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El caso que aterrorizó a Uruguay:Mujer y un bebé Desaparecen en cine—2 años después, el hermano rev.

El caso que aterrorizó a Uruguay:Mujer y un bebé Desaparecen en cine—2 años después, el hermano rev.

El caso que aterrorizó a Uruguay. Una mujer con un bebé desapareció en un cine dos años después, el hermano revela la verdad que nadie quería escuchar. Esta es la historia de Elena Duarte, una joven madre que entró en un cine de barrio una noche común de viernes y nunca volvió a salir. Y antes, si eres una persona de buen corazón y te gusta hacer el bien, ayúdanos a alcanzar nuestra meta de 4,000 suscriptores.

Suscríbete al canal y dinos en los comentarios de qué ciudad o país nos estás viendo. Era el 17 de marzo de 2023 y la ciudad de Montevideo comenzaba a vestirse con los primeros indicios del otoño. Las hojas de los plátanos se desprendían lentamente sobre las veredas del barrio Cordón, donde el cine Palacio había resistido durante décadas como un refugio cultural para los vecinos que aún preferían la experiencia tradicional de la pantalla grande a las plataformas de streaming.

 Elena Duarte había elegido ese viernes para permitirse un pequeño respiro de la rutina agotadora, que significaba ser madre primeriza a los 27 años. Su bebé, Lucía, de apenas 6 meses, dormía plácidamente en el portabebés que Elena llevaba ajustado contra su pecho mientras caminaba por la avenida 18 de julio, esquivando a los transeútes que se apresuraban hacia sus destinos nocturnos.

 El cine palacio, con su fachada ardeco desgastada por el tiempo y los letreros de neón intermitentes, ofrecía aquella noche una función especial de cine europeo a las 21:30 horas. Elena había comprado su entrada por internet días atrás, una decisión que tomó después de una semana particularmente difícil en la que Lucía había llorado más de lo habitual y el cansancio se había instalado en su cuerpo como una segunda piel.

 Su esposo Rodrigo trabajaba el turno nocturno en el puerto y no podría acompañarla. Pero Elena no quería posponer más ese momento para sí misma. Necesitaba dos horas de escapismo, de sumergirse en una historia que no fuera la suya, aunque eso significara llevar a Lucía consigo y arriesgarse a que el bebé despertara durante la proyección.

Las cámaras de seguridad del cine registraron su llegada a las 21:18 horas. Elena vestía un abrigo gris de lana, jeans oscuros y zapatillas deportivas blancas que había comprado en una liquidación meses atrás. Su cabello castaño, recogido en una cola de caballo, mostraba señales de días sin visitar la peluquería, y en su rostro, aunque cansado, se dibujaba una leve sonrisa de anticipación.

 La grabación mostraba cómo se acercaba al mostrador de confitería, donde un empleado joven de no más de 20 años la atendía con la misma expresión de tedio, que caracterizaba a quienes trabajan los viernes por la noche en lugares casi vacíos. Elena ordenó un paquete mediano de pochoclo con mantequilla y una botella de agua mineral.

 pagó con efectivo 280 pesos uruguayos que extrajo de una billetera desgastada y esperó pacientemente mientras el empleado preparaba su orden. Durante esos 3 minutos, las cámaras captaron como ella mecía suavemente su cuerpo en un movimiento rítmico e inconsciente, el tipo de balanceo que desarrollan todas las madres para mantener a sus bebés dormidos.

 Lucía permanecía invisible dentro del portabés, cubierta por una pequeña manta de algodón con estampado de elefantes que protegía al bebé de la luz artificial del vestíbulo. A las 21:24 horas, Elena atravesó las puertas batientes que conducían a la sala tres, ubicada en el segundo piso del edificio. Las escaleras crujían bajo sus pies, un sonido familiar para cualquiera que hubiera visitado el cine palacio en las últimas tres décadas.

 La alfombra roja y dorada, que alguna vez había sido símbolo de elegancia, ahora estaba manchada y desgastada en los bordes, evidenciando el paso del tiempo y la falta de renovaciones importantes. El pasillo que conducía a la sala 3 tenía una iluminación tenue con apenas tres de las ocho lámparas de pared funcionando correctamente.

 La sala tres era la más pequeña del cine, con capacidad para apenas 80 personas, distribuidas en 14 filas de asientos tapizados en terciopelo bordeó. Aquella noche, según los registros de venta de entradas, solo había 13 espectadores confirmados, incluyendo a Elena. La película que se proyectaría era un drama francés sobre la Segunda Guerra Mundial del tipo que atraía principalmente a un público adulto y sinéfilo.

Elena eligió un asiento en la fila 12, posición F, casi al fondo de la sala y cerca del pasillo lateral izquierdo. Las cámaras de seguridad dentro de la sala no existían. Una omisión que más tarde se volvería crucial en la investigación. Los otros 12 espectadores que ingresaron a la sala tres aquella noche fueron posteriormente identificados e interrogados por la policía.

 Había una pareja de ancianos en la fila cuatro, tres estudiantes universitarios dispersos en las filas centrales, un hombre solitario en la fila ocho, dos amigas en la fila seis y otros espectadores que describieron la experiencia como absolutamente normal. Ninguno de ellos recordaba haber visto a Elena con claridad y mucho menos haber notado que llevaba un bebé.

 La oscuridad de la sala, el enfoque en la pantalla y el silencio requerido durante la proyección creaban el escenario perfecto para la invisibilidad. La película comenzó puntualmente a las 21:32 horas. Los primeros 40 minutos transcurrieron sin incidentes reportados. Según los testimonios de los espectadores, nadie salió de la sala durante ese tiempo.

Nadie escuchó llanto de bebé ni perturbaciones de ningún tipo. El film avanzaba lentamente con largas tomas de paisajes nevados y diálogos susurrados en francés con subtítulos en español. Era exactamente el tipo de contenido que requería atención completa y que hacía que los espectadores se sumergieran profundamente en la narrativa.

 Pero en algún momento, entre el minuto 40 y el final de la película, Elena Duarte dejó de existir en el mundo conocido cuando las luces de la sala se encendieron a las 23:47 horas y los espectadores comenzaron a abandonar sus asientos, el asiento 12f estaba vacío. No había rastro de Elena ni de Lucía. ni del portabés, ni de la manta con elefantes, ni del pochoclo a medio comer.

 El asiento estaba completamente limpio, como si nunca hubiera sido ocupado. El empleado que había atendido a Elena en la confitería fue el último en cerrar el cine. Aquella noche realizó el recorrido habitual de revisión por todas las salas, verificando que no quedaran pertenencias olvidadas ni espectadores dormidos.

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