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Las Motos Del Tortillero Que Vencieron a Harley-Davidson en Texas — La Historia Olvidada de ISLO…

Para entender lo que México logró, primero hay que entender el contexto global. El mercado mundial de motocicletas vale miles de millones de dólares. Las grandes corporaciones tienen ejércitos de ingenieros. Harley Davidson emplea a más de 3,000 trabajadores solo en su planta principal. Honda invierte millones en investigación y desarrollo.

Las fábricas europeas tienen décadas de experiencia acumulada, generaciones de conocimiento transmitido de maestros a aprendices. La tecnología de motocicletas requiere precisión milimétrica. Un motor de dos tiempos debe comprimir la mezcla de aire y combustible exactamente en el momento correcto.

Los pistones viajan a miles de revoluciones por minuto. Un error de medio milímetro puede significar la diferencia entre un motor que funciona y un pedazo de chatarra. Las grandes marcas tienen laboratorios de pruebas, dinamómetros que miden la potencia con precisión científica, túneles de viento para optimizar la aerodinámica, equipos de metalurgia que analizan cada aleación.

Presupuestos de millones de dólares solo para investigación. En 1955, el mundo tiene líderes claros en la industria de motocicletas. Estados Unidos, Harley Davidson, Indian, Khman, Europa, Vespa, Lambreta, Motomorini, Sax, Triumph, BSE, Japón, Honda, Yamaha, Suzuki. Entre todos producen millones de unidades al año, emplean a cientos de miles de trabajadores, generan miles de millones en exportaciones y América Latina.

América Latina no produce absolutamente nada. Ni una sola motocicleta sale de ninguna fábrica en todo el continente. Desde México hasta Argentina, desde Brasil hasta Chile, cada motocicleta debe importarse. Cada motor, cada [música] pistón, cada bujía viene de Estados Unidos, de Europa, de Japón. Los expertos dicen que tiene sentido.

América Latina no tiene la tecnología, no tiene la experiencia, no tiene los ingenieros, no tiene la infraestructura industrial necesaria para fabricar algo tan complejo como una motocicleta. Los países latinoamericanos deben contentarse con importar, con depender, con pagar precios inflados por productos que otros fabrican.

Eso es lo que el mundo cree en 1955. Pero en Saltillo, Coahuila, México, un hombre de 63 años mira las calles de su ciudad y ve algo diferente. Ve a los repartidores de tortillas cargando sus canastas a pie. Ve a los carteros sudando bajo el sol del desierto. Ve a los lecheros empujando carretas tiradas por burros.

Y se hace una pregunta simple. ¿Por qué México no puede fabricar un vehículo económico para su propia gente? Su nombre es Isidro López Certuche y está a punto de cambiar la historia de la industria mexicana para siempre. Y México. México en 1955 no fabricaba una sola motocicleta, ni una, cero. Cada moto que rodaba por las calles del país había cruzado una frontera.

Harley Davidon importadas de Estados Unidos para los que podían pagarlas. Vespa europeas para la clase media alta de la Ciudad de México. Modelos usados y reconstruidos que llegaban por caminos tortuosos desde el norte. El 100% del mercado era importación. Para ponerlo en perspectiva, imagina un país de más de 30 millones de habitantes donde cada motocicleta, cada scooter, cada motoneta tiene un motor fabricado en otro continente, donde cada refacción debe pedirse a Estados Unidos o Europa, donde el mecánico de la esquina tiene que adivinar cómo reparar máquinas diseñadas

para otras calles, otros climas, otras necesidades. Las motocicletas importadas costaban fortunas. Un trabajador mexicano promedio ganaba unos pocos pesos al día. Una Harley Davidson costaba el equivalente a años de salario. Incluso las motonetas europeas más económicas estaban fuera del alcance de la mayoría.

Y mientras tanto, la realidad en las calles mexicanas era otra. Los tortilleros cargaban sus canastas de masa a pie, caminando kilómetros cada mañana antes de que saliera el sol. Los carteros recorrían sus rutas bajo el sol abrasador del desierto o la lluvia tropical, entregando correspondencia casa por casa.

Los lecheros madrugaban a las 3 de la mañana para hacer sus entregas en carretas tiradas por burros o mulas. El transporte motorizado económico no existía para ellos. Las empresas extranjeras no tenían interés en cambiar eso. Harley Davidson fabricaba motocicletas para el mercado americano, para hombres con dinero que querían velocidad y estatus.

Vespa diseñaba para las calles empedradas de Roma, no para los caminos de terracería de Coahuila. Honda apenas empezaba a pensar en exportar fuera de Japón. Nadie, absolutamente nadie, estaba diseñando un vehículo para el trabajador mexicano y nadie creía que México pudiera hacerlo por sí mismo. La dependencia era total. La industria automotriz mexicana estaba en pañales.

Las pocas fábricas que existían ensamblaban vehículos con piezas importadas. No había proveedores locales de componentes especializados, no había ingenieros con experiencia en diseño de motores, no había tradición de manufactura de precisión. Los expertos, los economistas, los consultores internacionales, todos decían lo mismo. México es un país agrícola.

México debe importar tecnología. México no tiene la capacidad industrial para fabricar productos complejos. México debe conformarse con comprar lo que otros producen. Eso decían. Pero en Saltillo, Coahuila, [música] un hombre estaba a punto de demostrar que todos estaban equivocados. Un hombre que no había ido a la universidad, que había empezado su carrera con 800 pesos prestados, que había sobrevivido la Revolución Mexicana, la pérdida de su primera tienda, años de trabajo duro construyendo un imperio industrial ladrillo por ladrillo. Su nombre era

Isidro López Certuche y cuando miraba las calles de Saltillo no veía limitaciones, veía una oportunidad. Isidro López Certuche nació el 26 de abril de 1892 en Saltillo, Coahuila. Era el primogénito de ocho hijos. Su padre, don Isidro López y su madre, María Certuche, vivían modestamente en aquella ciudad del norte de México.

No había riqueza heredada, no había conexiones con la élite, solo una familia numerosa y la necesidad de trabajar. Desde muy joven, Isidro mostró una curiosidad insaciable por el comercio y la industria. Mientras otros niños jugaban en las calles empolvadas de Saltillo, él observaba las tiendas, los talleres, el flujo de mercancías que entraba y salía de la ciudad.

Aprendió a sumar cuentas antes de que le enseñaran. formalmente entendió el valor del trabajo antes de cumplir los 10 años, pero 1910 cambió todo. La revolución mexicana estalló cuando Isidro tenía 18 años. De la noche a la mañana, el joven primogénito se convirtió en el sostén de su familia. No había tiempo para estudios universitarios.

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