Algunos dicen que Benedicto XV no fue el problema, sino la víctima que nadie quiso ver. Señalan que mientras el mundo lo tachaba de frío, anticuado o incluso de encubridor de abusos, él luchaba en silencio contra un sistema que ya estaba podrido mucho antes de su llegada. Dicen que siempre vivió la sombra de Juan Pablo Segi, pero lo que muchos no saben es que ese mismo papa tan querido al parecer fue quien le dejó un Vaticano lleno de corrupción y con cientos de casos de abuso encubiertos.
Después fue opacado por Francisco, el papa simpático, cercano, el que todos querían. Pero argumentan que Francisco solo pudo ser ese líder porque Benedicto ya se había sacrificado. Él se llevó las críticas, enfrentó el escándalo y cuando ya no pudo más, renunció para dejarle lugar a alguien que el mundo sí podía amar.
Aseguran que si la gente viera toda la historia completa, si entendieran lo que intentó cambiar y no lo dejaron, todo lo que tuvo que cargar en silencio, descubrirían que Benedicto no fue el villano, sino el chivo expiatorio, el hombre que cargó culpas que no eran suyas, el papa al que no supimos entender hasta que ya fue demasiado tarde.
Hoy vamos a explorar esta perspectiva desde la película Los dos papas. La gente se amontona para escuchar a un hombre, el cardenal Jorge Bergoglio. Entre chistes les cuenta la historia de Francisco, un joven que un día entró a una capilla destruida y creyó escuchar la voz de Dios diciendo, “Francisco, repara mi iglesia.
” Y aunque nadie lo sabe todavía, esa frase va a marcar el punto de quiebre más importante en la vida de Bergoglio. Hace calor, están apretados, pero nadie se va. Porque Bergoglio les habla de Dios que no los juzga, sino que también disfruta del fútbol, que entiende el cansancio y la pobreza que ellos atraviesan. Recibe la noticia.
El Papa Juan Pablo Segund ha muerto. El mundo entero entra en luto. Juan Pablo Segund fue uno de los papas más queridos de la historia y muchos dicen que hay dos razones que explican por qué. La primera es la que muchos conocen. No se quedó encerrado en el Vaticano dictando reglas desde lejos, sino que viajó a 129 países, caminó entre la gente, los abrazó, visitó hospitales, cárceles y barrios.
era carismático y cercano, pero la segunda razón es más incómoda. Juan Pablo Segund fue tan querido porque no lidió con el trabajo más crudo. Mientras él cuidaba la imagen pública de la iglesia, dejó que la corrupción y los abusos siguieran creciendo en silencio. Sabía lo que pasaba, pero eligió no actuar para que nada manchara la reputación de la iglesia.
Y así le dejó un problema enorme a su sucesor. No solo porque después de alguien tan carismático cualquier papa iba a parecer menos agradable, sino porque le heredó una iglesia al borde del colapso. Cualquiera que viniera después iba a ser un mártir. Desde todos los rincones del mundo, los cardenales viajan a Roma. Tienen la misión urgente, elegir al próximo líder de la iglesia.
Y entre tantos nombres hay uno que empieza a destacar, Joseph Ratzinger. Mientras Juan Pablo Segund recorría el mundo e inspiraba millones, alguien tenía que quedarse atrás y defender la fe en un mundo que ya no creía. Había nuevos debates sociales, avances científicos y formas de pensar que chocaban con siglos de enseñanza católica.
Alguien tenía que revisar cada tema, debatir cada dilema y decidir cuál sería la postura oficial de la iglesia. Y ese alguien era Joseph Ratzinger. Juan Pablo Segund confiaba tanto en su criterio que lo nombró prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que este es el cargo más alto en temas de teología. Así que mientras el Papa era la cara visible del catolicismo, Ratzinger era el cerebro.
Y como trabajaban tan de cerca, muchos lo veían como el sucesor natural. Pero una cosa era cuidar la doctrina y otra muy distinta, gobernar toda la iglesia. ¿Realmente estaba preparado? Joseph repasa la lista de cardenales que asistirán al cónclave, la votación para elegir al nuevo Papa. Aparece una foto que lo incomoda, Jorge Bergoglio, el cardenal que promueve una iglesia más abierta, más flexible.
Joseph no podría pensar más diferente. Lleva décadas haciendo justo lo contrario, defendiendo la tradición, marcando límites, corrigiendo desviaciones. Para él, Bergoglio no solo está equivocado, sino que es una amenaza. Más tarde, Joseph está lavándose las manos cuando escucha a alguien silvando una canción. Es Bergoglio.
Ratzinger, intentando ser amable, le pregunta, “¿Qué himno es ese?” Bergoglio sonríe. Dancing Queen de Aba. Joseph apenas disimula su desagrado. Se reúnen con el resto de los cardenales en uno de los grandes salones del Vaticano. Joseph, que lleva años trabajando ahí, entra como si nada. Pero Bergoglio, que viene de los barrios pobres de Argentina, se asombra ante tanta belleza.
