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VÍCTOR RABANALES: CONFESÓ Cómo Dos MUJERES Le DESTROZARON La VIDA

Aquella mañana del 5 de febrero de 1980, Víctor Rabanales, con 17 años se despertó en la Alameda con frío y con hambre. Caminó hasta una fonda de la calle Doncceles. Pidió un café por 20 centavos y empezó a preguntar dónde quedaba la arena Coliseo. Cuando llegó al edificio amarillo de la calle Perú, dos horas después, Víctor se paró frente a la puerta principal sin atreverse a entrar.

Era un muchacho flaco, oscuro, con la ropa arrugada de 42 horas de autobús, con los zapatos de ule rotos por la suela. Y dentro de ese edificio amarillo entrenaban en aquellos años los mejores boxeadores de México. Víctor Rabanales esperó 3 horas afuera hasta que vio salir a un hombre de unos 50 años, gordo, con sombrero de palma que el portero de la Arena saludó con respeto.

Víctor lo siguió media cuadra, lo alcanzó en la esquina de Brasil con República de Cuba y le dijo, sin presentarse, una sola frase de siete palabras: “Señor, quiero ser campeón del mundo.” El hombre del sombrero de palmas se llamaba Cuyo Hernández. Era el manager más importante del boxeo mexicano de aquellos años.

El mismo Cuyo Hernández, que 3 años después, en 1983, iba a ser el manager del campeón Lupe Pintor, cuando este causara la muerte del tapatío Kiko Vegines en el cuadrilátero del Olímpic Auditorium de Los Ángeles, cuyo Hernández esa tarde de febrero de 1980, en una esquina de la Ciudad de México, miró al muchacho chiapaneco flaco que tenía enfrente durante 6 segundos exactos y le contestó, una sola frase de 12 palabras.

Pásate mañana a las 6 de la mañana al gimnasio. Si aguantas te quedas. Víctor Rabanales aguantó. Aguantó tres años seguidos entrenando en el gimnasio Romanza de la Ciudad de México, durmiendo en un cuartito sin ventana detrás del gimnasio, ganando peleas de aficionado por bolsas de 200 pesos, comiendo dos comidas al día cuando había suerte.

aguantó perder a su madre Eulalia en 1982, cuando una enfermedad del estómago la mató en una clínica rural de Chiapas sin que Víctor pudiera pagar el autobús para ir al entierro y aguantó debutar profesionalmente el 13 de agosto de 1983 en la Arena Coliseo contra un peleador llamado Mario Arteaga, al que noqueó en el primer asalto a los 52 segundos.

Después de esa primera victoria, vinieron 9 años seguidos de boxeo profesional. 62 peleas, 41 victorias, 18 derrotas, tres empates. Una vida de gimnasio a las 5 de la mañana, de carreras en el bosque de Chapultepecillos, decenas frías en el cuarto de hotel, de aviones de tercera clase a Tijuana, a Mérida, a Manila, a Las Vegas.

Una vida que culminó la noche del 14 de septiembre de 1992. Esa noche, en el sumo hall de Osaka, Japón, Víctor Manuel Rabanales subió a un cuadrilátero a las 9:47 de la noche, hora local. Frente a él, en la esquina contraria estaba Yoiro Tatsuoshi, el ídolo nacional japonés, el boxeador con el rostro más famoso del archipiélago, el hombre que 3 años antes, en 1989, se había coronado campeón mundial peso gallo del Consejo Mundial de Boxeo a los 22 años, convirtiéndose en el segundo japonés más joven en lograrlo en la

historia. El hombre cuyo rostro aparecía en las latas de refresco, en los carteles del metro de Tokio, en las cajas de cereal del desayuno japonés. Frente a ese hombre estaba Víctor Rabanales, un chapaneco de 29 años con una cicatriz vieja arriba de la ceja izquierda, los nudillos rotos de tantos años y una sola idea fija dentro de la cabeza.

Aquella noche, frente a 15,000 japoneses que llenaron el sumo hall de Osaka, Víctor Rabanales hizo lo que ningún boxeador mexicano había hecho en años. Noqueó al ídolo nacional japonés en el noveno asalto con un gancho de izquierda al hígado que dejó a Joichiro Tatsuyoshi de rodillas en el centro del cuadrilátero. Los 15,000 japoneses guardaron un silencio absoluto.

El árbitro contó hasta 10. Y a las 10:22 de la noche, hora local, Víctor Manuel Rabanales se convirtió en el campeón mundial peso gallo del Consejo Mundial de Boxeo. Esa noche, Víctor Rabanales lloró arriba del cuadrilátero. lloró pensando en su madre Eulalia, que había muerto 10 años antes, sin verlo cumplir la promesa, pensando en los zapatos de ule rotos con los que había llegado a la ciudad de México, pensando en la banca de la Alameda Central, donde había dormido la primera noche.

Aquella noche en Osaka, después de levantar el cinturón verde y dorado del Consejo Mundial de Boxeo a las 10:22 de la noche, hora local, Víctor Rabanales recibió en el vestidor del sumo hall una bolsa con $240,000 en efectivo. La bolsa pesaba 6 kg, era el premio neto de la pelea. Descontados los porcentajes del promotor japonés, del manager Cuyo Hernández y del entrenador.

Víctor no había visto en su vida tantos billetes verdes juntos. Se sentó en una banca del vestidor con la bolsa entre las piernas. Y cuando los reporteros mexicanos le preguntaron qué iba a hacer con ese dinero, Víctor contestó tres frases que aparecieron al día siguiente en la portada del periódico Esto.

Voy a comprarle una casa a mi mamá en Chiapas. Aunque mi mamá ya no esté, la casa van a estar. Voy a comprar un terreno grande para hacer un gimnasio para muchachos pobres y voy a guardar lo demás porque lo que los puños te dan, los puños te lo quitan. Esa tercera frase, la que repetía las palabras de su madre Eulalia de 1974, fue la última frase sensata que Víctor Manuel Rabanales pronunció en público durante los siguientes 32 años.

A partir de esa noche de septiembre de 1992, todo lo que el campeón hizo con su dinero fue ir en dirección contraria a esa frase. Víctor compró en los siguientes 18 meses tres departamentos en Texcoco, Estado de México. Ninguno registrado a su nombre por consejo de un primo que le dijo que era mejor por temas de impuestos.

Compró también cuatro automóviles en 12 meses, dos camionetas Cheyen nuevas, un Mustang amarillo, un Camaro azul y tres caballos de carrera que nunca corrieron en ningún hipódromo oficial. Pagó las deudas de seis hermanos que aparecieron en su casa de Texcoco después de la pelea de Osaka. hermanos a los que Víctor había mantenido durante años desde Ciudad de México y que ahora regresaban con esposas, hijos y cuñados sin trabajo.

Y empezó a invertir mes tras meses, en negocios que personas desconocidas le proponían en las puertas de los restaurantes, donde el campeón comía con su séquito de amigos nuevos, personas desconocidas. Esas tres palabras en la vida de Víctor Rabanales después de Osaka fueron el principio del final. Porque entre 1993 y 2010, Víctor Rabanales firmó documentos, autorizó retiros, entregó cantidades en efectivo y aceptó participaciones en proyectos cuyos verdaderos dueños él nunca conoció.

Restaurantes que nunca abrieron, gasolineras que nunca operaron. Granjas de avestruces que nunca tuvieron avestruces, cadenas de tintorerías que existían solo en folletos a color impresos en una imprenta de la colonia Doctores. Víctor firmaba sin leer. Confiaba en quien le ponía el papel enfrente.

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