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El FBI CONFESÓ: El Che Guevara NO Debía Morir — El TELEGRAMA Que Llegó 3 HORAS TARDE

 

25 de noviembre de 2016. Fidel Castro muere sin saber la verdad. Durante 49 años se culpó a sí mismo. No pude salvar al Che. Fallé como amigo. Lloró cada 9 de octubre. Se despertó con pesadillas. Pero lo que Fidel nunca supo era que su mejor amigo no murió por error, murió por traición.

 Ramiro Valdés, su hombre de confianza, había saboteado el rescate. Dos años después de la muerte de Fidel, Ramiro confesó en su lecho de muerte, “Yo maté al Che y dejé que Fidel cargara con la culpa durante 49 años. La historia más cruel de la revolución cubana. En ese momento nadie en el mundo sabía que Ramiro Valdés, sentado en silencio en el funeral de Fidel Castro el 25 de noviembre de 2016 cargaba con el secreto más cruel de la revolución cubana.

 Mientras miles de cubanos lloraban la muerte del comandante en jefe, Ramiro miraba el ataúd alivio y culpa. Fidel había muerto sin saber la verdad. Durante 49 años, el líder de la revolución se había culpado a sí mismo por no haber podido salvar al Cheeguevara. Cada 9 de octubre, Fidel se despertaba con pesadillas. “Fallé como amigo”, le había dicho Ramiro en privado docenas de veces.

 No pude rescatarlo a tiempo. Y Ramiro, el hombre que Fidel consideraba su hermano de armas, simplemente asentía y lo consolaba. Pero lo que Fidel nunca supo, lo que se llevó a la tumba sin descubrir, era que su mejor amigo no había muerto por un error de coordinación o por la brutalidad del ejército boliviano.

 El Cheegevara había muerto porque Ramiro Valdés, el hombre de confianza de Fidel, había saboteado deliberadamente el rescate. Y durante medio siglo, Ramiro dejó que Fidel cargara con una culpa que no era suya. 2 años después del funeral de Fidel, el 4 de marzo de 2018, Ramiro Valdés yacía en una cama de hospital en La Habana.

 Tenía 85 años y el cáncer pulmonar estaba ganando la batalla. Su hijo Carlos Valdés, de 58 años, sostenía la mano arrugada de su padre mientras los monitores pitaban suavemente en el fondo. Carlos había crecido escuchando las historias heroicas de su padre, el hombre que luchó junto a Fidel en la Sierra Maestra, el comandante que ayudó a construir la revolución, el ministro del Interior que protegió a Cuba de sus enemigos.Che Guevara: la increíble historia de la primera estatua en su honor en el  mundo, que se levantó en Chile y lleva más de 50 años desaparecida - BBC  News Mundo

 Pero esa tarde de marzo, Ramiro tenía algo diferente que decir. “Hijo,” murmuró con voz débil. “Hay algo que nunca te conté, algo que me ha estado matando más que este cáncer.” Carlos se inclinó hacia adelante confundido. Su padre nunca había sido del tipo emocional. “¿Qué pasa, papá?” Ramiro cerró los ojos por un momento largo.

 Cuando los abrió, había lágrimas corriendo por sus mejillas arrugadas. Yo maté al Chegue Vara y dejé que Fidel se culpara durante 49 años. Para entender la magnitud de esa confesión, tenemos que volver atrás en el tiempo. 7 de octubre de 1967. La Habana, Cuba. El despacho privado de Fidel Castro en el Palacio de la Revolución estaba lleno de humo de cigarro y tensión.

 Fidel había recibido la noticia horas antes. Ernesto Che Guevara había sido capturado por el ejército boliviano en la región de la higuera. Estaba herido, débil, pero vivo. Fidel caminaba de un lado a otro de la habitación como un león enjaulado. Tenemos que sacarlo de allí, repetía una y otra vez. No importa el costo, el cheo puede caer en manos de la CIA.

 Ramiro Valdés estaba sentado en una esquina observando a Fidel con expresión impasible. Era el jefe de inteligencia cubano, el hombre que Fidel llamaba cuando necesitaba que las cosas se hicieran de manera efectiva y discreta. “Ramiro”, dijo Fidel finalmente, deteniéndose frente a él. “Necesito que organices un equipo de rescate.

 Los mejores hombres que tenemos, helicóptero, armas, lo que sea necesario. Tenemos máximo 48 horas antes de que los americanos lleguen allí.” Ramiro asintió lentamente. Sí, comandante, lo haré de inmediato. Fidel le puso una mano en el hombro, una gesto raro de afecto. El Che es mi hermano Ramiro.

 Es el hombre más puro de esta revolución. No puedo perderlo. Pero mientras Fidel hablaba con pasión sobre salvar a su amigo, algo oscuro se movía en el corazón de Ramiro Valdés, algo que había estado creciendo durante años. Desde aquellos días en la Sierra Maestra, cuando Fidel y el Che se volvieron inseparables, Ramiro había estado ahí desde el principio.

 Había luchado junto a Fidel antes de que el argentino llegara con sus ideas románticas sobre la revolución. Pero cuando el Che apareció en 1956, todo cambió. Fidel comenzó a hablar del Che como mi hermano, como el revolucionario perfecto, como el hombre que nunca se corromperá. Y Ramiro. Ramiro era el hombre práctico, el que hacía el trabajo sucio, el que ejecutaba las órdenes difíciles.

 Nunca recibió los elogios poéticos que Fidel reservaba para el Cheé. Y con el paso de los años, esa semilla de resentimiento había crecido hasta convertirse en algo más oscuro, envidia pura y destructiva. Esa misma noche del 7 de octubre, Ramiro Valdés hizo dos llamadas telefónicas. La primera fue oficial, llamó al comandante de operaciones especiales y le ordenó preparar un equipo de rescate.

“Necesitamos estar listos para partir a Bolivia en 36 horas”, dijo. Equipo completo. Esto viene directo del comandante en jefe. Era una orden real. Fidel lo había pedido y Ramiro la estaba ejecutando. Pero luego a las 11:47 de la tarde, Ramiro hizo una segunda llamada. Esta vez un teléfono privado en su oficina con la puerta cerrada, el número que marcó era De la Paz, Bolivia.

 La persona que contestó era Antonio Arguedas, el ministro del interior boliviano. Arguedas era un hombre complicado. Públicamente era un funcionario del gobierno boliviano que había ayudado a capturar al Che, pero secretamente tenía vínculos con Cuba. Ramiro lo había estado cultivando como contacto durante años.

 Antonio, dijo Ramiro en voz baja, escúchame con atención. Mañana por la tarde un telegrama llegará desde Estados Unidos. Es de la CIA. Las órdenes serán claras. Guevara debe ser capturado con vida para interrogatorio. ¿Entiendes? Al otro lado de la línea, Antonio respiró profundo. Sí, lo entiendo. Ramiro continuó. Necesito que ese telegrama se pierda durante algunas horas, tr 4 horas.

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