El cardenal Carlo María Martini le dice que en Europa las iglesias son hermosas, pero están vacías. necesitan un cambio, reformas reales y cree que él podría ser quien lo traiga. Bergoglio se ríe y le asegura, “No voy a ser yo.” El cardenal Martini fue uno de los críticos más duros de la iglesia, pero no porque la odiara, sino porque creía en ella, porque pensaba que tenía mucho que ofrecer, pero estaba atrapada en formas viejas, desconectadas de la vida real.
Había demasiada burocracia, demasiados rituales y demasiada pomposidad, pero poco contacto con la gente. Aseguraba que si la iglesia seguía cerrando las puertas a los divorciados, por ejemplo, iba a perder a las nuevas generaciones. En vez de negarles la comunión, debía acompañarlos en sus situaciones familiares.
En lugar de prohibir los preservativos, debía reconocer que existen realidades complejas como enfermedades de transmisión carnal o personas que no están en condiciones o no se sienten capaces de brindar una vida digna a sus hijos. creía que los sacerdotes deberían poder casarse y que las mujeres debían tener un lugar real dentro de la estructura de la iglesia.
Martín insistía en que el verdadero espíritu de Jesús no era proteger doctrinas, sino ser un refugio para todos, no solo para los perfectos y puros, sino especialmente para los heridos y caídos. Él creía que si Jesús regresara hoy, no reconocería su propia iglesia, que el mensaje que predicó tiene poco que ver con lo que la institución terminó construyendo.
¿Tú qué opinas? ¿Qué tan cerca está hoy la iglesia de lo que Jesús realmente quería? Empieza el cónclave. Cada cardenal escribe a quién quiere como el próximo papa. Para ganar se necesitan dos tercios de los votos. 77 en total. Sale el resultado. Ratzinger 47 votos. Bergoglio 10. Martini nueve. Nadie alcanza la mayoría.
Pero algo llama la atención. Bergoglio, un cardenal de América Latina con 10 votos. Nadie lo veía venir. En el almuerzo, Humes, uno de los liberales, le confiesa Bergoglio. Martini pidió a sus seguidores que te transfieran sus votos. Bergoglio se queda helado. Él no quiere el puesto. Mientras tanto, Ratzinger no pierde el tiempo.
Va mesa por mesa haciendo campaña, repitiendo el mismo mensaje. En un mundo lleno de relativismo, la iglesia necesita una verdad clara, una sola verdad, inalterable, eterna. Recuerda esta frase porque más adelante va a decirnos mucho sobre la psicología de este retrato de Joseph. Llega la siguiente ronda de votaciones. Se declara un ganador, Ratzinger.
Le ponen la sotana blanca, una cruz llena de joyas, una capa de terciopelo, un anillo y finalmente los zapatos rojos. Un atuendo extravagante para recordar que ya no es solo un hombre, es el nuevo Papa, el representante de Jesús en la tierra. Ratzinger sale al balcón lleno de alegría, saluda a la multitud y es presentado al mundo como el Papa Benedicto 16.
Mientras tanto, Bergoglio y Humes están decepcionados. La Iglesia acaba de votar para que las reformas que no se hicieron sigan sin hacerse. Jorge pierde la esperanza en la jerarquía. Piensa en dejar el título de Cardenal y volver a ser un simple sacerdote. Ahí al menos podría ser una diferencia porque dentro de la institución sabe que no va a lograrlo.
La elección de Benedicto XV divide al mundo. Para unos es justo lo que necesitaban. un defensor de la verdad tradicional frente a un mundo que se aleja cada vez más de sus valores. Sin embargo, para otros, para los divorciados, las personas de la comunidad gay y los marginados, Benedicto representa una iglesia que seguirá cerrándoles las puertas.
Algunos, al verlo tan serio, tan rígido y además alemán, incluso llegan a llamarlo nazi. Pasan los años y en 2012 Jorge está listo para renunciar a su puesto como cardenal. Le envía su renuncia al Papa, pero este le responde que mejor viaje a Roma para hablarlo en persona. Ir rompe un escándalo en la iglesia.
El asistente personal del Papa, Paolo Gabriel, filtra documentos confidenciales del Vaticano la Prensa, que revelan la corrupción dentro de la institución. Dinero destinado a obras de caridad que nunca llegó a donde debía. Sobornos para conseguir contratos dentro del Vaticano. Grupos rivales peleando por controlar las decisiones del Papa, denuncias que fueron ignoradas o directamente tapadas.
El escándalo conocido como Batilix mostró al Vaticano como un juego de poder, corrupción y traiciones. Y lo más grave evidenció que el control se le estaba escapando de las manos a Benedicto. Eso hizo que muchos lo criticaran con dureza. Pero espera, ¿todo esto fue culpa de Benedicto? En realidad parece que no.
