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Un gordo bigotón pidió “solo una llamada” cuando tres ladrones le quitaron su viejo Renault 4… pero ellos no imaginaron a quién acababan de humillar

El gordo sudaba como si lo estuvieran asando vivo, mientras las manos le temblaban sobre el volante del Renault 4. Los tres tipos lo habían rodeado en plena esquina de Envigado, y el que llevaba la navaja ya le había clavado la punta justo debajo de la costilla.

—Bájese, desgraciado, y pase las llaves o lo dejo aquí mismo tirado.

Siseaba el flaco, con los ojos inyectados, probablemente drogado. El gordito de bigote tupido intentó mantener la voz calmada, casi paternal, como si estuviera hablando con muchachos perdidos y no con tres asaltantes que estaban a punto de acabarlo.

—Amigos, tranquilos. Esto no tiene que terminar mal para nadie. Yo les doy lo que quieran, pero déjenme hacer una llamada. Solo una. Les juro que van a salir mejor parados de esta vuelta.

El que sostenía la navaja soltó una risa quebrada, de esas que tienen los que ya no sienten que puedan perder nada.

—¿Una llamada? ¿Este tipo se cree muy valiente o qué? Aquí el único que va a quedar bien parado soy yo, con su carrito y su dinero, gordito soplón.

Los otros dos se miraron nerviosos, pero excitados por la adrenalina del robo. Uno de ellos, un muchacho de apenas 16 años con la camiseta rota, se acercó más.

—Apúrese, hombre, que esto está muy caliente. La policía puede llegar en cualquier momento.

El gordo respiró hondo. El sudor le corría por las sienes y le empapaba la camisa de algodón barata que llevaba ese día. Volvió a intentarlo, ahora con la voz más baja, más seria, con un tono que ninguno de los tres supo interpretar, pero que debió haberles helado la sangre.

—Muchachos, de verdad están cometiendo un error muy grande. Yo sé que están mal, que necesitan dinero, pero créanme: si me dejan hacer esa llamada, les va a ir mejor. Mucho mejor que si siguen con esto.

El flaco de la navaja lo miró con desprecio y le hundió un poco más la hoja, apenas rasgándole la tela de la camisa.

—¿Quién se cree que es, maldito? ¿El presidente o qué? Bájese ya o lo bajo yo de un corte.

El gordo cerró los ojos por un segundo, como resignándose a algo inevitable. Y cuando los abrió, había algo distinto en ellos. Algo que el flaco debió haber notado, pero no lo hizo porque estaba demasiado metido en su papel de asaltante bravo.

—Está bien —dijo el gordito, con un suspiro que sonaba a derrota—. Pero después no digan que no les advertí.

Se bajó lentamente del Renault con las manos en alto. El motor seguía encendido, y el muchacho de la camiseta rota se subió de inmediato al asiento del conductor, mientras el flaco seguía apuntándole con la navaja. El tercer hombre, un tipo flaco y callado que no había dicho nada hasta ese momento, comenzó a revisarle los bolsillos al gordo con manos bruscas, sacándole la cartera y un reloj barato.

—¿Esto es todo lo que trae? Muy poca cosa para tanto show —gruñó el callado.

El gordo solo los miraba, parado en la acera polvorienta de aquella esquina olvidada de Envigado, con esa expresión rara que ninguno supo leer. Como si estuviera viendo algo que ellos todavía no podían ver. Algo que se acercaba rápido y sin frenos.

El flaco guardó la navaja y se dio vuelta para subirse al carro.

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