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El niño no pidió comida ni limosna: entró temblando a la guarida del hombre más temido y soltó una frase que dejó mudos a todos los sicarios.

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—Véngame a mi padre, señor.

La voz del niño cortó el silencio de la sala como una navaja. No era un grito, ni siquiera una súplica. Era algo más frío, más peligroso: una petición nacida del dolor.

El pequeño Santiago, de apenas 10 años, estaba de rodillas sobre una alfombra persa que valía más que toda la cuadra donde había crecido. Su ropa era vieja, sus pies estaban sucios y su cuerpo flaco temblaba, pero no de miedo. Temblaba de rabia.

Frente a él, sentado como un rey en su propia finca, Pablo Escobar lo miraba sin decir nada. A su alrededor estaban sus hombres de confianza, sicarios acostumbrados a ver adultos llorar, rogar, traicionar y morir. Pero ninguno sabía qué hacer con un niño que llegaba hasta la guarida del hombre más temido de Colombia para pedir venganza.

Popelle movió apenas la mano hacia su arma. La Quica dejó de limpiar su pistola. Los demás esperaron una orden.

Pero Escobar no dio ninguna.

Solo bajó lentamente su vaso de whisky y observó al niño con atención. Vio los pantalones rotos, la camisa gastada, los pies descalzos. Pero también vio otra cosa: una espalda recta, una mirada encendida, un odio demasiado grande para un cuerpo tan pequeño.

—Un hombre que decía ser suyo lo mató —dijo Santiago, alzando la voz con esfuerzo—. Le decían Cienpies. Mató a mi papá. Yo le pido justicia, patrón. Véngame a mi padre.

El nombre no significaba nada para los hombres de Escobar. Cienpies era, seguramente, un don nadie. Un perro de esquina usando el nombre del patrón para cobrar extorsiones por su cuenta.

Eso, en su mundo, era una falta de respeto.

Y la falta de respeto se pagaba caro.

Escobar se inclinó hacia adelante. La sala entera pareció quedarse sin aire. Luego hizo una pregunta que nadie esperaba.

—¿Y qué pasa si te digo que no?

Los sicarios se miraron confundidos. No entendían por qué el patrón jugaba con el niño. Bastaba con mandar a buscar a Cienpies, matarlo y tirar su cuerpo a cualquier río.

Pero Escobar no estaba pensando en Cienpies.

Estaba mirando el alma de Santiago.

El niño levantó la cabeza. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero debajo de ellas ardía una brasa.

—No sé, señor —respondió—. Todavía no sé.

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