Los problemas de corrupción dentro del Vaticano venían de mucho antes. De hecho, buena parte se gestó durante el papado de Juan Pablo Segund, porque mientras él viajaba por el mundo para traer más fieles, las responsabilidades administrativas que venían con el cargo quedaron descuidadas. Así la curia, es decir, los funcionarios que se quedaron manejando el Vaticano, comenzó a acumular poder y a tomar decisiones sin mucha transparencia.
Para cuando Benedicto heredó el puesto, el sistema ya estaba totalmente descompuesto. Es irónico y hasta trágico que Juan Pablo Segund sea tan amado y Benedicto tan criticado, porque uno de los errores más graves por los que se juzga Benedicto en realidad no fue suyo, fue la consecuencia de un problema que otros dejaron crecer.
Jorge viaja a Roma con lo poco que tiene, unos zapatos sencillos, una cruz de plata. Nada del vistoso atuendo rojo de los cardenales, parece un sacerdote más. Cuando llega al aeropuerto, el chóer ni siquiera lo reconoce. Intenta ayudarle con la maleta, pero Jorge no lo deja. Le abre la puerta trasera, pero Jorge insiste en sentarse al frente para platicar.
Durante el camino, el chóer le advierte que al Papa le gusta ver a sus cardenales vestidos como cardenales. Así que a mitad de la carretera se detienen para que Jorge se ponga el atuendo oficial. llegan a la residencia de verano del Papa, Castel Gandolfo. Mientras espera, Jorge se pone a platicar con el jardinero. Prueban orégano, comparten recetas que sus madres hacían.
Desde lejos, Benedicto lo observa. ¿Cómo puede hacer amigos tan fácil? Parece que lleva años viviendo aquí. El Papa lo saluda en latín, pero Jorge se sincera. No domina el idioma, mejor en español. Benedicto ve los zapatos gastados de Jorge, un cardenal caminando con eso. Qué falta de respeto. Jorge le habla de su renuncia, pero el Papa le recuerda, los cardenales no pueden retirarse antes de los 75 años.
Además, él ha sido uno de sus críticos más duros. Si lo deja irse, parecerá una protesta. Jorge se ha negado a vivir en el Palacio de los Cardenales. Ha cuestionado el celibato, el trato a las personas gay, la negativa de dar comunión a los divorciados. Cada vez que habla, cada paso que da en esos zapatos, es una crítica a la iglesia.
Jorge explica, Jesús vino a llamar a los pecadores. La comunión no debería ser un premio para los virtuosos, sino alimento para los hambrientos, para los que más lo necesitan. Benedicto enfadado le responde, entonces importa mal lo que tú crees que lo que la Iglesia ha enseñado durante años. Le recuerda que las doctrinas y las reglas están ahí para dar orden.
Pero para Jorge, esas reglas solo construyen muros, dividen y excluyen. Y mientras tanto, la iglesia está perdiendo a demasiada gente. El mundo está cambiando y la iglesia, si quiere seguir viva, necesita cambiar también. Sin embargo, Benedicto se mantiene firme. Dios no cambia y su verdad tampoco. Su misión es defender más de 2,000 años de tradición.
Pero para Jorge ese es precisamente el problema. Han pasado demasiado tiempo defendiendo esa tradición, discutiendo si las misas deben ser en latín, si las niñas pueden ser monaguillos y mientras tanto han descuidado los verdaderos problemas. Benedicto y Jorge no solo chocan en su forma de entender la iglesia, sino en su visión del mundo.
Comparten la misma religión, pero sus valores fundamentales son radicalmente distintos. Benedicto claramente es un conservador, alguien que cree que lo mejor es conservar las cosas tal y como están por protección, porque piensa que si algo ha funcionado por mucho tiempo, cambiarlo podría ser un riesgo.
Para él las reglas, la tradición y el orden son como un escudo contra la incertidumbre. Y lo interesante es que esto no parece ser solo una postura intelectual. Como explica el psicólogo Jonathan Heide, nuestras ideas políticas y religiosas no vienen únicamente de la razón, sino también de nuestro temperamento y nuestras necesidades emocionales más profundas.
Las personas con una postura conservadora suelen tener una mayor necesidad de seguridad. Les preocupa el desorden y la pérdida de control. Por eso valoran tanto la autoridad y las normas claras y les cuesta aceptar los cambios rápidos o las rupturas con la tradición. Si miramos el pasado de Ratzinger, todo empieza a tener un poco más de sentido.
Nació en 1927 en Alemania, justo en el periodo entre guerras. El país estaba en crisis económica. La política era un desastre y en medio de ese caos, Adolf llegó al poder. Su ideología empezó a deformar la verdad y los valores e incluso la religión y con eso vino el odio y la división. Después estalló la guerra y con ella bombardeos, hambre y miedo.
