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Granjero viudo encuentra a una joven virgen ENROLLADA en una anaconda gigante… hasta que…

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 El sol apenas asomaba por el horizonte cuando vi mi sombra por primera vez en tres meses sin mirarme en un espejo. Era larga. flaca y un poco torcida, igual que yo. Se extendía por la tierra polvorienta de la hacienda aquí, cerca del arroyo seco, allá en los confines de Oaxaca. El calor ya empezaba a pesarme en la espalda, aunque era temprano.

 El ganado estaba apiñado bajo los pocos árboles que aún estaban verdes. La sequía había pintado todo de amarillo y marrón. Habían pasado 5 años desde que María se fue. 5 años de despertarme solo en esta casa de tres recámaras donde solo uso una. Las otras dos permanecen cerradas acumulando polvo y recuerdos. A veces creo que ella dejó su aroma pegado a las paredes, pero sé que es solo mi imaginación.

 El café estaba frío en la taza, siempre lo está, porque siempre me olvido de beberlo mientras estoy aquí parado en el porche viendo comenzar el día. Los grillos todavía chirreaban suavemente tercos, luchando contra el calor que se avecinaba. Agarré mi sombrero y caminé hacia el corral. Las vacas me miraron con esa cara de alguien esperando comida, pero no se movieron.

 Los animales saben cuando una persona no tiene ganas de hablar y yo seguro que no. La cerca del potrero trasero necesitaba reparación desde hacía semanas. Siempre encontraba una excusa para posponerlo. Lo arreglaré mañana, la semana que viene, cuando pase esta ola de calor. Mentiras. La verdad es que no tenía prisa por nada.

 El tiempo aquí se estiraba como dulce de leche viejo. Caminé hacia el arroyo que atraviesa la hacienda. El agua estaba baja, fluyendo lentamente, casi deteniéndose. Las rocas en el fondo eran todas visibles, cubiertas de limo verde. Me senté a la sombra de un árbol y me quité el sombrero. El viento sopló en mi cara cálido, trayendo el aroma de hierba seca y tierra agrietada.

 Fue entonces cuando escuché el ruido. No era un sonido de animal ni el viento. Era diferente, como si alguien estuviera caminando en el monte rompiendo ramas secas. Dejé de respirar y escuché con más atención. Nada, solo el arroyo fluyendo suavemente y el zumbido de una mosca cerca de mi oreja. Pensé, debe ser un venado, pero algo en mi pecho me dijo que no lo era.

Me levanté lentamente, me puse el sombrero y caminé hacia el ruido. El monte aquí es denso, lleno de espinas y enredaderas. Tuve que apartar ramas para pasar. El sol estaba más alto ahora y el sudor comenzó a correr por mi espalda. Me detuve de nuevo. Silencio total. Fue entonces cuando lo vi.

 Una huella en el barro seco cerca de la orilla del arroyo. Una huella humana, descalza, pequeña, de mujer. Mi corazón dio un vuelco. No había visto a nadie por aquí en años, además del gasero Don Beto, que viene una vez al mes y el veterinario cuando lo necesito. La hacienda está lejos de la carretera principal, al final de un camino de terracería que casi nadie conoce.

 Miré alrededor más huellas venían del monte y seguían a lo largo de la orilla del arroyo tambaleándose. Quien quiera que caminara aquí no estaba bien. Se notaba por las huellas torcidas, las marcas demasiado profundas, como si la persona se estuviera tropezando. Seguí las huellas corriente arriba lentamente tratando de no hacer ruido.

 El monte se hizo más denso con cada paso. Las ramas me arañaron el brazo, las espinas me picaron la camisa, pero seguí adelante y al doblar una curva en el arroyo, lo escuché. Un gemido bajo de dolor. La sangre se heló en mis venas. Alguien estaba allí herido necesitando ayuda. No lo pensé dos veces. Aparté las ramas con más fuerza y corrí hacia el sonido.

 Lo que vi me hizo detenerme en seco, mi corazón latiendo como un tambor en una quermés. Una joven estaba sentada junto al arroyo con los pies en el agua, flaca, joven. No debía tener más de 20 años. Su cabello castaño pegado a su rostro sudoroso, su ropa, un sencillo vestido azul descolorido, todo roto y sucio. Sus pies estaban sangrando.

 Pero eso no fue lo que me hizo quedarme allí como una estatua. Era la forma en que sostenía su vientre, su vientre hinchado, redondo, como si alguien estuviera esperando un bebé. Y por los gemidos bajos que salían de su boca, el bebé tenía prisa por llegar. Señorita llamé suavemente sin moverme. ¿Está usted bien? Ella volvió su rostro hacia mí, sus ojos muy abiertos, llenos de miedo y dolor.

 Por un segundo pensé que iba a intentar correr, pero entonces otro gemido vino más fuerte y ella se dobló apretando su vientre con ambas manos. Por favor, dijo su voz débil como una hoja seca, ayúdame. Y ahí es cuando todo cambió. Los 5co años de soledad, el silencio de la casa vacía, la rutina sin sentido, todo se hizo polvo, porque allí, junto al arroyo, había alguien que me necesitaba más de lo que yo necesitaba mi dolor.

 Sin pensar me quité el sombrero y caminé lentamente hacia ella. Con calma. dije tratando de mantener mi voz firme. Voy a ayudarla. Me acerqué a ella lentamente, como acercándome a un pájaro herido. Cualquier movimiento repentino y ella podría intentar correr, incluso en el estado en que se encontraba. Sus ojos me siguieron desconfiados, pero también llenos de una esperanza que dolía ver.

 ¿Cómo se llama?, pregunté agachándome a unos 2 metros de distancia. Luz. respondió entre gemidos. Pero todos me dicen Lucy, Lucy, soy Juan. Vivo aquí cerca en esa hacienda. Señalé hacia la casa, aunque sabía que ella no podía verla por el monte. ¿Cuánto tiempo lleva sintiendo estos dolores? Ella cerró los ojos con fuerza y se dobló de nuevo.

 Conté los segundos, casi un minuto completo de contracción. Cuando pasó, estaba aún más pálida. Desde ayer en la mañana, susurró, pero se ha puesto mucho peor ahora, desde temprano esta mañana, Dios mío, casi 24 horas de labor de parto sola en el monte. ¿Cómo sigue viva esta muchacha? Lucy, escuche con atención lo que le voy a decir.

 Traté de mantener mi voz tranquila, pero mi corazón latía con fuerza. Ese bebé viene pronto. No puede quedarse aquí junto al arroyo. Necesito llevarla a mi casa. No! Dijo rápidamente, sacudiendo la cabeza. No puedo ir a ningún lado. Me van a encontrar. ¿Quién la va a encontrar? Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no respondió.

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