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Esposo Solo le Dejó a Su Mujer una Casa en Ruinas…Hasta que Derribó la Pared y Descubrió una Fortuna

Esposo Solo le Dejó a Su Mujer una Casa en Ruinas… Hasta que Derribó la Pared y Descubrió una Fortuna

Cuando Inés escuchó la lectura del testamento, no lloró.

Eso fue lo primero que molestó a todos.

La sala del notario estaba llena de gente que esperaba verla derrumbarse. Los hijos de Julián Aranda se habían sentado enfrente de ella con la espalda recta, vestidos de negro caro, con esa tristeza limpia que se lleva cuando uno sabe que al salir heredará media vida. Beatriz, la hermana mayor de Julián, fingía secarse una lágrima con un pañuelo de seda, aunque no había soltado ni una. Y al fondo, casi escondida detrás de unas gafas oscuras, estaba Patricia Soler, la mujer que durante dos años había sido “solo una asesora de imagen” y que todo Madrid sabía que había sido bastante más que eso.

Inés no miró a Patricia.

Tampoco miró a los hijos.

Miraba las manos del notario.

Las manos del hombre temblaban un poco mientras pasaba las páginas. Tal vez por la edad. Tal vez porque sabía que aquel documento iba a convertir un entierro en una carnicería.

—A mi hijo mayor, Rodrigo Aranda, dejo el cuarenta por ciento de mis participaciones en Aranda Patrimonios…

Rodrigo no se movió, pero su mandíbula se aflojó apenas.

—A mi hija, Claudia Aranda, dejo el treinta por ciento de mis participaciones…

Claudia bajó la cabeza, satisfecha.

—A mi hermana, Beatriz Aranda, dejo el piso de la calle Serrano y la finca de caza de Ávila…

Beatriz soltó un suspiro teatral.

Inés seguía quieta.

El notario carraspeó antes de continuar.

—A doña Patricia Soler, en agradecimiento por su compañía y apoyo en los últimos años, dejo el apartamento de Marbella y la cantidad de ciento cincuenta mil euros.

Ahí sí hubo un ruido.

Claudia giró la cabeza como si le hubieran escupido encima. Rodrigo apretó los puños. Beatriz murmuró algo entre dientes. Patricia, en cambio, no tuvo la vergüenza de fingir sorpresa. Solo se quitó las gafas y miró al suelo con una tristeza tan bien ensayada que daba asco.

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