Alemania quedó destruida física y moralmente. Y en ese contexto nos sorprende que cuando todo terminó Ratzinger buscara algo firme a lo que aferrarse, algo que no se doblara con las ideologías del momento, algo que marcara con claridad lo que estaba bien y lo que estaba mal. Y parece ser que encontró justo eso en la teología católica, una verdad eterna e inamovible que le daba seguridad.
se dedicó a estudiar la doctrina con una profundidad gas y obsesiva. Quería que todo estuviera claro, sin contradicciones y que se mantuviera fiel a la tradición. Con el tiempo se convirtió en uno de los pensadores más importantes del Vaticano. Como dije antes, fue nombrado prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.
Literalmente el encargado de vigilar que las enseñanzas de la iglesia no se desviaran. Ratzinger quiere proteger la verdad en un mundo que cambia demasiado rápido y que constantemente intenta deformarla. Por otro lado, Jorge tiene una visión claramente liberal y eso tampoco parece ser casualidad. También puede venir de su historia personal, una historia que veremos más adelante.
Jorge le dice al Papa que se han pasado años señalando hacia afuera, culpando al mundo, cuando el verdadero problema siempre estuvo dentro de su propia institución. Los intimadores de menores. Benedicto no quiere hablar del tema. Dice que hicieron lo mejor que pudieron, pero para Jorge eso no es verdad. Aún así, Benedicto cambia de tema.
¿Por qué lo evita? ¿Qué está escondiendo? Más tarde, Jorge le entrega su carta de renuncia. Necesita que la firme, pero Benedicto se niega. Le pide que al menos por esa noche no hablen de eso, que simplemente sean dos amigos. Entonces se sincera. le confiesa que últimamente le cuesta escuchar la voz de Dios, que cuando era joven siempre sabía lo que Dios quería de él, pero ahora está perdido, ya no lo escucha igual.
Jorge le cuenta que de niño siempre sintió la espinita de ser sacerdote, pero tenía dudas y le pidió a Dios una señal, una clara, imposible de ignorar. Sin embargo, nunca llegó, se sintió ignorado. Así que siguió con su vida, consiguió un trabajo, una novia, incluso le propuso matrimonio. Pero una noche, mientras iba de camino a verla, algo lo hizo entrar a una iglesia.
No sabía por qué. Solo lo hizo. Adentro un sacerdote lo vio, se le acercó y le dijo, “Esta mañana, cuando desperté, sentí que Dios me pedía venir aquí a confesar. Estuve horas esperando, nadie vino hasta que entraste tú.” Jorge se congeló. Llevaba años pidiéndole a Dios una señal y ahora, de pronto, ahí estaba, precisa, directa.
admite que no fue solo por ese momento, la señal fue el empujón, pero en el fondo ya lo sabía, solo necesitaba aceptarlo. Esa misma noche fue con Amalia y le dio la noticia, se iría al seminario. Más tarde, Benedicto toca el piano. Jorge lo observa relajado, sonriente. Toman vino y se ríen. Por primera vez ve otro lado de él, más humano y más cálido.
Una de las principales críticas que mucha gente hacía sobre Benedicto XV era que se le veía como alguien frío, distante y poco carismático, que no tenía la cercanía ni la energía de Juan Pablo Segi. Pero lo que pocos sabían era que esas críticas le dolían y con el tiempo eso iba a notarse.
A la mañana siguiente, el jardinero encuentra Bergoglio y le regala una maceta con orégano. Jorge está encantado. Poco después le informan que el Papa lo está esperando en su helicóptero. Cuando Benedicto nota la maceta, comenta que Jorge es muy popular. Le pregunta si hay algún truco para caerle bien a todos. Este responde que simplemente trata de ser el mismo.
El Papa sonríe y responde, “Cuando intento ser yo mismo, no le agrado mucho a la gente.” Y es que a Benedicto no solo se le criticaba por lo que hacía o por lo que defendía, sino por quién era, o mejor dicho, por lo que no era, por no ser Juan Pablo Segi. Después de un papa tan carismático y querido por la gente, Benedicto, más reservado y menos expresivo, fue rápidamente tachado de frío, severo e inaccesible.
Pero en realidad quienes lo conocieron de cerca aseguran que era muy amable y bondadoso, solo que su personalidad no era tan extrovertida. Dicen que era un hombre sumamente brillante y preparado, que era un hombre riguroso y profesional que conocía la iglesia y la teología a fondo. Y sus talentos también eran necesarios para la iglesia, poner orden, dar claridad y proteger las creencias esenciales.
El problema es que, como explican muchos autores, vivimos en un mundo que tiende a valorar más a las personalidades extrovertidas. La gente carismática, incluso si no es la más capacitada, cae bien más rápido y genera más confianza. Y en ese contexto, a personas más introvertidas o analíticas como veredicto se les exige constantemente ser otra cosa, como si la única forma válida de liderar fuera desde el carisma.
