Posted in

La escena prohibida de María Félix que Hollywood hizo desaparecer

Cada 6 meses llegaba una carta, una llamada, un emisario con un contrato y una sonrisa. “Señorita Félix”, le decían. Hollywood la quiere. Tenemos el papel perfecto para usted. Y cada se meses María leía el guion y lo tiraba a la basura porque el papel perfecto siempre era el mismo. La amante mexicana, la seductora exótica, la mujer peligrosa con acento que seducía al protagonista blanco y moría en el tercer acto.

Lupita, su asistente de toda la vida, recordaría años después como María reaccionaba a cada oferta. Mira esto, Lupita. decía aventando el guion sobre la mesa. ¿Quieren que sea la criada que seduce al patrón o la bandida que muere por el gringo o la bruja del pueblo que todos temen? Siempre la misma basura con diferente título.

Lupita recogía el guion y lo leía. A veces le decía, “Pero doña María, este paga muy bien. Podrían ser $200,000.” María la miraba con esos ojos que podían derretir acero. ¿Sabes cuánto vale mi dignidad, Lupita? Más que todo Hollywood junto. No voy a cruzar la frontera para que me reduzcan a un estereotipo con labios pintados.

Si me quieren, que me escriban un papel de ser humano, no de caricatura. Pero en septiembre de 1950, algo diferente llegó a manos de María. No fue una carta del estudio ni un agente con sonrisa falsa. Fue un guion enviado directamente por un director sin intermediarios, sin sellos corporativos. Él sobredecía simplemente para María Félix, la única actriz del mundo que puede hacer este papel.

El director se llamaba Robert Rosen. Era un hombre complicado, brillante y autodestructivo a partes iguales. Había dirigido cuerpo y alma y estaba por filmar el político, la película que le ganaría el Óscar y que retrataba con visturí la corrupción del poder americano. Rosen era un hombre que odiaba las mentiras de Hollywood, tanto como María las odiaba.

Había sido citado ante el Comité de Actividades antiamericanas por sus simpatías comunistas. Su carrera pendía de un hilo y en medio de ese caos personal había escrito un guion que solo una actriz podía protagonizar. El guion se llamaba de Mirror, el espejo. María lo leyó en una noche. Cuando terminó eran las 4 de la mañana.

Lupita la encontró sentada en su sala con el manuscrito sobre las piernas y lágrimas en los ojos. Doña María, ¿qué pasa? ¿Está bien? Encontré mi película. Lupita, después de 10 años de basura, alguien en Hollywood finalmente escribió la verdad. El guion era devastador. La historia seguía a una actriz mexicana que llega a Hollywood con la promesa de un gran papel.

El estudio la recibe con alfombra roja, la instala en una mansión, le asigna un coach de dicción para suavizar su acento. Todo parece perfecto hasta que la actriz descubre la verdad. El papel que le prometieron ha sido reescrito. Ya no es la protagonista fuerte e inteligente del guion original. Ahora es la amante exótica, la tentación latina, el objeto decorativo con curvas y sin cerebro.

Y cuando confronta al jefe del estudio, cuando le dice que eso es una mentira, que las mujeres mexicanas no son objetos ni estereotipos, el jefe le dice con toda frialdad, “Querida, en Hollywood tú eres lo que nosotros decidimos que seas.” El guion era ficción, pero todos sabrían que era real.

Era la historia de cada actriz latina que había cruzado la frontera con sueños y regresado con cicatrices. Era la historia de Dolores del Río, de Lupe Vélez, de Ritaw, que tuvo que cambiar su nombre de Margarita Cancino y teñirse el pelo para que Hollywood la aceptara. Era la historia de todas. María llamó a Rosen esa misma mañana.

La línea cruzó la frontera con estática. Señor Rosen, leí su guion. Rosen no era hombre de formalidades. Y María hizo una pausa. Es lo más honesto que he leído en mi vida. Nadie en Hollywood ha tenido el valor de escribir esto. Entonces lo harás. Fue más afirmación que pregunta. Lo haré, respondió María, pero con una condición. No cambiarán una sola línea.

No suavizarán nada. No harán que mi personaje sonría al final para que el público se sienta cómodo. Si hacemos esto, ¿lo hacemos con la verdad completa o no lo hacemos? Rosen río al otro lado de la línea. Una risa áspera de fumador. Por eso te elegí a ti, María. Eres la única actriz que pone condiciones antes que contratos.

Hay otra razón, dijo María. ¿Cuál? Porque sé que usted también tiene algo que perder. Un hombre que no tiene nada que perder no escribe con esta honestidad. Rosencaló un momento, luego habló despacio. Me van a destruir por esta película. A ti también probablemente. Está dispuesta. Señor Rosen, llevo 36 años siendo indestructible.

No voy a empezar a tener miedo ahora. Rosson Colgo. María miró a Lupita. Prepara las maletas. Nos vamos a Hollywood. Pero doña María y sus compromisos aquí, las películas con Emilio, todo puede esperar. Esto no puede. Lupita conocía esa mirada, la misma mirada que había visto cuando María dejó a su primer marido, cuando rechazó a Hollywood la primera vez, cuando se paró frente a un presidente y le dijo sus verdades.

Era la mirada de una mujer que ya había tomado una decisión y nada en el universo la haría cambiarla. Noviembre de 1950. María Félix llegó a Los Ángeles en un vuelo de Panamerican. En el aeropuerto la esperaba un auto negro del estudio y un joven asistente de producción que no dejaba de sudar. Señorita Felix, bienvenida a Hollywood.

El señor Coun le envía sus saludos y le ha preparado una suite en el Beverly Hills Hotel. María lo miró de arriba a abajo. Dile al señor Coún que agradezco la suite, pero que no necesito su bienvenida. Necesito un guion intacto y un set donde trabajar. El asistente tragó saliva. Sí, señorita, por supuesto.

El Beverly Hills Hotel era un palacio rosa en Sunset Boulevard, donde se alojaban las estrellas más grandes del mundo. A María le dieron la suite 241, la misma donde Marlene Dietrich se había quedado dos meses antes. Cuando entró, encontró un arreglo floral enorme con una tarjeta. Bienvenida a su nuevo hogar, Conorino Harry Con Columbia Pictures.

María leyó la tarjeta, la arrugó y la tiró al bote de basura. No me gusta que me regalen flores hombres que no conozco le dijo a Lupita. Cuella trampa. Lupita acomodó las maletas. María caminó hacia la ventana. Desde el piso cuatro se veía la ciudad entera, los estudios, las palmeras, las luces que empezaban a encenderse con el atardecer.

Read More