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Wehrmacht ESCUPIÓ ‘Los Stukas Son INVENCIBLES’ — Stalin Los ROBÓ y VAPORIZÓ 80,000 SS en Moscú

Wehrmacht ESCUPIÓ ‘Los Stukas Son INVENCIBLES’ — Stalin Los ROBÓ y VAPORIZÓ 80,000 SS en Moscú

Diciembre de 1941. El frío cortaba como cuchillos afilados sobre las llanuras heladas que rodeaban Moscú. Los soldados alemanes, exhaustos y hambrientos, observaban las torres del Kremlin a lo lejos, tan cerca, que podían ver sus cúpulas doradas brillando bajo el sol invernal. Habían llegado hasta aquí creyendo que eran invencibles, que nada podría detenerlos.

La Bermacht había aplastado ejércitos enteros en cuestión de semanas. Polonia cayó en 28 días. Francia, la supuesta potencia militar de Europa, se rindió en seis semanas. Los Balcanes fueron conquistados en días y ahora aquí estaban a las puertas de Moscú, la capital del imperio soviético. Pero algo estaba cambiando.

 Algo terrible se gestaba en esas tierras heladas. Los estucas habían sido el símbolo del poder alemán. Esas máquinas mortales, con su distintivo grito de sirena que helaba la sangre de cualquiera que lo escuchaba, habían sembrado el terror absoluto por toda Europa. Cuando aparecían en el cielo, la muerte venía con ellos. descendían en picada vertical, lanzando sus bombas con precisión quirúrgica, destruyendo tanques, fortificaciones, columnas enteras de soldados.

 El sonido era psicológico, diseñado para quebrar el espíritu del enemigo antes de que cayera la primera bomba. Y funcionaba. Los ejércitos huían aterrorizados cuando escuchaban ese aullido demoníaco acercándose desde las nubes. Los pilotos alemanes volaban con una confianza absoluta. Creían que eran dioses del cielo, inmortales, invencibles.

 Sus comandantes les decían que los soviéticos eran inferiores, que su fuerza aérea era primitiva, que sus pilotos eran incompetentes. La propaganda nazi había convencido a millones de alemanes de que los eslavos eran subhumanos, incapaces de resistir la superioridad área. Los estucas eran la prueba viviente de esa superioridad.

Cada misión era una victoria garantizada, cada bombardeo, una masacre. Pero en los helados talleres de Moscú, mientras las bombas alemanas caían sobre la ciudad, algo extraordinario estaba sucediendo. Stalin había tomado una decisión que cambiaría el curso de la guerra. Los ingenieros soviéticos habían estudiado cada estuca capturado, desmantelándolos pieza por pieza, analizando cada componente, cada sistema, cada detalle técnico.

 No solo querían copiarlo, querían mejorarlo, querían construir algo más letal, más rápido, más mortífero. Los aviones soviéticos Ilushinil Izturmovic comenzaron a surgir de las fábricas a un ritmo frenético. Estas máquinas eran diferentes, eran más pesadas, más blindadas, prácticamente indestructibles.

 Mientras los estucas alemanes eran vulnerables al fuego antiaéreo, los Turmovic podían absorber impactos directos y seguir volando. Sus pilotos no necesitaban descender en picada suicida. Podían volar bajo, muy bajo, rasando la tierra, disparando sus cañones y cohetes con precisión devastadora. La producción era masiva.

 Stalin había ordenado que las fábricas trabajaran 24 horas al día. Las mujeres y los ancianos construían estos aviones con sus propias manos, trabajando hasta el agotamiento, sabiendo que cada máquina que producían podía significar la diferencia entre la vida y la muerte de sus hijos, esposos y hermanos en el frente.

 Las fábricas enteras fueron trasladadas hacia el este, más allá de los hurales, fuera del alcance de los bombarderos alemanes. Allí, en medio del frío siberiano, miles de trabajadores ensamblaban estos pájaros de guerra sin descanso. Los alemanes no lo sabían. No tenían ni idea de lo que se estaba preparando. El general Heines Gooderian, uno de los arquitectos de la Blitz Creek, estaba convencido de que Moscú caería antes de Navidad.

 Sus pancers habían atravesado las defensas soviéticas una y otra vez. Habían rodeado ejércitos enteros, capturando cientos de miles de prisioneros. El ejército rojo parecía desorganizado, caótico, al borde del colapso total. Cada día llegaban informes de nuevas victorias. Los alemanes habían llegado tan cerca de Moscú que sus comandantes podían ver las chimeneas de la ciudad humeando en el horizonte.

 Pero el invierno ruso era diferente a todo lo que los alemanes habían experimentado. Las temperaturas cayeron a 40 gr bajo cer. Los motores de los tanques se congelaban durante la noche. Los soldados morían de hipotermia en sus trincheras. El lubricante de las armas se solidificaba, haciendo que los rifles dejaran de funcionar. Los caballos, miles de ellos que tiraban de la artillería y los suministros morían congelados en las carreteras.

 Los soldados alemanes, vestidos con uniformes de verano, porque Hitler había prometido que la guerra terminaría antes del invierno. Se congelaban vivos en sus posiciones y entonces llegaron los Sturmovik. Nadie estaba preparado para lo que sucedió después. Los primeros escuadrones aparecieron al amanecer volando tan bajo que los alemanes podían ver los rostros de los pilotos soviéticos.

 No había grito característico de las sirenas, de los estucas, solo el rugido ensordecedor de motores potentes y el silvido de los cohetes. Los tanques alemanes explotaron en llamas antes de que sus tripulaciones pudieran reaccionar. Las columnas de suministros fueron destrozadas en segundos. Los soldados corrían buscando refugio, pero no había dónde esconderse.

Losmovic cazaban todo lo que se movía. El pánico comenzó a extenderse entre las filas alemanas. Por primera vez el inicio de la invasión, los soldados de la Vermacht experimentaron lo que sus enemigos habían sentido durante meses. El terror absoluto de ser cazados desde el cielo sin poder defenderse. Los cañones antiaéreos disparaban desesperadamente, pero las balas rebotaban en el blindaje de los Turmovic como si fueran de papel.

Estos aviones eran prácticamente tanques voladores diseñados específicamente para sobrevivir al castigo más brutal. Los pilotos soviéticos volaban con una furia vengativa. Habían visto sus ciudades destruidas, sus familias masacradas, sus camaradas muertos por millones. Cada misión era personal.

 Cada alemán muerto era justicia. Volaban misión tras misión, día tras día, sin descanso, impulsados por un odio feroz hacia los invasores que habían venido a destruir su patria. Los informes llegaban a los cuarteles generales alemanes, pero parecían imposibles de creer cómo podían los soviéticos, supuestamente atrasados tecnológicamente, producir máquinas tan superiores? ¿Cómo habían logrado construir una fuerza aérea tan poderosa en tan poco tiempo? Los generales alemanes no podían entenderlo.

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