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Estos 15 Niños Desaparecieron en una Excursión en 1986—32 Años Después Hallaron el Autobús Enterrado

Sin embargo, a las 4 de la tarde, las madres empezaron a congregarse frente a la escuela. El autobús simplemente no llegaba. La directora estaba desconcertada, completamente incrédula. A las 5:10 de la tarde, un padre denunció la ausencia a la policía municipal. Una patrulla salió 20 minutos después, pero la lluvia intensa, la niebla y el lodo impidieron que avanzara más de 10 km.

La noche cayó y el rumor del autobús perdido se volvió un eco en cada casa, pero lo peor apenas estaba por venir. El sábado la comunidad se movilizó. Voluntarios, soldados, vecinos, todos recorrieron veredas, cañadas y barrancos. Revisaron cada curva de la carretera secundaria. No encontraron huellas de llantas, señales de accidente, ropa ni objetos personales.

Tampoco recibieron llamadas ni notas de rescate. Pero el misterio se agrandó todavía más, por si no lo fuese ya, cuando se reveló que el conductor Lázaro Rosales no tenía ninguna referencia. Él había sido contratado mediante una subempresa y su dirección era falsa. Sospechosamente, además su ficha laboral no existía, simplemente desapareció.

Pero cuando las familias verificaron los registros de la excursión, notaron que la ruta que la maestra creía realizar no coincidía con el destino en los papeles. Ella nunca había visitado la zona arqueológica asignada. Las preguntas entonces aumentaban, ¿a dónde fueron realmente? ¿Quién decidió cambiar el rumbo? Las investigaciones oficiales se diluyeron.

La Fiscalía Estatal prometió llegar hasta el fondo, pero las búsquedas espaciaron. Los medios nacionales cubrieron la noticia durante unos días y luego pasaron a otros escándalos. Los padres, sin embargo, se negaron a olvidar. Fundaron entonces el comité Voces de Octubre y convirtieron su dolor en lucha. Cada aniversario marchaban en silencio con pancartas, veladoras y los nombres de sus hijos escritos en carteles. Recorrieron calles empedradas.

subieron montañas y tocaron puertas. Algunas familias, de hecho, vendieron sus casas para financiar la búsqueda. Otras se mudaron incapaces de soportar la ausencia. A lo largo de los años recibieron donaciones, una retroexcavadora de una organización canadiense, mapas topográficos de una universidad y el apoyo de investigadores que sospechaban que la desaparición estaba vinculada a redes de trata de menores, pero cada pista se desvanecía.

Un sacerdote juró haber visto el autobús en otra carretera. Un periódico afirmó que los niños estaban vivos en otra ciudad. Una llamada anónima dijo que el autobús estaba sumergido en un canal, pero todo, absolutamente todo, y lamentablemente resultó ser falso. La lista de rumores se convirtió en una broma cruel.

Muchos años después, ya para 2010, los miembros del comité eran ya pocos. Muchos de los padres originales habían muerto. Algunos se habían mudado para no convivir con la herida y las autoridades habían cerrado el expediente en 1998. Y aunque en 2012 se reabrió digitalmente como parte de una revisión de desapariciones históricas, no se produjo ningún avance.

El caso parecía condenado al silencio. La tragedia se mencionaba de vez en vez en reportajes o en historias de terror contadas a los niños, pero la verdad simplemente seguía enterrada. Fue entonces que pasó algo que nadie esperaba. La Tierra habló. El 3 de marzo de 2019, operarios que trabajaban en un terreno boscoso para instalar una antena descubrieron un fragmento metálico oxidado.

Era la defensa de un vehículo. Al cabar aparecieron una placa blanca con raíces incrustadas y la carrocería de un autobús. El forense llegó y confirmó que se trataba del autobús escolar perdido en 1986. El chasís estaba semienterrado, el techo simplemente colapsado, las ventanillas rotas. En el interior, en medio del lodo, había mochilas en descomposición, cuadernos deshechos, un zapato intacto y crayones, una bolsa bordada contenía dibujos infantiles y una merienda que nunca llegó a su destinatario.

Atrapada entre los asientos, una libreta cuadriculada conservaba una frase escrita al lápiz. El maestro no viene. Vamos a otro lado. Dicen que hay una cabaña. La frase subrayada dos veces pareció un mensaje desde el pasado. Bajo el autobús, los arqueólogos hallaron una caja metálica oxidada escondida en un compartimiento cabado a mano.

Dentro había copias del itinerario oficial, formularios con sellos y firmas y además una hoja modificada a mano que marcaba un destino distinto. Rancho El Sensontle, vía Loma Alta. También encontraron un recibo por un servicio especial fechado el 23 de octubre de 1986, una factura a nombre de una empresa de transporte y también un mapa con rutas marcadas en rojo y una nota más.

Ruta dos, acceso oculto por el río. Todo llevaba el membrete de la Fundación Educativa Cañada Verde AC, una institución de la cual nadie había oído hablar. El hallazgo de estos documentos abrió una nueva línea de investigación. Los forenses extrajeron 11 cráneos infantiles, huesos y restos de ropa. Recuperaron una cruz de palma, un llavero con la palabra esperanza y también una pulsera de modera.

Los análisis de ADN confirmaron la identidad de 11 de los 15 niños. La profesora y el conductor seguían desaparecidos. Entre los objetos también apareció una pequeña placa de metal con las iniciales MR y la fecha de 1984 que no pertenecía a ninguno de los niños, lo cual levantó sospechas de que el autobús había transportado a otros menores en circunstancias parecidas.

La noticia del hallazgo del autobús estalló en los medios. Imágenes del vehículo oxidado cubierto de raíces inundaron noticieros y redes sociales. Los padres, algunos en silla de ruedas, fueron filmados frente al lugar del descubrimiento, sosteniendo fotos que habían guardado durante décadas. Un sacerdote bendijo la tierra y una madre colocó una cartulina con las palabras, “Gracias por devolverme el silencio.

” Los habitantes de Cuetzalán, muchos de ellos ya adultos, lloraron por primera vez abiertamente. En los días siguientes, un técnico encontró entre la tierra tres carretes fotográficos sin revelar. Las imágenes recuperadas mostraron a los niños sonriendo, alineados frente a una cabaña de madera con un letrero donde se alcanzaba a leer ranchos.

[Música] Entonces, la pregunta ya era inevitable. ¿Por qué ese sitio nunca se mencionó como destino? Una búsqueda catastral reveló que el rancho de Sensontle estaba registrado en 1986 a nombre de Eugenio Bársenas Revilla, un empresario avícola que había muerto en 1991. Documentos de la extinta Dirección Federal de Seguridad indicaban que Bársenas era donante de la fundación educativa Cañada Verde.

Curiosamente la misma que aparecía en el membrete de los documentos encontrados. Esta fundación había recibido autorizaciones para realizar jornadas recreativas en comunidades marginadas, pero no existían informes realmente de esas visitas. Además, al cruzar información se supo que en 1985 en Zapotitlán de Méndez dos hermanos de 9 y 11 años desaparecieron misteriosamente tras una excursión escolar.

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