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Alpinistas Desaparecieron en los Andes — Un Año Después, Uno Volvió con la Piel Marcada

 Mateo lo subestimó al principio, pero Lucas aguantó cada paso, cada campamento helado, cada madrugada a 4,000 m y capturó imágenes que le ganaron un premio internacional. Desde entonces subían juntos. Daniela Fuentes era distinta, médica de urgencias en Santiago. Había dejado el hospital 6 meses atrás, quemada por el sistema, por las guardias de 30 horas y los pacientes que morían en pasillos.

 Buscaba algo que la anestesia emocional del quirófano ya no le daba. La montaña parecía la respuesta. Contactó a Mateo por recomendación de un amigo común. Él aceptó llevarla porque vio en sus ojos la misma necesidad que en los suyos. Escapar de algo que no se cura con medicamentos. El plan era simple. Cruzar un paso intermedio entre Chile y Argentina. Acampar tres noches.

Documentar especies de flora endémica para un proyecto de conservación. Nada extremo. [música] Nada que Mateo no hubiera hecho 20 veces. El 28 de marzo salieron de Puente del Inca. Llevaban provisiones para 7 días. Equipo técnico, radio satelital, todo en orden. Tres días después dejaron de responder.

 La última comunicación de Mateo fue un mensaje de voz enviado por Radio Satelital a las 18:47 del 30 de marzo. Su voz sonaba tranquila, casi aburrida. Base aquí Mateo. Acampamos en punto Z4. Todo bien. Mañana subimos al collado y cruzamos. Lucas está sacando fotos del atardecer. Dani preparó un té que sabe a pasto, pero está caliente.

Nos vemos en dos días. Cambio y fuera. Esa fue la última vez que alguien los escuchó. El 2 de abril, cuando no llegaron al punto de encuentro en el refugio El Chaltén, el contacto de Mateo, un coordinador de rescate llamado Hugo Salinas activó el protocolo. Primero llamó por radio. Nada. Luego intentó el GPS de emergencia que Mateo siempre llevaba.

 La señal estaba activa, [música] pero inmóvil, congelada en un punto a 3800 m de altura en una zona de difícil acceso conocida como el callejón de los vientos. Hugo conocía ese lugar. Era un corredor natural entre dos picos, estrecho, expuesto a ráfagas que podían tirar a un hombre al suelo. No era técnicamente difícil, pero era traicionero, un malo, una ventisca repentina y el cuerpo desaparecía barranco abajo.

 El 3 de abril salió el primer equipo de rescate. Cuatro hombres, helicóptero, perros, subieron hasta donde el clima lo permitió. encontraron el campamento base de Mateo. Dos carpas intactas, mochilas abiertas, ropa tirada, pero ningún signo de lucha, ningún rastro de sangre, solo desorden, como si hubieran salido corriendo. Y algo más.

 En el suelo, junto a la fogata apagada, había tres mochilas, pero faltaban los sacos de dormir, faltaban las linternas frontales, faltaban las cuerdas de escalada. “¿Salieron con equipo”, dijo uno de los rescatistas, “No fue un secuestro, se fueron solos. Pero, ¿a dónde por qué?” Durante los siguientes 5 días buscaron en un radio de 20 km. Nada.

 El GPS seguía marcando el mismo punto, pero cuando llegaron allí no había nada más que rocas y nieve, ni siquiera huellas. El clima había borrado todo. El 10 de abril el operativo se suspendió. Las familias protestaron. La madre de Daniela voló desde Santiago, destrozada, exigiendo que siguieran buscando. El padre de Lucas contrató un equipo privado, subieron tres veces más, encontraron cero.

 Hugo Salinas redactó el informe final con manos temblorosas. Tras 14 días de búsqueda intensiva en condiciones extremas, no se hallaron restos humanos ni evidencia concluyente del destino de Mateo Rivas, Lucas Ortega y Daniela Fuentes. Se presume fallecimiento por exposición, caída en zona de grietas glaciares o avalancha no detectada.

 caso cerrado por imposibilidad técnica. Las familias lloraron. Los medios publicaron notas por una semana. Luego, como siempre, el mundo siguió girando. La montaña se quedó con ellos, o eso creyeron todos. Pasaron los meses. El invierno cubrió los Andes con 3 m de nieve. La primavera derritió glaciares. Abrió grietas nuevas, cerró otras.

 El verano trajo turistas que preguntaban por la historia de los alpinistas perdidos como si fuera una leyenda más. Y entonces, una tarde de marzo del año siguiente, exactamente 12 meses después, un camionero que recorría la ruta siete cerca de Malargü vio a un hombre caminando descalzo por el arsén.

 Frenó, se bajó y cuando el hombre levantó la cara, el camionero retrocedió tres pasos. Era Mateo Rivas, pero no era el mismo. Su barba estaba enmarañada, sus ojos hundidos, pesaba 20 kg menos y su piel, brazos, cuello, parte del pecho visible bajo la ropa desgarrada, estaba cubierta de cicatrices geométricas, líneas rectas, triángulos, símbolos que parecían tallados con precisión quirúrgica.

 El camionero tartamudió. ¿Estás bien? ¿Necesitas ayuda? Mateo lo miró sin parpadear y dijo con voz rota, “Yo no debería estar aquí. Lo llevaron directo al hospital de Malarwe. Los médicos lo examinaron en silencio, intercambiando miradas que Mateo no podía descifrar. Deshidratación severa, hipotermia leve, desnutrición avanzada, pero nada que explicara cómo había sobrevivido un año entero en la cordillera, nada que justificara a las marcas.

 Cuando le preguntaron qué le había pasado, Mateo cerró los ojos y no respondió. La noticia explotó en menos de 2 horas. Alpinista desaparecido aparece vivo tras un año en Los Andes. Los periodistas llegaron como buitres. Las familias de Lucas y Daniela recibieron llamadas frenéticas. Hugo Salinas, el coordinador de rescate, sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Había cerrado el caso.

Había dicho que estaban muertos y ahora Mateo estaba vivo. Pero, ¿dónde estaban los otros dos? La madre de Daniela, Elena Fuentes, [música] llegó al hospital a medianoche. Entró a la habitación de Mateo con la fuerza de una tormenta. Lo agarró del brazo. Él se encogió como si le quemara y le gritó, “¿Dónde está mi hija? ¿Dónde está Daniela? Mateo la miró con ojos vacíos.

Ella eligió quedarse. Elena retrocedió. Las palabras no tenían sentido. Quedarse, quedarse, ¿dónde? Habla, maldito. Pero Mateo giró la cara hacia la pared y no dijo nada más. Los investigadores llegaron al amanecer. Dos agentes de la policía de investigaciones de Chile, uno de Gendarmería Argentina. Protocolo binacional.

 Mateo no era sospechoso todavía, pero tampoco era solo una víctima. Era el único testigo de algo que nadie entendía. Le hicieron las preguntas obvias. ¿Dónde estuvieron este año? ¿Qué pasó en la montaña? ¿Por qué solo tú regresaste? Mateo respondió con fragmentos, frases [música] sueltas. Nunca una narrativa completa.

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