidad de su vida actual contrastaba con la intensidad de su pasado.

 guerrillero Tupamaro, prisionero político durante 13 años, senador y finalmente presidente de Uruguay entre 2010 y 2015. Conocido mundialmente como el presidente más pobre del mundo por su estilo de vida austero y su rechazo a los lujos del poder, Mujica había mantenido intacta su esencia a lo largo de los años. Esa mañana, mientras desayunaba mate y pan casero junto a su inseparable perra Manuela, recibió una llamada que alteraría su rutina.

 “Don Pepe, buenos días”, sonó la voz de Martín Echeverría, un joven periodista del diario El Observador, con quien había desarrollado una relación de confianza. “Perdone que lo moleste tan temprano, pero hay algo importante que creo que debería saber. Decime, muchacho”, respondió Mujica con su característica voz grave y pausada.

Estoy realizando un reportaje sobre la pobreza en las zonas rurales del norte y me encontré con una situación que, bueno, me pareció que usted debería conocer. Una señora mayor, Lucía Romero, vive en condiciones muy precarias en Tacuarembo. Durante la entrevista mencionó que lo conoció a usted en su juventud en los años 50, antes de que usted entrara en la política.

 El nombre resonó en la memoria de Mujica como un eco lejano, Lucía Romero, su primer amor verdadero, cuando ambos apenas rozaban los 20 años y el mundo parecía extenderse infinito ante ellos. Un romance breve pero intenso, truncado por las circunstancias y los diferentes caminos que cada uno había elegido. Lucía, ¿estás seguro?, preguntó Mujica con una mezcla de sorpresa y nostalgia en su voz. Sí, señor.

 Tiene ahora 86 años. Vive sola en una casita de chapa y madera sin servicios básicos adecuados. Me mostró una foto vieja donde están ustedes dos. dijo que fue su novio por un tiempo antes de que la vida lo separara. Mujica guardó silencio unos segundos, transportándose mentalmente a aquella época, cuando era un joven militante socialista y lucía, una estudiante de magisterio con ideales similares.

Recordó las largas conversaciones sobre política y justicia social, las caminatas por la Rambla Montevideana, los besos robados a la sombra de los árboles del Prado. ¿Dónde exactamente está ella? preguntó finalmente, “En un pequeño paraje llamado Valle del Lunarejo, a unos 30 km de la ciudad de Tacuarembo.

 Es una zona bastante aislada. Gracias por avisarme, Martín. Te pido por favor que esto quede entre nosotros por ahora.” Tras colgar, Mujica permaneció inmóvil en su silla de madera con la mirada perdida en el horizonte. Las memorias que creía olvidadas volvían con una claridad sorprendente. Lucía había sido su compañera en una época donde todo parecía posible, cuando ambos compartían sueños de un Uruguay más justo y equitativo.

La última vez que supo de ella fue en los años 60, antes de su ingreso a la guerrilla Tupamara y su posterior encarcelamiento. Después de casi una hora de reflexión, tomó una decisión. Llamó a Lucía Topolanski, su esposa y compañera de vida desde hacía décadas, quien se encontraba en Montevideo atendiendo compromisos políticos.

 “Lucía, voy a viajar a Tacuaremben mañana”, le informó con serenidad. “Me he enterado de algo que necesito ver con mis propios ojos.” Con la sabiduría de quien conoce profundamente a su pareja, Topolanski no pidió más explicaciones. Cuídate, Pepe, avisame cuando llegues. Esa tarde Mujica preparó un pequeño bolso con lo esencial.

 contactó a Rodrigo Álvarez, su chóer de confianza, desde sus tiempos como presidente, quien se ofreció a llevarlo hasta Taquuarembó en su modesto Volkswagen escarabajo azul, el mismo que había usado durante su presidencia y que se había convertido en un símbolo de su austeridad. partieron al amanecer del día siguiente atravesando las ondulantes llanuras del interior uruguayo.

Durante el viaje de casi 5 horas, Mujica permaneció mayormente en silencio, observando por la ventanilla el paisaje rural que tanto amaba, las extensas praderas verdes salpicadas de ganado, los bosques nativos, los pequeños pueblos donde el tiempo parecía transcurrir a otra velocidad. Don Pepe, ¿puedo preguntar qué vamos a hacer en Tacuarembo? Se animó finalmente Rodrigo después de horas de mutismo.

 Vamos a visitar el pasado, muchacho. Respondió Mujica con una sonrisa melancólica y quizás a corregir un error de omisión. Al llegar a la ciudad de Tacuarembó, se dirigieron a una estación de servicio donde habían acordado encontrarse con Martín, el periodista, quien los guiaría hasta la casa de Lucía. El joven los esperaba junto a su destartalada camioneta, visiblemente nervioso ante la presencia del expresidente.

“Gracias por venir, don Pepe,” saludó Martín estrechando la mano de Mujica. Doña Lucía no sabe que usted viene. No me atreví a decirle nada por si acaso. Hiciste bien, asintió Mujica. Algunas sorpresas es mejor darlas en persona. Siguieron a Martín por una carretera secundaria que pronto se convirtió en un camino de tierra.

 Tras unos 20 minutos de trayecto por rutas cada vez más precarias, entraron en la región conocida como Valle del Lunarejo, una zona de cerros suaves cubiertos de pastizales y bosques nativos. Declarada reserva natural, pero todavía marcada por la pobreza rural. El vehículo se detuvo finalmente frente a una pequeña construcción que apenas merecía el nombre de casa.

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