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Esta mujer revela lo que nadie sabía de Raúl Velasco

 Una prima, que trabajaba en Televisa, me dijo que andaban buscando asistente para el programa más importante del país. No me dijo todos los detalles, solo que era con alguien muy exigente. Me citaron en las oficinas de Televisa San Ángel. Recuerdo el olor a café recién hecho mezclado con el aroma de los estudios, esa mezcla rara de maquillaje, cables calientes y ambición.

Me entrevistó un señor de traje gris que hablaba poco y anotaba todo. Me preguntó si sabía guardar secretos, si tenía problemas con horarios nocturnos, si me asustaba la presión. Le contesté la verdad que lo único que me asustaba era no poder mantener a mis hijos. Al final me miró fijo y me dijo, “Vas a trabajar para alguien muy importante.

 Aquí lo más valioso no es que trabajes rápido, es que sepas cuando no viste nada. Asent en tií, un asistente de producción se contrata tanto por las manos como por la boca cerrada. Eso lo aprendí desde el primer día. El primer día lo vi entrar al estudio. Caminaba con esa seguridad que solo da el poder real, saludando apenas, sin aspavientos.

 Traía traje impecable, corbata perfecta, todo controlado. Me extendió la mano como si fuera un trámite más. Patricia me dijo, “Mucho gusto, señor Velasco.” Respondí, “Señor Velasco, me llama la gente de fuera. Aquí soy Raúl.” Asentí. Aunque por dentro sabía que nunca le diría solo Raúl, había una distancia que él mismo construía, aunque dijera lo contrario.

Los primeros meses fueron rutina pura. Yo coordinaba llamadas, organizaba listas de invitados, verificaba horarios de ensayos, me aseguraba de que todo fluyera sin interrupciones. Siempre en domingo era una maquinaria enorme y yo era un engrane pequeño, pero necesario. Raúl era exigente.

 Eso sí, si algo salía mal lo sabías de inmediato. No gritaba. Eso se hubiera sido más fácil. Te miraba con esa expresión de decepción que te hacía sentir peor que cualquier regaño, pero también era justo. Cuando trabajabas bien, lo reconocía. Una vez que mi hijo menor se enfermó y tuve que faltar, él personalmente se aseguró de que el seguro cubriera todo.

“La familia es primero, Patricia”, me dijo. “Pero cuando regreses, necesito que estés al 100.” Así era él, generoso cuando debía hacerlo, pero siempre con la expectativa clara de lealtad absoluta. Por eso, cuando empezaron las cosas raras, me dolió más, porque yo ya lo respetaba y no quería pensar que pudiera estar metido en algo turbio.

 Las cosas raras empezaron como a los se meses de estar trabajando con él. Un jueves por la tarde, después de una grabación larga, me pidió que me quedara más tiempo de lo normal. Patricia, necesito que esta noche te quedes hasta tarde. Van a venir unas personas y prefiero que tú atiendas la entrada. No era raro quedarme tarde, pero sí era raro que me lo pidiera con ese tono.

Serio, casi incómodo. Espera visitas importantes, señor Raúl., pregunté tratando de sonar casual. Digamos que sí, respondió sin mirarme a los ojos. Pero en la bitácora, no anotes nada. cuando se vayan como si no hubieran estado. Sentí un escalofrío. En televisión uno aprende que cuando te pide no anotar algo es porque ese algo no debe existir oficialmente.

Esa noche, cerca de las 10 llegaron tres hombres. No venían vestidos como ejecutivos de televisión ni como artistas. Traían trajes oscuros, pero no de los elegantes que usan los productores. Eran trajes funcionales sin personalidad. Uno de ellos traía un portafolio de piel gastada. “Los recibí en la recepción de las oficinas.

 Venimos con el señor Velasco”, dijo el más alto sin dar nombres. Los acompañé por el pasillo hasta su oficina privada. Toqué la puerta, la abrí apenas y anuncié, “Señor Raúl, llegaron sus visitas.” Él estaba de pie junto a la ventana, mirando hacia los estudios iluminados. Se volteó, asintió y me dijo, “Gracias, Patricia.

 Puedes retirarte al área de espera. Si necesito algo, te llamo. Me retiré, pero la puerta quedó entreabierta. No fue mi intención espiar, pero desde donde me senté alcanzaba a escuchar fragmentos de la conversación, no palabras completas, pero sí tonos. La voz de Raúl sonaba tensa, no como cuando hablaba con patrocinadores o artistas.

 Los otros hablaban más bajo, uno de ellos con acento norteño marcado. En un momento escuché claro, no podemos seguir moviéndolo de ciudad en ciudad. Ya llamaron demasiada atención. Y luego la voz de Raúl firme. Pues entonces aquí se queda bajo mi responsabilidad. En el programa nadie pregunta si yo digo que alguien se presenta.

 Sentí que el estómago se me revolvía. ¿De quién hablaban? ¿Qué significaba eso de moverlo de ciudad en ciudad? La reunión duró casi una hora. Cuando salieron, los tres hombres pasaron frente a mí sin mirarme. El del portafolio lo traía más abultado que cuando llegó. Raúl salió detrás de ellos, los acompañó hasta la salida y regresó a su oficina.

 Yo me quedé sentada fingiendo revisar papeles. Al rato salió, se me acercó y me dijo con una calma que no le conocía. Patricia, lo de hoy no pasó. Entendido. Entendido, señor Raúl. No te estoy pidiendo que mientas, agregó. Te estoy pidiendo que olvides, es distinto. No supe que responder. Él se fue a su casa y yo me quedé ahí un rato más pensando en qué estaba metido y por qué necesitaba que yo lo encubriera.

 Esa noche no dormí bien. Cada vez que cerraba los ojos veía el portafolio abultado. Escuchaba la frase bajo mi responsabilidad y me preguntaba si mi trabajo valía tanto como para hacerme cómplice de algo que no entendía. A la mañana siguiente, todo volvió a ser normal. ensayos, llamadas, coordinación de invitados, risas en el estudio como si nada hubiera pasado.

 Pero yo ya sabía que detrás de las cámaras había otra realidad, una que no salía al aire, una que Raúl Velasco manejaba con el mismo control el que dirigía su programa y yo, sin quererlo ya estaba dentro. Después de aquella noche con los tres hombres del portafolio, intenté convencerme de que había sido algo aislado, tal vez un favor personal, un asunto de negocios privado, algo que no era de mi incumbencia, pero la vida tiene esa manía de no dejarte en paz cuando ya viste demasiado.

 Pasaron dos semanas y todo parecía normal. Los ensayos del programa seguían su ritmo. Los artistas iban y venían. Raúl seguía siendo el mismo hombre meticuloso de siempre. Yo cumplía con mis tareas sin hacer preguntas, hasta que un lunes por la mañana llegó al estudio un cantante que yo no tenía registrado en ninguna lista. Me extrañó porque yo llevaba el control de todos los invitados.

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