Cuando Benedicto dijo, “Intento ser yo mismo, pero no le agrado mucho a la gente”, lo hizo con cierta tristeza y resignación porque sabe que por más bien que lo haga, nunca va a ser suficiente. Puede ser exactamente lo que el mundo necesita, pero nunca va a ser lo que el mundo quiere. Pero la iglesia, como cualquier institución, no solo necesita gente carismática, sino que también necesita a quienes no buscan llamar la atención, pero hacen el trabajo, a los que piensan, ordenan y sostienen, aunque nadie los aplaude.
Jorge intenta sacar el tema de su renuncia, pero Benedicto lo esquiva. No quiere lidiar con eso. No. Ahora llegan a Roma. El Papa tiene asuntos urgentes. Jorge, mientras tanto, se va a comer pizza y a ver el fútbol. A la mañana siguiente, Benedicto manda a buscarlo, pero el chóer no lo encuentra. Jorge ya se había ido en camión público.
Cuando llega el Vaticano lo dirigen a la capilla Sixtina. Se queda boquiabierto. Es demasiada belleza. Benedicto aparece. Está distinto, más relajado, incluso de buen humor. Le dice que lo llamó ahí solo para disfrutar el momento con él y entonces se abre. Le cuenta que el otro día prendió una vela y el humo en lugar de subir bajó.
Le recordó la historia de Caín cuando le hizo una ofrenda a Dios y este no lo aceptó. Para él fue una señal. Había estado sintiéndose desconectado como si Dios ya no le hablara. Y justo entonces le llegó la carta de renuncia de Jorge. No cree que haya sido casualidad, sino que tenía que ver con los planes de Dios. Y ahí lo suelta. He tomado una decisión.
Voy a renunciar al papado. Jorge se queda de helado. ¿Cómo que va a renunciar? Eso no se hace. El papá no renuncia. Tiene que vivir y morir en ese cargo. Le dice que si lo hace, va a dañar el papado para siempre. Pero Benedicto le responde, ¿y qué daño le haré si me quedo? Admite que es un erudito, no un líder.
El puesto necesita visión, algo que él ya no tiene. Se ha esforzado, ha luchado, pero ya no puede más. Y luego le confiesa algo que tenía guardado. Cuando Jorge ofreció sus renuncias, se sintió aliviado, porque su mayor miedo era que en el próximo cónclave votaran por él. Pero ahora que lo ha visto de cerca, algo cambió.
No está de acuerdo con casi nada de lo que dice, piensa o hace, pero por alguna razón ahora entiende que la iglesia necesita a alguien como él. Jorge asegura que él no puede ser papa. Hay algo en su pasado que si sale a la luz sería un escándalo. En los años 70 en Argentina, Jorge era líder de los sacerdotes jesuitas del país.
Era duro, exigente, demasiado conservador. Un día una mujer se le acercó y le contó que se había vuelto a casar. Jorge la miró y con frialdad le dijo, “Entonces, no te casaste, te juntaste porque la iglesia no lo permite.” Así era Jorge, apegado a las reglas, porque creía que esa era la única forma de ser fiel a su fe, pero la vida le tenía preparada una sacudida.
El país fue arrasado por una dictadura militar. perseguían, torturaban y desaparecían a cualquiera que fuera considerado peligroso. Activistas, estudiantes, incluso sacerdotes. Más de 30,000 personas fueron eliminadas. Algunos sacerdotes empezaron a unirse a la resistencia, hablaban de justicia social, denunciaban abusos y empezaron a desaparecer uno por uno.
Y ahí estaba Jorge como superior de los jesuitas. Sintió que su responsabilidad era proteger a los suyos. Así que tomó una decisión, negociar con el régimen. Se reunió con Emilio Masera, uno de los jefes de la dictadura militar, y llegó a un acuerdo. Los sacerdotes dejarían de hablar de política, quemarían libros peligrosos y abandonarían todo activismo social.
A cambio, el régimen les garantizaría protección. Jorge transmitió la orden. Debían abandonar sus actividades en las villas, dejar de apoyar a los más necesitados. Pero dos de sus sacerdotes, Yalix y Yorio, se negaron. Decían que su deber no era protegerse a sí mismos, sino estar con los que más sufrían. Desobedecieron las órdenes de Jorge y continuaron con su labor.
Y entonces Jorge hizo algo que lo perseguiría por décadas. Les retiró su protección oficial. No los entregó, no los denunció, pero tampoco los defendió y poco después la dictadura los capturó. Durante meses los torturaron, les rompieron las manos, intentaron quebrarlos física y mentalmente. Jorge se arrepintió de haberlos dejado a su suerte.
