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Niña desapareció en la playa, después de 18 años apareció en una transmisión

Yo vi el vídeo dos horas después.

Me llamo Elena Vargas y en 2006 era una periodista local con más ganas que experiencia. Cubría sucesos para un periódico de Cádiz, lo cual significa que escribía de todo: incendios pequeños, robos en bares, accidentes en la autovía, peleas de madrugada, denuncias vecinales y, de vez en cuando, tragedias que te cambiaban la forma de mirar a las familias en la playa.

La desaparición de Lucía Beltrán fue una de esas tragedias.

Aquel verano yo tenía veintiocho años. Creía que sabía algo de la vida porque ya había visto llorar a varias madres frente a una comisaría. Qué arrogancia. Una cree que el dolor ajeno, por verlo de cerca, se vuelve comprensible. No es verdad. Solo aprendes a quedarte quieta sin decir tonterías.

Lucía desapareció el 12 de julio de 2006 en la playa de La Barrosa, en Chiclana. Una playa enorme, luminosa, familiar. De esas en las que la gente se siente segura porque hay chiringuitos, duchas, socorristas, niños con cubos, abuelos bajo sombrillas y vendedores ambulantes ofreciendo pulseras.

La familia Beltrán había ido desde Sevilla para pasar el día. Ana, la madre. Javier, el padre. Marcos, el hermano mayor, de nueve años. Y Lucía, seis años recién cumplidos, una niña inquieta, habladora, muy de preguntar por qué hasta agotar a cualquiera.

Según la versión inicial, Lucía estaba jugando a pocos metros de la sombrilla. Ana preparaba bocadillos. Javier fue al chiringuito a comprar agua. Marcos construía un castillo de arena. En algún momento, Lucía dijo que iba a lavarse las manos a la ducha.

La ducha estaba a menos de veinte metros.

Veinte metros.

Eso fue lo que más destruyó a Ana después. La distancia ridícula. La distancia que todos los padres han permitido alguna vez sin sentirse malos padres.

Lucía no volvió.

Primero pensaron que se había entretenido. Luego que se había acercado a otra sombrilla. Después que caminó hacia la orilla. A los diez minutos, Ana ya corría gritando su nombre con la voz rota.

A los veinte, media playa la buscaba.

A los cuarenta, llegaron la policía y Protección Civil.

A las dos horas, su foto estaba en todas las redes locales, aunque entonces las redes no eran lo que son ahora. La gente llamaba por teléfono, pegaba carteles, preguntaba en hoteles, revisaba baños, coches, papeleras, pasarelas de madera. Se cerraron accesos. Se revisaron cámaras de tráfico. Un helicóptero sobrevoló la costa.

Nada.

Una niña no desaparece así, pensamos todos.

Pero sí.

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