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10 novicios desaparecieron en el Pico de Orizaba — en 2022, uno volvió con marcas en la piel

10 novicios desaparecieron en el Pico de Orizaba — en 2022, uno volvió con marcas en la piel

En febrero de 2022, 10 novicios franciscanos desaparecieron durante un retiro espiritual en las faldas del pico de Orizaba. Las autoridades cerraron el caso por falta de evidencias, pero se meses después uno de ellos apareció en Puebla sin memoria, sin voz, con extrañas marcas quemadas en la piel. El viento sopla diferente en las alturas del Sitlal Tetl.

 Los antiguos decían que la montaña tenía memoria, que guardaba secretos en sus grietas de hielo y en sus bosques de pino, donde la niebla nunca se disipa del todo. En febrero de 2022, cuando 10 jóvenes novicios de la orden franciscana subieron hacia el refugio del convento de San Miguel Arcángel para un retiro de 40 días, nadie imaginó que la montaña reclamaría su silencio.

 El hermano superior, Fray Jerónimo Maldonado, había organizado aquel retiro como lo hacía cada año. Oración, ayuno, contemplación. Los 10 muchachos, todos entre 19 y 24 años, partieron con mochilas llenas de biblias, cuadernos y provisiones básicas. Llevaban túnicas marrones, cruces de madera al pecho y la ilusión intacta de servir a Dios.

 Pero algo salió mal. Ninguno regresó en la fecha prevista. Las llamadas no entraban. Los equipos de rescate encontraron el refugio vacío con las camas tendidas, la comida intacta y las túnicas colgadas en perfecto orden, como si los novicios hubieran planeado volver en cualquier momento.

 No había señales de lucha, no había sangre, no había cuerpos, solo silencio. El caso se enfrió rápido. Los medios hablaron de accidente en la montaña, de caída en una grieta, de hipotermia colectiva. Las familias lloraron sin tumbas. La iglesia guardó un luto discreto y cerró el convento indefinidamente hasta que una madrugada de agosto en una gasolinera de la carretera Puebla Orizaba, un joven descalso, demacrado y cubierto de mugre, fue encontrado deambulando entre los surtidores.

 tenía los ojos hundidos, la mirada perdida, y en su espalda, brazos y pecho llevaba grabadas unas marcas, símbolos geométricos perfectos como cicatrices, rituales. Era Mateo y Barra, uno de los 10 y no recordaba nada. Padre Ernesto Villarreal nunca quiso regresar a Orizaba. Había dejado la sotana hacía 5 años después de una crisis de fe que lo destrozó por dentro y lo alejó de todo lo que alguna vez consideró sagrado.

 Ahora vivía en Ciudad de México. Trabajaba como maestro de historia en una secundaria pública y evitaba cualquier conversación que tocara temas religiosos. Pero cuando su hermana Lucía lo llamó llorando, diciéndole que Mateo y Barra había aparecido y que lo estaban llevando al hospital general de Puebla, algo dentro de él se quebró.

 Mateo era su sobrino, el hijo de Lucía, el muchacho que Ernesto había visto crecer, al que le había enseñado a leer latín, con quien había compartido largas conversaciones sobre la existencia de Dios. Mateo había decidido entrar al seminario con apenas 19 años, lleno de fervor y pureza, y Ernesto había intentado disuadirlo. “El sacerdocio no es lo que parece”, le había dicho. Pero Mateo no escuchó.

Quería entregarse por completo y ahora estaba en una cama de hospital con los ojos vacíos y el cuerpo marcado como un lienzo maldito. Ernesto condujo durante 4 horas sin parar, con el nudo en el estómago apretándose cada kilómetro. Cuando llegó al hospital, Lucía estaba sentada en la sala de espera, con las manos entrelazadas y la cara hinchada de tanto llorar.

 Al verlo, se levantó de golpe y se lanzó a sus brazos. No habla, Ernesto. No dice nada. Solo me mira como si no me conociera. Ernesto la abrazó con fuerza sintiendo el temblor de su cuerpo. Lucía había envejecido 10 años en 6 meses. Tenía el cabello más gris, las ojeras profundas, la piel pálida. Los médicos que dicen que está desnutrido, deshidratado, que las marcas parecen quemaduras controladas hechas con algo caliente, tal vez metal, pero no saben más.

 Y la policía, la policía dice que no hay caso, que si no habla no pueden investigar. Ernesto apretó los puños. Conocía esa indiferencia institucional. La había visto antes cuando era sacerdote en comunidades olvidadas donde la justicia nunca llegaba. Déjame verlo. La habitación olía a desinfectante y a enfermedad. Mateo estaba acostado con la mirada fija en el techo.

 Tenía el rostro demacrado, los labios agrietados, el cabello largo y sucio. Pero lo que más impactó a Ernesto fueron las marcas. Recorrían sus brazos como un código indescifrable. Círculos concéntricos, líneas rectas, triángulos perfectos. Parecían símbolos antiguos, pero también algo más contemporáneo, más deliberado. Ernesto se acercó despacio y se sentó junto a la cama. Mateo, soy yo, tu tío Ernesto.

Nada, ni un parpadeo. Mateo, necesito que me escuches. Sé que estás ahí adentro. Sé que tienes miedo, pero estoy aquí para ayudarte. Los ojos de Mateo se movieron lentamente hacia él. Por un instante, Ernesto creyó ver un destello de reconocimiento, pero luego la mirada volvió a perderse en la nada.

 Ernesto sacó su teléfono y tomó fotografías de las marcas. Necesitaba entender qué significaban. Necesitaba respuestas. Esa noche, en el pequeño hotel donde se hospedó, Ernesto no pudo dormir. Revisó las fotos una y otra vez, buscando patrones. pensó en los otros nueve novicios. ¿Dónde estaban? Estaban vivos. ¿Qué le había pasado a Mateo en esos 6 meses? Y una pregunta más oscura, más perturbadora, comenzó a formarse en su mente, porque solo él había regresado.

 A las 3 de la madrugada recibió un mensaje de un número desconocido. Si quieres saber la verdad, ve al convento de San Miguel, pero ve solo y no confíes en nadie de la iglesia. Ernesto miró la pantalla con el corazón acelerado. ¿Quién era? ¿Cómo tenían su número? Pero en el fondo sabía que no tenía opción. tenía que subir a la montaña.

 El camino hacia el pico de Orizaba siempre había tenido algo ominoso, incluso en los días más brillantes. Ernesto lo recordaba de su juventud cuando aún era seminarista y subía con otros hermanos en peregrinaciones de sacrificio y fe. La carretera serpenteaba entre bosques densos de pino y oyamel, donde la luz del sol apenas penetraba y el aire se volvía más frío con cada curva.

 Los lugareños hablaban de apariciones, de luces extrañas en la noche, de viajeros que nunca regresaban. Ernesto había dejado de creer en esas historias hacía mucho tiempo, pero ahora, mientras conducía su viejo Tsuru por esa misma carretera, sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima. El convento de San Miguel Arcángel estaba a unos 12 km del pueblo más cercano, escondido en un claro entre montañas, como si quisiera pasar desapercibido ante el mundo.

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