Intentó interceder, habló con Macera, pero nada funcionó. Hizo todo lo que pudo por otros. ayudó a varios a cruzar la frontera, escondió familias en el seminario, salvó decenas de vidas, pero para él nunca fue suficiente. En el momento que más importaba no estuvo a la altura. Eligió quedarse al margen negociando con el poder cuando debería haber estado al lado de los que sufrían.
¿Cómo lo habría hecho Jesús? Benedicto lo escucha y le dice, “A veces viendo hacia atrás todo parece obvio, pero en el momento estás perdido, así que no te castigues tanto.” Cuando terminó la dictadura, su propia orden se volvió en su contra. Le quitaron su puesto, lo sacaron de Buenos Aires y lo exiliaron a las montañas.
Pasó dos años de soledad y oscuridad interior que lo obligaron a mirarse de verdad. Se dedicó a leer sobre política, cambio social y espiritualidad. Cuando confesaba a las personas, ya no las juzgaba porque no se sentía digno de hacerlo. Y entonces empezó a escuchar de verdad, sin corregir, sin imponer, solo entendiendo. Y ahí se rompió.
Se dio cuenta de que aunque representaba a Cristo, no sabía cómo mirar al otro con compasión, que Jesús no estaba solo en los libros, sino en la calle, en la gente, en el dolor que antes no quería ver. entendió que la fe no se trata solo de tener razón, sino de acompañar al que sufre. Dejó de verla como algo que se siente por dentro y empezó a vivirla hacia afuera, ayudando, conectando y estando para los demás.
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Empezó a involucrarse con las necesidades de su país, recorría los barrios olvidados, hablaba con sindicatos y denunciaba la corrupción, el narcotráfico y la pobreza estructural. Visitaba hospitales, destinaba recursos de la iglesia a comedores y centros comunitarios. E incluso colaboraba con otras religiones, con cualquiera que estuviera dispuesto a hacer algo por los que más sufren.
En un inicio, Jorge, al igual que Benedicto, era conservador. Creía en las normas, en el orden y en la tradición. pensaba que había una única forma correcta de actuar y que servir a Dios significaba pegarse a ella sin desviarse. Pero al vivir el caos de la dictadura, parece que se dio cuenta de que las cosas no eran tan simples, que la moralidad no siempre es blanca negra, que al imponer reglas puedes dejar a otros solos, que por obedecer y hacer lo que el poder manda, también puedes causar daño, y que en vez de seguir las normas al pie de la letra,
a veces lo más importante es estar con quienes más lo necesitaban. Su forma de pensar cambió por completo, dejó atrás lo conservador y adoptó una postura más abierta. Empezó a valorar la justicia social, la compasión y el cuidado de los grupos marginados, a poner la dignidad humana por encima de las reglas.
Y este cambio tampoco es raro. El psicólogo Jonathan Hyde explica que la mayoría de las personas tienden a ser conservadoras, al menos en ciertos aspectos. ¿Por qué? En parte porque el cerebro humano prefiere lo conocido y lo seguro. Nos da tranquilidad sentir que hay reglas claras, que el bien y el mal están bien definidos.
Pero cuando una persona se enfrenta a situaciones difíciles como decisiones morales complejas, realidades de pobreza o exclusión, cuando se expone a otras formas de pensar o recibe más educación, empieza a ver que el mundo no es tan simple y que hay matices. Y ahí es cuando muchas veces se empieza a soltar lo rígido y a adoptar una mirada más flexible y liberal.
Ni lo conservador ni lo liberal son buenos o malos por sí mismos. Lo conservador tiene su valor, nos da estabilidad y funciona como un freno frente a cambios que podrían arrasar con principios, tradiciones o normas que aún son útiles y vigentes. Y al mismo tiempo lo liberal también tiene su lugar. actúa como una fuerza necesaria para cuestionar costumbres o reglas que antes fueron valiosas, pero que tal vez ya no tienen sentido hoy.
Y en ese choque entre lo que se conserva y lo que se transforma es donde se produce el movimiento de las sociedades. Ambas posturas son necesarias para que una sociedad o una institución funcione y prospere. Pero hay momentos para cada una. A veces necesitamos proteger lo que ya tenemos y otras veces lo que hace falta es ser críticos y revisar nuestras formas y reconocer en que hemos fallado y corregir.
¿Y tú crees que hoy la iglesia necesita conservar o cambiar? Jorge intentó hacer el trabajo que le había negado a Yalix yo. Cada desalojo que lograba evitar, cada verdura que cortaba en los comedores, lo vivía como una forma de penitencia. Benedicto le dice que entiende su deseo de hacer lo correcto, su arrepentimiento por no haber hecho más, pero le recuerda algo esencial.
Él no es Dios y por lo tanto no puede exigir de sí mismo la perfección. Luego se levanta, le da la bendición y lo absolue. Le pide que sea tan compasivo con él mismo como lo es con los demás. Jorge se siente liberado. Los turistas empiezan a entrar a la capilla Sixtina, así que se mueven a la sacristía para seguir platicando, pero tienen hambre.
