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ISRAEL VÁZQUEZ: su precio de SANGRE… La brutal CARNICERÍA que le costó el OJO

Para Israel Vázquez,  crecer viendo eso todos los días probablemente hizo que el peligro del ring no se sintiera tan diferente al peligro de la vida misma. Y eso fue una de las razones por las que se convirtió en el boxeador que se convirtió. Y también, hay que decirlo con toda claridad, fue una de las razones por las que el negocio del boxeo pudo usarlo de la manera en que lo usó. La madre era Gloria.

Los padres Valentín y Gloria Vázquez, una familia de trabajo, de sacrificio del México real que no aparece en las revistas de espectáculos, pero que es el México de la mayoría. Israel era su hijo y ese hijo encontró en el boxeo algo que Azcapotzalco no le podía dar de ninguna otra manera, una escalera.

No había becas universitarias esperando por él, no había academias deportivas de élite con infraestructura de primer nivel. Había un gimnasio, unos guantes y la disposición de trabajar más duro que cualquier otro. El manager que encontró fue Lupe Serrano, originario también de Caltocant Cala, el mismo municipio de donde venía la familia paterna de Israel. No fue un accidente.

En el mundo del boxeo mexicano, las conexiones regionales y familiares importan y la coincidencia atlatcalteca entre el manager y el pupilo creó un vínculo que fue más que profesional. Lupe Serrano era uno de los mejores managers en el circuito internacional, un hombre que sabía cómo construir una carrera. Encontrarlo siendo un adolescente de Azcapotzalco era en ese contexto algo valioso.

Pero aquí es donde tienes que empezar a prestar atención al sistema, porque el sistema ya estaba operando desde ese momento. Un buen manager en el boxeo no solamente busca talento, busca talento de cierto tipo. Busca peleadores que tengan lo que en el negocio llaman corazón, que en lenguaje directo significa la disposición a aguantar daño sin tirar la toalla.

Un peleador con corazón es un peleador rentable porque los promotores saben que no se va a rendir cuando las cosas se ponen difíciles,  que va a seguir ahí parado recibiendo golpes mientras la pelea siga siendo emocionante para el público que pagó para verla. Israel Vázquez tenía ese corazón, lo tenía en abundancia.

Y eso desde el principio lo colocó exactamente en el perfil que el negocio del boxeo necesitaba. Debutó como profesional en 1995. Tenía 17 años y lo que pasó en esos primeros combates fue una señal de todo lo que vendría. Venció a sus primeros nueve oponentes por knockout. Nueve peleas, nueve knockouts consecutivos.

Si no conoces el mundo del boxeo, quizás ese número no te dice suficiente. Significa que Israel Vázquez, con 17 años tenía una capacidad de daño, una potencia en los puños, una precisión para encontrar el punto que apaga al otro, que no tiene cualquier boxeador. Pero también tenía algo que muchos peleadores con poder no tienen.

Resistencia, la capacidad de recibir golpes y seguir de pie, la quijada dura en el lenguaje del boxeo. Piensa en eso un momento. Un boxeador que puede tanto golpear como aguantar. Eso es para el negocio el producto ideal, porque significa peleas largas, peleas intensas, intercambios brutales donde ninguno de los dos cae fácilmente y el público se mantiene pegado a la pantalla durante todos los rounds.

Y más rounds de acción brutal significa más tiempo de transmisión. Más tiempo de transmisión significa más dinero para las televisoras. Más dinero para las televisoras significa más dinero para los promotores. Y el boxeador en el centro del ring recibiendo los golpes, bueno, ese cobrará lo que el contrato diga, que siempre es menos de lo que merece. La primera derrota llegó.

Alguien le devolvió el knockout, pero eso es parte del proceso y los buenos boxeadores aprenden y continúan. Israel lo hizo. Acumuló 11 victorias en México, luego una derrota ante Marcos Licona cuando intentó llegar demasiado pronto a un nivel para el que quizás no estaba del todo preparado.

Luego 12 victorias seguidas. El patrón era claro, un hombre que perdía, que aprendía y que volvía más fuerte. En el año 2002 con 24 años, Israel Vázquez enfrentó por segunda vez a Óscar Larios en disputa del título interino del doble UBS Supergallo. Ya habían peleado antes. Israel perdió esa vez en el round 12.

Una derrota que dolió, pero que también enseñó. El boxeo es así. Las lecciones se aprenden en el cuerpo, no en un aula. Y cada lección tiene su costo físico. Grábate lo que pasó en los dos años siguientes, porque es importante para entender cómo funcionaba el cerebro de Israel. Vázquez  no buscó peleas fáciles para reconstruir su récord.

No fue a buscar rivales menores que le garantizaran victorias cómodas. Se preparó, peleó rivales de nivel y cuando llegó la oportunidad real estaba listo para tomarla. En 2004, con 26 años, Israel Vázquez peleó por el título vacante de la FIP en la categoría Supergallo Junior ante José Luis Valbuena y  ganó por primera vez en su vida.

El chico de Azcapotzalco, el hijo de Valentín, el de la funeraria, era campeón del mundo, campeón de la Federación Internacional de Boxeo, con un cinturón que muy pocos en el planeta podían decir que tenían. Defendió ese título, primero ante Artiom Simonan, Armenio, que venía invicto a la pelea, al que noqueó en el quinto round.

Luego una segunda defensa. Israel Vázquez como campeón de la FIP era exactamente lo que el negocio del boxeo había visto venir desde que ese chico empezó a noquear rivales a los 17 años. Pero el magnífico no era de los que se conformaban. y en 2005 tomó la decisión que lo llevó al techo.

Decidió pelear contra Óscar Larios, el hombre que lo había derrotado en 2002, esta vez con el cinturón del CMB en juego. Larios venía de una racha de nueve victorias consecutivas. era campeón del mundo, uno de los supergallos más sólidos del planeta e Israel Vázquez ya lo había enfrentado antes y había perdido. Ir contra él en esas circunstancias requería una confianza absoluta en sí mismo.

Israel Vázquez noqueó a Óscar Larios en el tercer round. Corte en el ojo izquierdo de Larios, la pelea parada y el magnífico de Azcapotzalco con dos cinturones mundiales, la FIB y el CMB, dos de las cuatro organizaciones más importantes del boxeo mundial, reconociéndolo como el mejor supergallo del planeta.

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