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Pareja Desapareció en las Montañas de Guerrero — 1 Año Después Hallados Evitando la Luz y el Ruido

 Mateo compartía un apartamento con dos compañeros de universidad en el barrio de [música] Trasté. Cada domingo, sin falta, madre e hijos se reunían para almorzar [música] en el pequeño piso de rosa, donde ella preparaba rocoto relleno y ají de gallina, mientras escuchaban música andina en una vieja radio. Mateo era diferente a otros [música] jóvenes de su generación.

 No perseguía la fama ni el dinero fácil. Su pasión era devolver algo a la Tierra que lo vio nacer, aunque apenas recordara sus primeros [música] años allí. Hablaba con reverencia sobre las montañas, sobre el lago Titicaca, sobre la sabiduría ancestral de los pueblos [música] quechuas. Rosa lo escuchaba con orgullo y una pisca de preocupación.

 sabía que esa nostalgia terminaría llevándolo de regreso. Y así fue. Cuando la ONG le ofreció liderar un proyecto de instalación de sistemas de captación de agua en comunidades del altiplano boliviano peruano, Mateo no lo pensó dos veces. Rosa lo despidió en el aeropuerto de Fiumino con un abrazo largo y una bendición susurrada.

 No imaginaba que sería la última vez que lo vería durante [música] mucho, mucho tiempo. El primer mensaje de Mateo llegó desde La Paz, Bolivia, tres días después de su partida. un video corto donde aparecía sonriendo frente a la plaza Murillo con el ilimani nevado de fondo. “Mamá, ya estoy aquí. Todo bien. Mañana salimos hacia las comunidades.

” Rosa guardó ese [música] video como si fuera oro. Lo reproducía cada noche antes de dormir. Los siguientes 10 días fueron una sucesión de mensajes esporádicos, fotos de paisajes imposibles, lagunas de colores irreales, caminos de tierra que serpenteaban entre montañas gigantescas, rostros curtidos de ancianos aimaras que sonreían tímidamente a la cámara.

 Mateo estaba [música] feliz, trabajaba duro, pero estaba exactamente donde quería estar. El 14 de marzo de 2024, un jueves común para el resto del mundo, Mateo envió su último mensaje. Era temprano en la mañana [música] en Roma, pasadas las 6. Rosa estaba preparando su desayuno cuando el teléfono vibró.

 Mamá, hoy vamos a explorar una zona más alta para evaluar fuentes de agua [música] glacial. Señal débil aquí arriba. Te escribo cuando baje. Te amo. Un emoji de montaña, un corazón rojo. Rosa respondió inmediatamente. Cuídate mucho, hijo. Abrígate bien. Yo también te amo. El mensaje se marcó como entregado, pero nunca fue leído. Las horas pasaron.

 Rosa no se preocupó demasiado al principio. Sabía que la cobertura telefónica en esas alturas [música] era casi inexistente. Pero cuando cayó la noche en Roma y aún no había noticias, una inquietud familiar comenzó a crecer en su pecho. La misma que sintió cuando Mateo era niño y se perdió brevemente [música] en un mercado.

 La misma que la despertaba en las madrugadas sin razón aparente. Al día siguiente, viernes, Rosa contactó a la oficina de la ONG en Roma. La recepcionista, una chica joven y nerviosa, le aseguró que todo estaba bien, que probablemente Mateo estaba en una zona sin señal, que esto era normal en proyectos de campo, pero Rosa insistió en hablar con el coordinador regional.

 Después de 2 horas de espera telefónica, finalmente obtuvo una respuesta más concreta. El equipo de Mateo no había reportado su regreso al campamento base la noche anterior. Se había iniciado un protocolo de verificación. El sábado la realidad golpeó con fuerza brutal. El coordinador del proyecto en Bolivia, un ingeniero español llamado Carlos Iváñez, llamó directamente a Rosa.

 Su voz temblaba ligeramente. Señora Mendoza, necesito informarle que su hijo Mateo y dos compañeros más están reportados como desaparecidos. Salieron el jueves en la mañana hacia una zona glacial a unos 4800 m de altura y no regresaron. Hemos enviado equipos de búsqueda locales, pero las condiciones climáticas son extremadamente adversas.

 Una tormenta de nieve cerró los caminos. Rosa sintió que el mundo se detenía. Las palabras de Carlos se volvieron lejanas, distorsionadas. ¿Qué significa desaparecidos? ¿Cómo pueden estar desaparecidos? ¿Qué están haciendo para encontrarlos? Su voz se quebró en la última pregunta. Carlos intentó mantener la calma profesional.

 Señora, estamos haciendo todo lo posible. La policía boliviana y equipos de rescate de montaña están en camino, pero debe entender que estamos hablando de una de las regiones más remotas y hostiles del altiplano. Las temperaturas nocturnas están por debajo de los 20 gr bajo cer. Los equipos no pueden llegar hasta que mejore el clima.

 Esa noche Rosa no durmió. Se sentó en la sala de su pequeño apartamento en Roma, rodeada de fotos de Mateo en todas las etapas de su vida. El bebé sonriente en Puno, el niño de uniforme escolar en su primer día de clases en Italia, el joven graduado con su birrete y toga y la más reciente, Mateo en la paz con el ilimani de fondo, lleno de vida y esperanza.

 Afuera, Roma seguía su ritmo habitual. Los trambías pasaban, los turistas caminaban hacia el coliseo, las parejas cenaban en los restaurantes de Trastbre. Pero para Rosa Mendoza, el mundo había dejado de girar. Su hijo estaba perdido en un lugar donde el frío podía matar en horas, donde el oxígeno escaseaba, donde la ayuda podía tardar días en llegar.

 Y ella, a miles de kilómetros de distancia, no podía hacer absolutamente nada más que rezar. El domingo amaneció gris en Roma, como si el cielo mismo sintiera el peso de la angustia de rosa. Ella no había cerrado los ojos en toda la noche. A las 6 de la mañana, hora italiana, marcó nuevamente el número de Carlos Iváñez.

 Necesitaba saber. Necesitaba algo, cualquier cosa que le dijera que su hijo seguía vivo. Carlos respondió al tercer tono. Su voz sonaba cansada, derrotada. Señora Mendoza, las condiciones no han mejorado. La tormenta continúa. Los equipos de rescate están en espera en el pueblo más cercano, pero no pueden avanzar.

 Sería suicida intentar una búsqueda en estas condiciones. Rosa cerró los ojos con fuerza. Y se supone que mi hijo está ahí afuera congelándose mientras ustedes esperan que mejore el clima. Su voz temblaba de rabia y desesperación. Señora, entiendo su frustración, pero no no entiende nada. Rosa cortó la llamada, se dejó caer en el sofá y por primera vez desde que recibió la noticia lloró.

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