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¿Cómo un niño humillado de Tampico creó la dinastía más obscena de México?

¿Cómo un niño humillado de Tampico creó la dinastía más obscena de México? Descubre la historia secreta detrás del líder petrolero que financió Ferraris dorados y joyas Cartier con la sangre de sus obreros, y la gélida frase con la que sepultó la tragedia de Reynosa desde la impunidad.

Romero Deschamps: El SAQUEADOR de los Petroleros… Su IMPERIO de Lujos và Corrupción.

18 de septiembre de 2012. Reinosa, Tamaulipas. Una columna de humo negro se traga el cielo sobre el centro receptor de gas y condensados de Pemex. Dentro el fuego corre por tuberías, válvulas y estructuras metálicas como si conociera de memoria el camino. En cuestión de minutos, 30 trabajadores y contratistas quedan muertos.

 Otros 46 salen con quemaduras. con los pulmones destrozados, con la vida partida para siempre. Afuera, detrás de las tomas cintas de seguridad, hay esposas llorando, hijos preguntando por qué su padre no sale, compañeros cubiertos de ollin mirando el infierno sin poder hacer nada. Y mientras México todavía huele a gas, carne quemada y metal fundido, a miles de kilómetros de ahí otro ruido atraviesa la noche.

No es una sirena, no es un llanto, es el rugido de un Ferrari 458 Spider Dorado, recorriendo Montecarlo. conduce, según reportes difundidos en esos años, un hijo del hombre que durante décadas controló el sindicato petrolero más poderoso del país. El dorado del auto brilla como una burla. Solo la pintura costaba lo suficiente para comprar equipo de protección para hombres que en Reinosa trabajaban con la muerte respirándoles en la nuca.

 Ese contraste no fue casualidad, fue el retrato perfecto de una época. De un lado, obreros entrando a plantas oxidadas con salarios que apenas alcanzaban para sobrevivir. Del otro, una familia viajando en jets privados, comprando brazaletes, cartier, escondiendo propiedades y paseando el exceso como si el dinero naciera del aire.

 En medio de esos dos mundos hay un solo nombre, Carlos Romero de Shamps. Hoy vas a descubrir cuatro cosas. Primero, como un muchacho salido de la pobreza más humillante convirtió el hambre en una obsesión por el poder. Segundo, la traición que lo llevó a destronar a la quina y a sentarse sobre el imperio sindical de Pemex. Tercero, el mecanismo que desvió miles de millones mientras sus hijos exhibían lujos insultantes.

Y cuarto, la frase más fría de todas, la que pronunció cuando los trabajadores ya estaban muertos y que explica mejor que cualquier expediente quién era en realidad. Pero antes de llegar a Reyosa, al Ferrari y al derrumbe final, hay que retroceder en el tiempo, porque los monstruos del sistema no nacen en la cima, se fabrican.

 Todo monstruo tiene un origen. Ningún hombre nace convertido en símbolo de impunidad. Antes del fuero, antes de los trajes caros, antes de los escoltas, antes de los Ferraris, hubo un niño. Un niño nacido el 17 de enero de 1944 en Tampico, Tamaulipas, en un México donde el petróleo ya era promesa de grandeza nacional, pero también semilla de nuevas desigualdades.

Su nombre era Carlos Antonio Romero de Shamps y mucho antes de que lo llamaran líder, senador o dueño en las sombras del sindicato, conoció una humillación que nunca se le borró de la piel. Tampico, en los años 40 no era una apostal, era calor pegado a los huesos, calles ásperas, olor a sal, sudor y combustible, hombres que trabajaban hasta romperse la espalda, mujeres haciendo milagros con casi nada.

 Su madre, Clementina de Shams sostenía la casa como podían hacerlo las mujeres pobres de aquella época, en silencio, estirando monedas, remendando ropa, convirtiendo la necesidad en rutina. Su padre, José Romero García, cargaba consigo una historia más dura, más violenta, más vieja que cualquier discurso sindical.

Venía de un México bronco, de guerra, de machete, de hombres que aprendieron a sobrevivir antes que a sentir. Después de aquella vida áspera, terminó como trabajador del petróleo y del ferrocarril, peleando por mantener una familia que siempre parecía vivir a un paso del abismo. Ahora imagina eso. Una casa de madera mal armada, techo de lámina oxidada, el sol del Golfo cayendo como castigo, la vergüenza de no tener, la vergüenza de pedir, la vergüenza de mirar a otros niños y saber que ellos sí comen duermen mejor. Hay pobrezas que no solo

vacían el estómago, también deforman el alma. Y la de Carlos empezó a deformarse muy pronto. Hizo de todo, mandados. Cargas, trabajos menores, ventas callejeras, favores mal pagados. Aprendió desde niño que en México el cansancio no garantiza dignidad, que uno puede trabajar todo el día y seguir siendo nadie al anochecer.

 También aprendió otra cosa. La gente no perdona la diferencia. Su piel clara y su sensibilidad al sol lo volvían blanco fácil de burlas. Le decían el gerero guacamaya. Parece un apodo menor, casi ridículo, pero los apodos que se repiten durante años dejan de ser chiste, se convierten en herida y las heridas cuando no cicatrizan, buscan poder.

Porque eso fue lo que empezó a crecer dentro de él. No solo ambición, hambre, una forma más oscura. No quería dinero para vivir mejor. Quería dinero para no volver a sentirse pequeño. No quería respeto ganado. Quería obediencia. No quería escapar de la pobreza, solamente quería vengarse de ella. Quizá tú también has conocido a alguien así.

Personas que no suben para construir algo, sino para aplastar todo lo que les recuerda de dónde salieron. En 1961, con apenas 17 años encontró el primer camino. Entró al PRI, no por ideología, no por vocación pública. Entró porque entendió algo antes que muchos adultos. En México el poder no siempre se gana trabajando más.

A veces se gana acercándose al hombre correcto, sonriendo en el momento exacto, diciendo lo que el sistema quiere escuchar. 8 años después, en 1969, llegó la puerta decisiva. Pemex no entró como técnico brillante ni como especialista respetado. Entró desde abajo por recomendación, como entran tantos a los lugares donde luego otros terminan mandando.

 y allí descubrió el verdadero corazón del poder. No estaba solo en la empresa, estaba en el sindicato, en esa maquinaria paralela que podía repartir favores, castigar rebeldías, abrir carreras o enterrarlas. Al frente de ese mundo estaba Joaquín Hernández Galicia, Laquina, un hombre temido, adorado, casi mítico. Y Carlos hizo lo que mejor sabía hacer desde niño.

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