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“Estaba investigando sobre educación en Colombia… pero la vida de mi hija cambió”. Madre estadounidense conmocionada.

Mamá, quiero irme a estudiar la Universidad a Colombia. En el instante en que esa frase salió de la boca de mi hija, sentí que el mundo entero se detenía y me quedé completamente paralizada, sin saber cómo reaccionar. Imagínense mi sorpresa, mi desconcierto absoluto. Estamos hablando de un adolescente que desde muy pequeña jamás había mostrado la más mínima pasión por el estudio, una chica que vivía encerrada en su habitación, consumida por los videojuegos y la pantalla de su celular, y que de repente, de la nada,

me estaba hablando de irse a miles de kilómetros de distancia para entrar a una universidad en un país latinoamericano. ¿Qué demonios había pasado? ¿Qué clase de magia, de transformación profunda había ocurrido en su vida para que diera un giro tan radical e impable? Hoy quiero abrirles mi corazón y contarles toda esta historia.

 Quiero narrarles paso a paso esta experiencia real sobre educación, sobre crecimiento personal y sobre todo sobre un cambio de vida monumental. Mi nombre es Lisa Wilson y les juro que en mis sueños más locos jamás imaginé que Colombia dejaría una huella tan profunda, tan imborrable y tan hermosa en la vida de nosotras dos.

 Pero antes de entrar en los detalles de esta locura, déjenme ponerlos un poco en contexto sobre quiénes somos. Mi esposo y yo vivimos en los suburbios de Boston, en Estados Unidos. Es un vecindario de esos que ven en las películas, extremadamente tranquilo, silencioso, donde todo funciona con una rutina casi robótica y predecible.

Mi esposo es ingeniero de software y la mayor parte del tiempo trabaja desde casa frente a su computadora. Por mi parte, yo soy investigadora universitaria en el área de pedagogía y ciencias de la educación. Mi trabajo siempre ha consistido en analizar las diferencias entre los sistemas educativos de distintos países, tratando de entender la lógica, la cultura y la psicología que hay detrás de como cada nación forma sus jóvenes.

Nuestra hija Ay, que en ese momento tenía 16 años, era el perfecto cliché de la adolescente moderna norteamericana. Vivía pegada a YouTube, amaba los videojuegos, pasaba horas escuchando música con sus audífonos gigantes, pero si le mencionabas la escuela, era como hablarle a una pared. Cada vez que yo intentaba sentarme con ella para pedirle que se esforzara un poco más, que pensara en su futuro, ella simplemente miraba los ojos con esa actitud desafiante que te rompe la paciencia.

Mamá, no me presiones. Sí, yo solo quiero tener una vida normal. Porque tengo que matarme estudiando para entrar a una universidad de élite que ni siquiera me importa”, me decía constantemente. Y claro, como suele pasar, mientras más la presionaba yo, más se alejaba ella. Terminamos construyendo un muro de hielo entre las dos.

 Nuestras conversaciones se redujeron a monosílabos. El ambiente en la casa se volvió tenso, pesado y yo me sentía como una fracasada, incapaz de conectar con mi propia hija. Pero justo en medio de esa época oscura, empecé a notar algo muy curioso. Desde el otro lado de la puerta de su habitación comencé a escuchar un ritmo diferente.

Ya no era el pop en inglés al que estaba acostumbrada. Era una música vibrante, llena de percusiones, con un ritmo que te invitaba a moverte y unas letras en un idioma que, aunque yo no dominaba, sabía perfectamente que era español. Un día, sin poder contener la curiosidad, asomé la cabeza y le pregunté qué estaba escuchando.

Pensé que me iba a ignorar, pero para mi sorpresa, sus ojos se iluminaron con un brillo que hacía meses no veía. Es música latina, mamá. es de Colombia. Tienes que escuchar esto. Es increíble. Si le soy sincera, yo no tenía la menor idea de ese mundo. Pero desde ese día fue como si allí le hubieran inyectado una dosis de energía pura.

 Su lista de reproducción se llenó de artistas que para mí eran desconocidos en ese momento. Carol G. J. Balvin Morat, Carlos Viv, Sakira. Yo le preguntaba que la traía tanto esa música y ella me hablaba sin parar. Me decía que el ritmo tenía una energía que le daba vida, que las letras a veces eran pura fiesta y otras veces tenían un romanticismo y una poesía que no encontraba en el inglés y que la forma en que esos artistas actuaban en el escenario transmitía una pasión que la dejaba hipnotizada.

Al principio pensé que era solo una fase de adolescente, una moda pasajera, pero me equivoqué por completo. Descubrí que allí había empezado a aprender español por su cuenta de forma autodidacta. Se pasaba las tardes buscando la traducción de las letras, intentando entender la jerga colombiana, practicando cómo pronunciarla r y cantando a todo pulmón frente al espejo.

En ese momento sentí una mezcla de asombro y alivio. Por lo menos mi hija estaba demostrando pasión y compromiso por algo, aunque no fuera una materia escolar. Sin embargo, la frustración volvía cuando hablábamos de sus notas. Ahí volví a ser la misma chica apática de siempre. Yo le rogaba que no abandonara sus estudios, pero su respuesta seguía siendo una bofetada a mis expectativas.

No quiero vivir mi vida persiguiendo un número en una boleta de calificaciones. Nos estábamos alejando cada vez más y yo me pasaba las noches en vela preguntándome qué estábamos haciendo mal, si acaso era nuestro sistema educativo el que la estaba asfixiando o si nuestras expectativas como padres estaban destruyendo su motivación.

Y fue exactamente en medio de esta crisis personal cuando mi trabajo de investigación tomó un rumbo inesperado que cambiaría nuestro destino. Empecé a investigar profundamente los sistemas educativos de América Latina con un enfoque muy particular en Colombia. Colombia es un país que desde la perspectiva extranjera y a través de los noticieros suele estar rodeado de estigmas y estereotipos.

Pero en el ámbito académico me llamaba muchísimo la atención como a pesar de las inmensas dificultades socioeconómicas y los retos históricos, sus jóvenes lograban desarrollar una resiliencia impresionante. Noté que la educación allá tenía un componente muy tradicional, donde el respeto por la autoridad, la disciplina, el uso del uniforme y la memorización aún jugaban un papel fuerte, contrastando brutalmente con el modelo estadounidense de aulas libres y debates abiertos.

Pero paradójicamente veía que el colombiano promedio salía al mundo con una capacidad de adaptación, una calidez humana y una ética de trabajo que los hacía brillar en cualquier lugar. Quería entender que había en esa cultura, en ese sistema que forjaba ese tipo de carácter. Así que apliqué a un proyecto de investigación internacional de un año de duración para hacer trabajo de campo directamente en Colombia.

 Cuando me aprobaron el proyecto, una idea loca, casi descabellada, cruzó por mi mente. Y si me llevaba allí conmigo y si la sacaba de su zona de confort en Boston y la metía a estudiar un año en un colegio en Colombia. Sabía que sería un choque cultural brutal, pero no era ella la que estaba obsesionada con la música y la cultura de ese país.

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