Jorge le pide al guardia si puede traerles una pizza y un par de fantas. Unos minutos después, el Papa y el cardenal están a gusto comiendo pizza y platicando como amigos. Benedicto le comparte, “Tú dices que tus pecados te descalifican para el puesto, pero yo también tengo cosas con que cargar.” le cuenta que de niño le falló a Dios, no por hacer algo malo, sino por no tener el valor de vivir.
Se refugió en los libros y en el estudio, se alejó del mundo real y sabe que por eso no pudo ayudar a la iglesia tanto como hubiera querido. Pero su peor error vino mucho después, cuando estallaron los escándalos de abuso. Las pruebas estaban ahí sobre su escritorio. Sabía que muchos sacerdotes, especialmente el padre Marcial Maciel, habían intimado menores durante años.
¿Y qué hizo la iglesia? Los escuchaba en confesión y los cambiaba de parroquia. Pensaban que si pedían perdón eso los haría detenerse, pero claramente no fue suficiente. La película no da muchos detalles sobre el papel de Benedicto en estos casos, pero periodistas como Carmen Aristegui de México se han encargado de investigar a fondo lo que pasó.
Y aquí te cuento lo que esas investigaciones arrojaron. Las primeras denuncias contra Marcial Maciel por intimar menores comenzaron desde los años 50. Algunos exseminaristas de los legionarios de Cristo, la congregación que él mismo fundó, intentaron alzar la voz, pero los legionarios decidieron taparlo todo. Ignoraron las denuncias y el Vaticano en ese entonces ni siquiera se enteró.
Décadas después, en 1998, cuando Juan Pablo II era Papa y Ratzinger estaba al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el área encargada de estos temas, ocho exlegionarios presentaron denuncias formales en Roma. Ratzinger las recibió, pero Juan Pablo II le ordenó ignorarlas. No le permitió abrir una investigación. Lo peor es que seguía defendiendo públicamente a Masel.
Lo elogiaba como ejemplo de fe y lo recibía en privado como si nada hubiera pasado. Así Ratzinger estaba atado de manos. No podía actuar sin el permiso del Papa. Insistió varias veces en abrir una investigación, pero fue bloqueado. Años después, las denuncias llegaron a la prensa y el escándalo se volvió público. Pero el Vaticano seguía sin actuar.
No fue sino hasta 2004, cuando Juan Pablo II ya estaba gravemente enfermo, que Ratzinger vio su oportunidad. abrió una investigación, pero lo hizo en secreto. Un año después, cuando Juan Pablo II murió y Ratzinger se convirtió en papa, por fin tuvo el poder para intervenir y en 2006 sancionó a Mael.
Le prohibió ejercer públicamente como sacerdote y lo obligó a retirarse una vida de silencio. Mael murió en 2008 y en 2010 el Vaticano publicó un comunicado reconociendo oficialmente sus múltiples abusos, su doble vida, puesto que tenía mujeres e hijos y el daño que causó. A partir de ahí comenzó la reforma interna en los legionarios de Cristo.
El escándalo estalló durante el papado de Benedicto XV y él fue quien terminó cargando con toda la culpa pública. Muchos lo señalaron como si hubiera sido él quien quiso encubrirlo todo, pero en realidad todo parece indicar que fue Juan Pablo Segi. Benedicto sí quería actuar. insistió una y otra vez en abrir una investigación, pero siempre lo bloquearon y en cuanto tuvo la oportunidad ordenó investigar, sancionar y reconocer públicamente lo que había pasado.
Pero quizás lo más sorprendente de todo fue cómo asumió la responsabilidad. No se lavó las manos, no culpó a su antecesor, aunque tenía razones de sobra para hacerlo. Como buen líder dio la cara, incluso por errores que no fueron suyos. Una vez más lo condenaron por lo que otros hicieron y casi nadie salió a defenderlo. Jorge está indignado, furioso, dejaron que inocentes sufrieran.
le dice que si esa es la razón por la que quiere retirarse, entonces no puede hacerlo. Debe quedarse, corregir lo que falta, pero Benedicto lo detiene. No es eso. Hace tiempo que no siente la presencia de Dios, cree en él, le reza, pero no escucha nada de regreso hasta estos últimos días. Ha empezado a volver a oír su voz en Vergoglio.
Tal vez no escuchaba a Dios porque no quería aceptar lo que le estaba diciendo, que debía hacerse a un lado y dejar su lugar a alguien que pensaba radicalmente distinto. Jorge se levanta y extiende la mano. En nombre de Dios le perdona sus pecados. Benedicto respira, siente el perdón, la paz, la calma de saber que está haciendo lo correcto.
