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Una viuda embarazada acoge a una pareja de ancianos, pero la verdad les sorprende.

“Dijo que ya no podía más”, respondió Petra en voz baja, “que éramos una carga. El silencio que siguió lo llenó el chirrido de las ruedas y el viento en el monte. Dolores no fue al pueblo ese día. dio vuelta en el crucero y llevó a Evaristo y a Petra directamente a su parcela. La casa era pequeña, de adobe y techo de lámina, con tres cuartos y una cocina de leña que Germán había construido con sus propias manos, sencilla, con las paredes descarapeladas en algunos lugares y la puerta del fondo que nunca cerraba del todo. Pero era una casa y tenía techo y

tenía sombra. Los bajó de la carreta, los metió adentro, les dio agua. Petra bebió despacio con las dos manos alrededor del vaso como si fuera a escapársele. Evaristo se quedó parado en medio de la sala, mirando a su alrededor con esa cara de quien lleva mucho tiempo sin entrar a una casa de verdad. Siéntese, don Evaristo.

Dijo Dolores señalando la silla. Él obedeció, puso el costal entre las piernas y se quedó mirando sus propias manos. Manos grandes, llenas de callos y venas saltadas, manos que habían trabajado toda la vida. ¿Comieron hoy? Silencio. Petra movió la cabeza apenas. Dolores fue a la cocina. Tenía unas papas cocidas y un poco de frijoles de la noche anterior.

Los calentó, les puso sal y epazote, cortó las últimas tortillas que había y sirvió. No era gran cosa, pero estaba caliente. Comieron en silencio, despacio, masticando cada bocado como si fuera el último. Petra se limpiaba los ojos de vez en cuando sin hacer ruido. Evaristo no levantaba la vista del plato. Cuando terminaron, Petra juntó las manos sobre la mesa. Que Dios la bendiga, hija.

Usted no nos debe nada y nos dio de comer. Todos comemos, respondió Dolores, recogiendo los platos. Esa noche sacó el colchón viejo del cuarto de atrás, el que era del suegro cuando venía de visita, y lo extendió en la sala. Petra abrió el costal. Adentro había una cobija, una sola, descolorida, con remiendos cocidos a mano.

La extendió sobre el colchón con cuidado, como si fuera lo más valioso del mundo. Es la única que tenemos, dijo mirando a Dolores. Pero si usted necesita, guárdenla. Cortó dolores. Buenas noches. Se fue a su cuarto, se acostó vestida y se quedó mirando el techo de lámina oscuro.

Afuera, el monte cantaba con sus grillos y sus ranas. Adentro se escuchaba la respiración pesada de los dos viejos en la sala. Evaristo roncaba bajito. Petra tosía de vez en cuando, una tos seca que se quedaba atorada en el pecho. Dolores pensó en la deuda del banco. Pensó en el bebé que venía. Pensó en dos personas más a quienes darle de comer cuando apenas alcanzaba para una.

Se durmió tarde, rezando en voz baja y soñó con caminos sin fin y portones cerrados. Al día siguiente se despertó con olor a café. Se levantó asustada pensando que había dejado algo en el fuego, pero no. Fue hasta la cocina y se paró en la puerta. Petra estaba frente a la estufa de leña, moviendo el café de olla con la cuchara de palo.

La lumbre estaba bien prendida. Evaristo barría el patio con la escoba vieja despacio, con ese movimiento firme de quien sabe bien lo que hace, aunque el cuerpo ya no responda igual. “Buenos días, doña Dolores”, dijo Petra sin voltear. Encontré un poco de café en la alacena. Hice para todos. Espero que no le moleste.

Dolores miró el frasquito de café que ella guardaba para emergencias ya casi vacío. No dijo nada. Se sentó. Petra sirvió en dos jarritos y se sentó enfrente. Bebieron sin hablar, pero no era un silencio incómodo. Era un silencio de gente que no necesita palabras para entenderse. Así fueron pasando los días. Evaristo arregló la cerca del gallinero que llevaba meses floja.

usando pedazos de madera del cobertizo y el martillo viejo que encontró colgado en la pared. Las gallinas dejaron de escaparse. Reparó la puerta del fondo que no cerraba, ajustó las bisagras, lijó el marco. Pequeñas cosas que Dolores había dejado acumularse porque no tenía tiempo ni fuerzas. Petra transformaba lo poco en bastante.

Las papas secas se volvían tortitas doradas. El arroz recalentado se volvía caldo espeso. Las hojas de quelite que Dolores iba a tirar se volvían un guisado con chile verde que llenaba la cocina de olor a comida de verdad. Y siempre sobraba. Siempre había plato caliente cuando Dolores llegaba de trabajar la milpa. Por las noches se sentaban en el corredor los tres.

Dolores con las manos en el vientre, Evaristo con su café, Petra con su rosario entre los dedos. El campo oscurecía despacio con ese dorado que tienen los cielos del vajío antes de que caiga la noche. Y hablaban o no hablaban. Y estaba bien de las dos maneras. Fue en una de esas noches que Dolores contó de Germán, de cómo se fueron, de la fiebre del préstamo, del banco que venía por la parcela en 15 días.

Contó que tenía 65 pesos guardados y que la deuda era de 800. Cuando terminó, el silencio duró un buen rato. Fue Petra quien habló primero. Sacó del bolsillo del vestido una cosa doblada, un papel viejo y amarillento en los bordes. Lo abrió con cuidado, como si pudiera romperse. Era una carta escrita a lápiz, letra de niño, chueca y grande. “Esto nos lo escribió nuestro hijo cuando tenía 9 años”, dijo Petra con la voz quebrada. “Léala”.

Dolores tomó el papel. La letra era infantil pero clara. Papá y mamá, cuando yo sea grande los voy a cuidar. Nunca les va a faltar nada. Siempre voy a estar con ustedes. Lo prometo. Firmado, Celestino. Dolores dobló el papel y se lo devolvió sin decir nada. Creció, dijo Evaristo con la voz ronca y olvidó. Petra guardó la carta contra el pecho.

Evaristo se quedó mirando el campo. Dolores pensó en el bebé que crecía dentro de ella y se prometió en silencio que ese hijo nunca iba a tener que escribir una carta así. Faltaban 12 días para el embargo cuando apareció el otro hijo. Dolores estaba en el patio dando de comer a las gallinas cuando escuchó el ruido del motor.

Una camioneta gris, no nueva, pero bien cuidada, entró despacio por el camino de tierra y paró frente al portón. Bajó un hombre de unos 40 años, moreno, de complexión fuerte, con camisa azul y los ojos igual a los de Evaristo. Se quedó parado frente al portón. mirando hacia la casa. Cuando vio a los dos viejos sentados en el corredor, se detuvo. Se le fue el color de la cara.

Papá. La voz le salió rota, casi sin aire. Evaristo se levantó despacio de la silla. Petra se llevó la mano a la boca. Los tres se quedaron así un momento, mirándose desde lejos, sin moverse, como si ninguno supiera si lo que veía era real. Fue Petra quien dio el primer paso, se levantó, cruzó el patio despacio y cuando llegó frente al hombre lo abrazó.

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