Posted in

Porfirio Díaz: La vida privada del hombre que se creía dueño de México

Nació lejos de aquella habitación francesa. Nació donde los hombres aprendían pronto que la tierra no regalaba nada. Oaxaca no era una postal bonita para turistas ni una palabra suave en la boca de los políticos. Oaxaca era piedra, polvo, mercado, campanas de iglesia, hambre disimulada y mujeres capaces de sostener una casa con una mano mientras con la otra espantaban la desgracia.

Porfirio fue niño antes de ser estatua. Y eso conviene recordarlo, porque a los personajes históricos se les suele mirar como si hubieran nacido ya viejos, ya duros, ya convertidos en bronce. Pero no. Alguna vez Porfirio Díaz fue un muchacho flaco, con los pies sucios, el orgullo despierto y una necesidad casi dolorosa de no ser pequeño.

Su padre murió cuando él era todavía niño. La muerte de un padre en una familia pobre no es solo una tristeza. Es una cuenta que llega sin avisar. Es la silla vacía, sí, pero también el pan que falta, el techo que se agrieta, la madre que envejece en una semana. Petrona, su madre, entendió enseguida que la vida no iba a tener delicadeza con sus hijos.

Porfirio la observaba trabajar.

No hablaba mucho.

Hay niños que lloran cuando el mundo se les cae encima. Otros callan y empiezan a construir una muralla por dentro. Porfirio fue de esos.

En su casa se aprendía algo sencillo y brutal: nadie iba a venir a salvarlos. Si querías subir, subías con uñas, dientes y una voluntad casi indecente. Y quizá ahí nació el primer secreto de Díaz: no quiso mandar por capricho al principio. Quiso mandar porque había conocido demasiado pronto el sabor de obedecer sin esperanza.

Lo mandaron al seminario. La idea era buena, incluso sensata. En aquel tiempo, para un muchacho pobre, la Iglesia podía ser puerta, techo, comida, respeto. La sotana prometía una salida limpia. Pero Porfirio llevaba dentro otro ruido. No era un alma hecha para quedarse quieta entre latines y rezos, aunque sabía rezar cuando convenía y callar cuando era necesario.

A mí siempre me ha parecido que algunos hombres no eligen su destino, sino que huyen de lo que más temen. Porfirio temía volver a ser nadie. Temía que la vida lo dejara arrinconado, como a tantos jóvenes pobres que envejecen sin que nadie pronuncie su nombre. Y cuando un hombre tiene ese miedo clavado, puede convertirse en trabajador incansable… o en tirano. A veces, tristemente, en ambas cosas.

La guerra le ofreció una salida.

No una salida bonita. La guerra nunca lo es. Quien la pinta demasiado heroica suele no haber olido la sangre. Pero para Porfirio fue una escalera. El uniforme le dio algo que la pobreza le negaba: forma, disciplina, rango, dirección. En el ejército descubrió que sabía obedecer para aprender a mandar. Y que en medio del caos podía mantener la cabeza fría.

Ese talento lo siguió toda la vida.

Mientras otros gritaban, él medía.

Mientras otros se emborrachaban de valentía, él calculaba.

Mientras otros confundían el arrojo con suicidio, él esperaba el momento exacto.

Fue soldado, luego oficial, luego figura. Peleó en tiempos en que México parecía desgarrarse una y otra vez, como si no supiera cerrar sus heridas. La Reforma. La intervención francesa. Los imperios ajenos intentando sentarse en una silla que no les pertenecía. Los liberales, los conservadores, los generales, los curas, los abogados, los campesinos llevados a pelear guerras que apenas entendían.

Porfirio aprendió ahí una idea que después sería el veneno de su gobierno: el orden vale más que la libertad cuando uno ha visto demasiado desorden.

Suena razonable, ¿verdad?

Read More