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ALFONSO ZAYAS: CONQUISTÓ a MARIBEL GUARDIA… y La MUERTE de su HIJO que DESTRUYÓ su VIDA tl

ALFONSO ZAYAS: CONQUISTÓ a MARIBEL GUARDIA… y La MUERTE de su HIJO que DESTRUYÓ su VIDA tl

8 de julio de 2021, Cuernavaca, Morelos. Una casa tranquila en las afueras de la ciudad. Adentro, un hombre de 80 años deja de respirar después de varios días intubado, inducido a coma, con el corazón que ya no aguantaba más. Afuera, el mundo del espectáculo mexicano recibe la noticia con una mezcla extraña de tristeza y de algo parecido a la sorpresa.

No porque nadie esperara que ese hombre pudiera morir,  sino porque ese hombre durante 50 años había parecido indestructible de una manera que no tenía que ver con los músculos, ni  con el físico, ni con el apellido. Tenía que ver con la risa. Alfonso Sayas murió como había vivido, sin aspavientos, sin conferencia de prensa, sin el escándalo que los medios esperaban de alguien que había filmado más de 170 películas, que había tenido ocho matrimonios, que había sido confirmado por Andrés García en persona como el hombre que le quitó a la mujer

más hermosa que México había visto en décadas. Pero detrás de esa risa, detrás de esos ocho matrimonios y de esas 170 películas y de ese hombre que hacía reír a salas llenas sin necesitar músculos ni apellido  ni cara de galán. Había algo que Alfonso Sayas nunca habló en televisión con la misma facilidad con que contaba sus chistes.

Algo que cargó desde 2005 hasta el día en que el corazón se le paró en Cuernavaca.  la muerte de su hijo mayor, un hombre de 44 años, piloto privado, que una tarde en San Luis Potosí subió a un helicóptero a inspeccionar algo para la empresa donde trabajaba. Un helicóptero al que su padre llamaba cariñosamente el mosco.

Un helicóptero que nunca aterrizó y lo que hace de esa muerte algo todavía más brutal,  algo que Alfonso Sayas contó años después con una voz que no era la voz del comediante, sino la del padre.  Es que no se enteró ese día. Nos enteró al día siguiente. Se enteró tres días después porque estaba grabando en Miami con don Francisco en Sábado Gigante y su familia no sabía cómo decirle lo que había pasado  y decidió seguir trabajando sin saber que su hijo ya llevaba tres días bajo tierra.

Tres días. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que cambian por completo lo que México creyó saber sobre Alfonso Sayas. Primero, como un niño nacido en Ciudad de México el 30 de junio de 1941, sin apellido poderoso ni físico de Galán, ni conexiones en la industria, terminó convirtiéndose en el actor más prolífico del cine de ficheras mexicano con más de 170 películas en 50 años de carrera.

Segundo,  ¿qué ocurrió exactamente entre Alfonso Sayas y Maribel Guardia, la mujer más deseada del espectáculo mexicano de los años 70, en una época donde los pasillos de los estudios de filmación funcionaban como campos de batalla entre egos y  conquistas? Tercero, ¿cómo Andrés García, el galán más famoso de México, el hombre de los 2000 cuerpos contados sinvergüenza, terminó siendo el que perdió frente al comediante feo sin músculos, que ni siquiera se esforzaba por parecer amenazante.  Y cuarto, ¿por qué

la muerte de su hijo mayor en 2005 fue el golpe que Alfonso Sayas nunca pudo procesar del todo? Y có dolor invisible convivió durante 16 años con la sonrisa pública del rey del cine pícaro mexicano. Esta no es la historia del comediante que hizo reír a México con sus películas de ficheras. Esa ya la conoces.

Esta es la historia de lo que ese hombre cargó por dentro mientras el país se reía afuera. Empecemos desde el principio. Ciudad de México.  30 de junio de 1941. Nace Juan Alfonso Saya sin clan. No hay nada en ese nacimiento que sugiera lo que viene después. No hay familia del espectáculo, no hay padrinos artísticos, no hay apellido que abra puertas en los estudios de filmación que en esos años todavía operaban a plena potencia en la capital mexicana.

Hay una familia de clase media. Hay una  ciudad que crece sin parar. Hay un niño que desde muy joven descubre que tiene algo que sus compañeros de escuela no tienen.  Puede hacer reír a la gente, no con el chiste fácil ni con el golpe de silla de la comedia física, con algo más sutil, con una manera de moverse, de mirar, de decir las cosas con el tono exacto que convierte cualquier situación en algo gracioso.

Sus maestros lo notaron, sus amigos lo notaron. Y él lo notó también con esa conciencia temprana que tienen algunos niños de que la risa es una herramienta y que en manos correctas puede abrir puertas que la fuerza bruta no puede  abrir. En sus primeros años de carrera trabajó en teatro.

Su debut fue en una obra llamada Irma la Dulce. obras de variedades, carpas, presentaciones modestas donde el público  era exigente y donde si no hacías reír en los primeros 2 minutos, la función se convertía en un martirio. Alfonso aprendió ahí lo que los actores de carrera larga aprenden siempre en la carpa antes que en el estudio, que el público  real, el que paga con lo que gana en la semana, no perdona.

Que hay que ganárselo cada noche. Que no hay manera de fingir que eres gracioso si no lo eres de verdad. y él lo  era de verdad. El salto al cine llegó a principios de los años 70  y llegó en el momento exacto en que el cine mexicano vivía una de sus transformaciones más radicales  y más controversiales.

La época dorada, con sus galanes de traje y sus divas de vestido largo, empezaba a ceder terreno a un género nuevo que la industria descubrió casi por accidente.  Un género que llenaba salas con un tipo de audiencia que las películas de arte nunca habían considerado. El cine de ficheras, las comedias pícaras, los albures, las situaciones de doble sentido, las mujeres hermosas, los hombres ridículos que de alguna manera siempre terminaban ganando.

Un género que los críticos de la capital despreciaban con la misma energía con que las taquillas lo celebraban. Un género que en las salas de barrio, en los cines de provincia, en las funciones de los viernes por la noche donde la gente llegaba a olvidarse de las deudas y del trabajo, funcionaba con una eficiencia brutal. Y dentro de ese género, Alfonso Sayas encontró su lugar exacto.

Porque el cine de ficheras necesitaba un tipo específico de protagonista.  No el galán, no el héroe, el antihéroe cómico, el hombre que no debería ganar y que siempre gana, el hombre que no tiene lo que supuestamente se necesita y que, sin embargo, consigue lo que los otros no pueden. Alfonso Sas no era alto, no era musculoso, no tenía el perfil de pómulo alto y mandíbula cuadrada que los estudios buscaban para sus galanes.

Tenía un rostro común, una complexión ordinaria y una manera de estar en el cuadro que transmitía algo que el público de los viernes reconocía inmediatamente. Era uno de ellos y eso valía más que cualquier cuerpo  esculpido. Las películas empezaron a llegar una detrás de otra, con velocidades que hoy serían imposibles de entender, en una industria donde una película tarda años en producirse.

En los años 70 y 80 del cine de ficheras mexicano, un actor podía filmar cuatro o cinco películas al año  si tenía la energía y la disposición. Y Alfonso Sallas tenía ambas en cantidades industriales,  ficheras bellas de noche, el rey de los taxistas, el rey del barrio.  Títulos que los suplementos culturales ignoraban y que los vendedores de boletos de los cines populares agotaban en los primeros días de estreno.

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