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Creían que era un Chiste, hasta que Villa les BORRÓ la Sonrisa a Balazos

 Salazar, viendo a estos rebeldes desorganizados retirarse ante sus primeros disparos de cañón, mordió el anzuelo. Creyó que la chusma estaba huyendo. Ordenó a su caballería federal, los colorados, traidores orosquistas que se habían unido a Huerta, que persiguieran. Fue el error fatal. Al estirar sus líneas y abandonar la seguridad de sus nidos de ametralladoras, Salazar expuso a su ejército a la verdadera fuerza de Villa.

Cuando Villa dio la orden de ataque general, el sonido cambió la atmósfera del desierto. No fue el crack crack ordenado de los fusiles, fue un estruendo sordo, geológico, 6000 cascos golpeando la tierra dura al unísono. La caballería de la división del norte emergió de las nubes de polvo no como una línea ordenada de desfile, sino como una avalancha de gritos y acero.

 La táctica de carga de villa, que los generales llamaban desordenada, era en realidad una saturación de objetivos calculada. Los villistas no cargaban hombro con hombro, lo que los haría blancos fáciles. Cargaban en enjambre, dispersos, pero convergiendo en puntos críticos, moviéndose a una velocidad que hacía imposible para los artilleros federales ajustar sus miras.

 El cañón Sanon es un arma formidable contra infantería que camina, pero contra miles de jinetes que galopan a 50 km porh en zigzag es casi inútil a corta distancia. Los artilleros federales, acostumbrados a blancos estáticos, entraron en pánico. Veían venir la muerte a caballo y sus manos temblaban al tratar de girar las manibelas de elevación.

 El choque fue brutal. La caballería villista no se detuvo para disparar desde lejos. Se estrelló físicamente contra las líneas federales. Usaron sus caballos como proyectiles cinéticos de 400 kg. Un jinete villista, Rodolfo Fierro, conocido como el carnicero, lideraba estas cargas con una ferocidad psicopática.

 Fierro no buscaba cubrirse, buscaba el contacto. Cuando la caballería rompió la primera línea de defensa, el orden geométrico de Salazar se desintegró. Un ejército federal está diseñado para funcionar como una máquina. El oficial da la orden, el sargento la repite, el soldado dispara. Pero cuando tienes a un hombre a caballo encima de ti, disparándote con un revólver a quemarropa o pisoteándote, la cadena de mando desaparece.

 El soldado federal, aterrorizado, dejó de ser una pieza de la máquina y se convirtió en un individuo tratando de sobrevivir. Las ametralladoras, que debían haber detenido la carga, fueron silenciadas no por fuego de contrabatería, sino por jinetes que saltaban sobre ellas, lazando a los artilleros o matándolos a culatazos.

 La derrota de Salazar en Tierra Blanca fue absoluta. No fue una retirada táctica, fue una desbandada vergonzosa. El general, que por la mañana se burlaba de los cuatreros, tuvo que huir a pie por el desierto, abandonando sus trenes, sus cañones y su honor. Villa capturó cuatro locomotoras, docenas de vagones de munición y artillería.

 Pero lo más importante fue el botín psicológico. Había demostrado que la ciencia militar de la academia era impotente ante la violencia cinética de la carga masiva. Los generales en la Ciudad de México leyeron los telegramas con incredulidad. ¿Cómo era posible que una turba destruyera a la mejor división del norte en un solo día? Se negaron a aceptar la realidad.

 Se convencieron a sí mismos de que Salazar había cometido un error puntual, de que había sido traicionado, de que había sido mala suerte. No podían admitir la verdad, que su paradigma de guerra estaba obsoleto. Siguieron burlándose, llamando a Villas afortunado, sin entender que estaban firmando su propia sentencia de muerte para las batallas venideras.

 Pero Tierra Blanca fue solo el comienzo de la pesadilla para la aristocracia militar. La verdadera humillación vendría con la adaptación tecnológica de Villa. Los generales creían que la caballería era incompatible con el ferrocarril. “El caballo es para el campo, el tren para la logística”, decían los manuales. Villa borró esa distinción.

 creó la caballería ferroviaria, subió a sus caballos a los trenes. Esto le dio a su ejército una movilidad estratégica que ningún general federal podía igualar. Villa podía mover 10,000 jinetes y sus monturas 500 km en 24 horas. desembarcar frescos y cargar inmediatamente. Los federales que marchaban a pie o en caballos cansados siempre llegaban tarde, siempre estaban flanqueados, siempre estaban reaccionando.

 Villa convirtió el tren en un portaaviones terrestre. Los generales se burlaban de los trenes villistas, llamándolos circos rodantes, llenos de mujeres y gallinas. No veían que ese circo era una máquina de proyección de fuerza que podía golpear en cualquier punto del mapa con una velocidad aterradora.

 La siguiente lección dolorosa para el ego federal ocurrió en Ojinaga en enero de 1914. Los restos del ejército de Salazar y otros generales derrotados se habían refugiado en la frontera esperando reorganizarse. Estaban acorralados contra el río Bravo. Creían que Villa después de Tierra Blanca tardaría semanas en reorganizarse. De nuevo, la arrogancia.

Villa llegó en días y en Ojinaga demostró que su caballería no solo servía para cargas en llanuras, sino para el terror nocturno. Los generales federales consideraban que combatir de noche era poco caballeroso y tácticamente irresponsable debido a la falta de control. Villa ordenó el ataque al atardecer, sabiendo que la oscuridad amplificaría el miedo.

 Los jinetes villistas avanzaron gritando, disparando al aire, creando la ilusión de ser millones. Los federales, con la espalda contra el río y la oscuridad frente a ellos, llena de demonios aullantes, colapsaron. Miles cruzaron el río hacia Estados Unidos para rendirse a los guardias fronterizos norteamericanos. antes que enfrentarse a la caballería de Villa fue una imagen humillante.

 El orgulloso ejército federal mexicano, mojado, desarmado y pidiendo asilo a los gringos para escapar de los bandidos. Y sin embargo, en la Ciudad de México, Victoriano Huerta y su estado mayor seguían brindando con Coñac, despidiendo a los generales derrotados como incompetentes y prometiendo que el próximo general, el verdadero militar, aplastaría a Villa.

 La ceguera de los generales tenía un componente de clase profundo. No podían leer el terreno como Villa porque nunca lo habían trabajado. Villa conocía cada barranca, cada pozo de agua, cada atajo. Para un general federal, un mapa era un trozo de papel con líneas de contorno. Para Villa, el terreno era un aliado vivo. En la campaña de Chihuahua, hubo momentos en que los federales reportaban que Villa había desaparecido.

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