Posted in

¡Doña Sofía DESTAPA los OSCUROS SECRETOS del REY JUAN CARLOS I le ocultaba!

Se expresaba en francés y griego con absoluta soltura. y terminaría dominando el castellano tras establecer su residencia en la península ibérica. Reunía, en definitiva, absolutamente todos los atributos que se requerían en la década de los 60 para que una princesa fuera considerada como la opción más deslumbrante de cara a un matrimonio de conveniencia dinástica.

El inconveniente radicaba en que las uniones de índole real no se rigen por esos parámetros. El enamoramiento y la afinidad personal jamás figuran entre los requisitos de elección. Los verdaderos factores a tener en cuenta son la pureza del linaje, las creencias religiosas, la procedencia nacional y el alcance político que pueda tener el enlace.

Y en la situación particular de Sofía, todas las variables señalaban un mismo camino. Era imperativo contraer nupsias con un individuo capaz de apuntalar la situación de la monarquía Elena, la cual atravesaba un momento de gran fragilidad desde la conclusión del conflicto mundial y que a su vez asegurara para la princesa un porvenir que la corona griega, continuamente asediada por su propia población, era incapaz de garantizarle por sí sola.

Durante el periodo estival del año 1954, la reina Federica planificó una travesía marítima a bordo de la embarcación a Gamenón, surcando las islas de Grecia con un propósito que todas las esferas de la realeza continental conocían al dedillo. La finalidad era facilitar que los más de un centenar de jóvenes pertenecientes a las diversas cortes europeas que acudieron como invitados tuvieran la ocasión de interactuar entre ellos.

Consistía, hablando en plata, en un inmenso mercado nupsial diseñado exclusivamente para linajes coronados. En aquel momento, Sofía contaba con 15 años. Fue durante ese viaje donde coincidió por primera vez con Juan Carlos de Borbón, de 16 años de edad, y también con Harald, quien ostentaba el título de príncipe heredero del trono noruego. Sofía quedó prendada de Harald.

Él representaba el prospecto idóneo desde cualquier perspectiva romántica. Poseía un gran atractivo físico, compartían la misma franja de edad y podían comunicarse perfectamente utilizando el idioma inglés. Además, era integrante de una casa real nórdica, cuya posición resultaba mucho más sólida que la de la realeza griega.

El verdadero obstáculo residía en que el corazón de Harald ya tenía dueña. Se trataba de Sonja Haralsen, una plebella de origen noruego, carente de cualquier distinción nobiliaria con la que terminaría pasando por el altar en 1968 tras afrontar años de férrea oposición por parte de los círculos de la corte nórdica.

Según relatan diversos cronistas e historiadores, Harald utilizó el acercamiento con la princesa Sofía como una cortina de humo para enmascarar ante sus progenitores el genuino interés que sentía por Sonja. De esta forma, Sofía experimentó su primera gran decepción amorosa antes siquiera de alcanzar los 16 años.

Por su lado, Juan Carlos mantenía sus propios intereses sentimentales antes de que la maquinaria estratégica de ambas casas reales los forzara a converger en un mismo camino. Él suspiraba por María Gabriela de Saboya, descendiente del soberano que clausuró la monarquía en Italia, Humberto Segund. Ella era una dama que, gracias a su atractivo, su intelecto y su fuerte temperamento, encajaba a la perfección con lo que el príncipe de España aseguraba desear.

Muchos años más tarde, en el transcurso de una charla que corrió como la pólvora por los salones monárquicos de toda Europa, Juan Carlos le confesó a un profesional de la información una oración que sintetiza de una forma casi cruel lo que supuso su unión matrimonial con Sofía. manifestó que en realidad tendría que haberse desposado con María Gabriela, pero que lamentablemente ella no representaba la alternativa adecuada, analizando la situación desde un prisma estrictamente sucesorio y dinástico.

Ella era la descendiente de un monarca desterrado y desprovisto de nación, circunstancia que le otorgaba un pedigrí intachable, pero que la despojaba de cualquier utilidad en el plano político para lograr la ansada restauración de la corona en España. Sofía, por el contrario, era la primogénica de un jefe de estado en pleno ejercicio de sus funciones, un hecho que transformaba el enlace en una maniobra de altísimo nivel estratégico.

Esa alianza fortalecía el prestigio internacional de la rama borbónica española. tejía lazos fundamentales con el entramado de las casas reinantes en Europa, cuyo apoyo sería vital durante la etapa de transición, y le entregaba a Juan Carlos a una compañera que comprendía el funcionamiento interno de las realezas a la perfección.

Juan Carlos contrajo matrimonio con Sofía, careciendo de sentimientos de amor hacia ella. Esa es la cruda realidad que subyace a lo largo de toda la crónica que expone este relato. No existía romance la víspera de la petición oficial de manos celebrada en la Usana. Durante el mes de enero de 1961, el entonces príncipe llegó desde Roma, ciudad en la que había mantenido encuentros con su expareja, Olguina de Robilant.

Según confesaría la propia Olguina en las páginas de su obra literaria, él incluso llegó a mostrarle la sortija de compromiso que en apenas unas horas colocaría en el dedo de Sofía. De acuerdo con lo escrito por Olguina, ambos, arrastrados por la pasión del momento, abordaron un vehículo que los condujo a un hostal, escenario en el que Juan Carlos sacó a relucir la joya matrimonial que protagonizaría la cena de gala familiar.

organizada al día siguiente para formalizar el compromiso con la heredera griega. Tampoco había rastro de verdadero amor el 14 de mayo del año 1962, fecha en la que se ofició el enlace matrimonial en la ciudad de Atenas, mediante un acto por partida doble que conjugó los ritos católico y ortodoxo, un evento que estuvo a un paso de cancelarse por los profundos desencuentros teológicos surgidos entre la Santa Sede y el Patriarcado de Constantinopla y que logró materializarse exclusiva por la mediación directa del sumo pontífice Juan 23.

Sofía tenía pleno conocimiento de que Juan Carlos no caminaba hacia el altar impulsado por el amor. Era perfectamente sabedora de que ella representaba una opción secundaria para él, del mismo modo que él constituía una tercera o cuarta alternativa en su corazón. Sin embargo, la rígida instrucción que se le había inculcado, la cual era propia de una dama de la realeza continental de posguerra, estaba diseñada milimétricamente para ese escenario, para priorizar la obligación institucional por encima de los dictados

del corazón, para subordinar a la persona frente a la corona y para anteponer el peso del trono a cualquier anhelo individual. Su madre, la reina Federica, poseedora de una voluntad inquebrantable que ejerció sobre su descendencia un control que muchos biógrafos han catalogado como asfixiante, le había dejado claro que ostentar la corona implica vocación de servicio y que dichas obligaciones deben acatarse sin importar si resultan agradables o no.

En este sentido, la etapa formativa de Sofía en la institución germana de Schlos Salem, ubicada en la zona meridional de Alemania, requiere una atención particular, dado que cimentó rasgos fundamentales de su forma de ser. En aquella época, el internado de Salem gozaba de la misma reputación que mantiene en la actualidad, erigirse como uno de los espacios educativos de mayor rigor y prestigio del continente europeo, destinado a acoger a los vástagos de las familias coronadas y de la élite aristocrática, constituido en 1920 sobre las ruinas de

Read More