Quieren salir de la sacristía, pero está lleno de turistas. Aún así, Benedicto decide avanzar. le alegra acercarse a la gente. El guardia está a punto de abrirle paso, pero Jorge lo detiene. Le pide que lo deje disfrutar su momento. Benedicto recibe el cariño del pueblo, de los creyentes que él ha guiado durante años. Todos le aplauden y por un instante siente una pequeña satisfacción.
Sabe que nunca será el más carismático ni el favorito de la gente, pero se siente orgulloso de todo lo que ha hecho. Llega el momento de la despedida. Benedicto le pregunta a Jorge si recuerda la historia de San Francisco cuando Dios le pidió que reconstruyera su iglesia. Francisco pensó que hablaba de ladrillos, pero Dios hablaba de algo mucho más grande.
Benedicto le extiene la mano. Jorge, en cambio, lo abraza. Entre risas y bromas, se despiden como amigos. Un año después, Benedicto anuncia su renuncia. Los cardenales vuelven a reunirse en el Vaticano para elegir a su sucesor. Se realiza la votación y Jorge Bergoglio obtiene la mayoría. Es el nuevo Papa. Los cardenales estallan de alegría.
Saben que él representa el cambio que la Iglesia tanto necesita. Jorge recuerda a su yo más joven, el que dudaba si debía entrar al seminario, el que tuvo que tomar decisiones difíciles y ahora lo entiende todo. Cada error, cada lucha lo trajeron hasta aquí para servir al mundo, para hacer un bien más grande de lo que jamás imaginó.
Lo llevan a la sacristía, la misma donde un año antes comió pizza con Benedicto. Llama al papa emérito, pero no hay respuesta. Benedicto está viendo las noticias esperando saber quién será sucesor. Mientras lo preparan, Jorge rechaza la capa de terciopelo, la cruz con joyas, los zapatos rojos. decide salir solo con el atuendo blanco, la cruz de plata que siempre ha llevado y sus zapatos normales gastados.
Respira hondo, hace una breve oración y sale de la sacristía. Ya no como Jorge Bergoglio, sino como el Papa Francisco I, un nombre que elige en honor al enorme trabajo que él espera, reconstruir la Iglesia y también por lo que representa sencillez y un compromiso profundo con los más pobres. Francisco sale al balcón con una enorme sonrisa y su carisma natural saluda a la multitud.
hace una broma sobre por qué lo eligieron a él y en segundos el mundo lo ama por su chispa y su cercanía. Benedicto sonríe. Es justo lo que deseaba, lo que la Iglesia necesita. Francisco hace una oración por el Papa de Mérito y del otro lado de la pantalla, Benedicto se conmueve. Pasan los meses, Francisco arranca su papado con fuerza.
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El mundo estaba cambiando demasiado rápido y la iglesia parecía quedarse atrás. Benedicto pensó que la solución era resistir, aferrarse más fuerte a la tradición y a las reglas, pero con el tiempo entendió que eso no estaba funcionando. Entonces conoció de cerca a Jorge Bergoglio, alguien con una actitud completamente opuesta a la suya y poco a poco fue viendo que quizás la respuesta estaba justo ahí.
en un hombre más flexible que ponía las necesidades de las personas por encima de las normas. Y es que en el fondo ese siempre fue el mensaje esencial de Jesús. No vino a imponer reglas ni a construir una teología, sino que vino a traer un mensaje de amor y de inclusión para todos. Adúlteras, ladrones, pecadores, fariseos, romanos, cobradores de impuestos, etcétera.
Nadie quedaba fuera. Con el tiempo, parece que la iglesia fue perdiendo ese espíritu. se volvió experto en rituales, normas y discusiones teológicas, en definir quién pertenece y quién no. Y se olvidó que el cristianismo comenzó como un acto de amor. Algo admirable de Joseph Ratzinger es que a pesar de haber dedicado toda su vida a defender la tradición, fue capaz de ver y aceptar que la iglesia ya no necesitaba a alguien como él, que por más buenas intenciones que tuviera, si seguía al frente, podía terminar haciéndole más mal que bien. Así que en
un acto de verdadera humildad y servicio, renunció al cargo más alto y lo entregó sin ego ni resistencia a alguien completamente diferente. También fue un acto de valentía porque con lo mucho que valoraba la tradición no debió resultarle nada fácil romper con ella y convertirse en el primer papa en siglos que deja el cargo antes de morir.
Pero bueno, para los que son creyentes, que esta historia sirva como un recordatorio de que quizás seguir las enseñanzas de Jesús no consista en repetir dogmas, sino simplemente en acercarse al otro, en caminar con el que sufre y cuando haga falta tener el coraje de soltar las reglas si eso significa amar mejor.
Y para los no creyentes también hay un mensaje que se puede extraer en un mundo donde todos quieren tener razón y tener control. Benedicto 16 nos enseña a saber escuchar al que piensa distinto, a reconocer que también tiene algo que aportar, a atreverse a cambiar y si es necesario por el bien de los demás, hasta ceder el poder.
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