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El piloto del P-47 que desafió a la muerte: luchó contra 20 cazas para salvar a 9 compañeros

Daniel Mercer no parecía un héroe.

Eso fue lo primero que pensé cuando le vi por primera vez en la base de Ashford, al sureste de Inglaterra, una mañana gris de 1944. Yo era mecánico de tierra, cabo de segunda, veintisiete años y ya con la espalda de un hombre de cuarenta por culpa de levantar piezas, empujar carros de munición y dormir mal durante meses.

Me llamo Samuel Ortega, aunque allí todos me decían Sam. Mi padre era español, de Santander, emigrado a Nueva York antes de la Gran Depresión. Mi madre era irlandesa. Yo crecí entre dos maneras de rezar, tres maneras de discutir y una sola forma de trabajar: rápido, bien y sin quejarse demasiado.

En una base aérea, uno aprende a mirar a los pilotos de otra manera. Desde fuera parecen dioses jóvenes. Chaquetas de cuero, gafas oscuras, sonrisas fáciles, chicas en las fotos, nombres pintados en los fuselajes. Pero cuando los ves de cerca, a las cinco de la mañana, con el café frío en la mano y la cara verde antes de despegar, entiendes la verdad.

Eran chicos.

Chicos con bigote mal afeitado.

Chicos que escribían cartas a casa diciendo “todo va bien” cuando todo iba a medias.

Chicos que se reían demasiado fuerte porque, si se quedaban callados, podían escuchar el miedo.

Daniel Mercer llegó a nuestra unidad en marzo de 1944. Venía de Ohio, de un pueblo con nombre de sitio donde nunca pasa nada. Alto, delgado, ojos claros, pelo oscuro siempre mal peinado. No tenía esa arrogancia que algunos pilotos traían como parte del uniforme. Al contrario. Pedía las cosas por favor. Daba las gracias a los mecánicos. Y eso, créanme, en una base militar no era tan común como debería.

La primera vez que se acercó a mi puesto, yo estaba revisando los conductos de aceite de su P-47.

—¿Es usted Ortega? —preguntó.

—Depende. Si viene a quejarse, soy otro.

Se rió.

—Me han dicho que usted escucha los motores.

—Los motores hablan más claro que los oficiales.

Miró el avión. Era un P-47D Thunderbolt, enorme, barrigón, resistente como una mula de acero. Los pilotos lo llamaban “Jug”, por su forma robusta. No era el caza más elegante. No tenía la finura de un Spitfire ni la fama romántica de un Mustang. Pero podía recibir castigo. Mucho castigo. Y devolverlo.

—¿Cómo está? —preguntó Daniel.

—El avión o usted.

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