Una canción sobre el amor que duele, sobre la persona que produce ese dolor específico de quien nos tiene enredado sin que podamos liberarnos. En la voz de Lola Flores, esa canción tenía algo que iba más allá de la letra. tenía el cuerpo entero de una mujer que sabía exactamente de qué hablaba. La ruptura con caracol llegó en 1951 después de 8 años de idas y venidas.
La carrera de Lola había crecido más rápido y de manera más sostenida que la de él. Y ese desequilibrio dentro de una relación donde él era el establecido y ella empezaba siendo la telonera, produjo una tensión que ningún escenario podía resolver por más aplausos que hubiera. La ruptura fue dolorosa y en ese dolor es donde aparece alguien que llevaba años esperando en la periferia de esa historia.
Hay que entender lo que significó para Lola la relación con Caracol para entender por qué eligió al Pescailla cuando lo hizo. Caracol era el establishment el flamenco, el nombre que daba legitimidad, el artista consagrado que había convertido a una joven de Jerez en algo más grande. Pero esa relación nunca podía normalizarse.
Él tenía una familia. La España de Franco no perdonaba ese tipo de situaciones en las mujeres, aunque las tolerara en los hombres. Y Lola quería algo que Caracol nunca podía darle, una familia propia, unos hijos, un hombre que fuera el suyo sin el de él encima. El pescailla era lo opuesto de caracol en todo lo que no importaba artísticamente y lo mismo en lo único que importaba.
El flamenco corría por su sangre de una manera que no se aprende. Antonio González Batista, el pescailla, nació en el barrio de Gracia de Barcelona alrededor de 1925. era gitano, guitarrista y había estado en la órbita de las mismas compañías de flamenco donde Lola hacía sus giras.
Era un músico genuino con un estilo propio que décadas después sería reconocido como uno de los fundamentos de la rumba catalana. Pero en los años 40 era sobre todo un hombre joven que miraba a Lola Flores cuando ella miraba a Manolo Caracol. 6 años esperó. Cuando Lola y Caracol rompieron definitivamente en 1951, el Pescadilla ya estaba ahí.
Y cuando en 1957 Lola Flores decidió que sí, fue él, había un complicación. El pesca ya había estado casado por el rito gitano con Dolores Amaya, una bailadora de un linaje gitano con peso en el mundo del flamenco. Tenían una hija, Toñi, que había nacido en 1955. La familia de Dolores Amaya no iba a ver con buenos ojos que el pescailla se fuera con la faraona.
No iban a ver con buenos ojos. Iban a actuar. La boda fue el 27 de octubre de 1957. Las 6 de la mañana, Real Monasterio del Escorial. 22 invitados contados. Lola embarazada de 3 meses de Lolita. La hora insólita no era un capricho, era una huida táctica. Desde ese día, el pescailla dejó de aparecer en los carteles con su nombre propio.
Pasó a ser el marido de Lola Flores. Hay que detenerse aquí un momento para que lo que viene después tenga el peso que merece. El Pescaian no era un guitarrista mediocre al que una estrella hizo famoso. Era un músico genuino que había construido un estilo propio. Pero el radio de influencia de Lola Flores no dejaba espacio para que nadie creciera cerca.
No por maldad, por física. Cuando una estrella de esa magnitud entra en una orbita, todo lo demás queda en segundo plano. No porque la estrella lo decida, sino porque la gravedad funciona así. Y el pescailla, que era un hombre de carácter y de orgullo, aprendió algo durante 38 años de matrimonio que pocos hombres de su generación habrían aceptado con la misma dignidad, que su lugar en esa familia no era el del proveedor ni el del patriarca, era el del hombre que sostenía lo que Lola no podía sostener cuando no estaba. Los

tres hijos llegaron en 5 años. Lolita en mayo de 1958. Antonio en noviembre de 1961, Rosario en noviembre de 1963. Y mientras los niños crecían, Lola seguía de gira. México, Argentina, Cuba, Brasil. Las giras no eran un mes, eran tres meses, cuatro a veces más. El 22 de abril de 1952, antes incluso de que nacieran dos de sus tres hijos, Lola Flores había zarpado hacia México por primera vez.
Lo que encontró al otro lado del Atlántico fue lo que ella misma llamó un segundo nacimiento. México en los años 50 era el epicentro del cine en español. Los estudios de Churubusco producían películas con una velocidad que dejaba asombrados a los europeos. Las estrellas del cine mexicano eran conocidas en toda América Latina y en España y la llegada de Lola Flores fue un evento.
Actuó en la sala Capri, grabó y pena, penita, pena, que se convirtió en su película más reconocida internacionalmente y recorrió Cuba, Brasil, Argentina y Ecuador en giras que generaban cifras que en la España de la posguerra sonaban a fantasía. Fue en la ciudad de México en 1954, donde el empresario que regentaba la sala donde actuaba le puso el apodo que la seguiría el resto de su vida.
La faraona venía de una película que iba a rodar con ese título y de algo que ese hombre supo ver antes que muchos. Una mujer que cuando entraba en una sala hacía que todo lo demás quedara en segundo plano, que gobernaba el espacio que ocupaba con una autoridad que no necesitaba proclamarse.
Lola siempre dijo que hubiera preferido que la llamaran simplemente Lola, la Lola de España. Pero la faraona se quedó porque el mundo a veces sabe mejor que uno mismo lo que uno es. En México rodó 11 películas en total a lo largo de diferentes visitas. La faraona, en brujo, Morena Clara, la niña de la venta.
Los estudios churubusquenses la recibían como a una estrella propia. El público mexicano, que tenía ya una tradición de adorar a sus cantantes y actores con una intensidad que en Europa era difícil de encontrar, adoptó a Lola Flores como si fuera de ahí, no como exportación española, como algo propio.
Eso tiene una explicación que va más allá de la simpatía. Lola Flores venía del sur de España, de una tradición cultural que el propio establishment español miraba con cierta condescendencia, de clase trabajadora, de un barrio flamenco, de una España que no era la España oficial de los discursos. Y en América Latina, donde la mayor parte del público también venía de los márgenes y también miraba con ambivalencia al centro que pretendía definir el gusto, esa identidad producía reconocimiento inmediato.
El apodo que le pusieron en México no era solo un título artístico, era una manera de decir que había algo en esa mujer que era mayor que ella misma. Hay algo de esos años americanos que dice más sobre Lola Flores fuera del escenario que cualquier actuación grabada. Aristóteles Onasis, que en esa época era uno de los hombres más ricos del mundo, intentó conquistarla en una reunión social.
Depositó billetes en su bolso. Lola lo miró, le devolvió el dinero y le dijo algo que los que estaban presentes recordarían durante décadas. Las palabras exactas variaron según quien las contara, pero el sentido era siempre el mismo. No necesito el dinero de ningún hombre, por muy que sea. Ricardo Montalbán, el galán mexicano de Hollywood, que en esa misma época hacía carrera en los estudios americanos, la acompañó una temporada.
La llamaba Madel Jetsy. Gary Cooper, según los cronistas de la época, la citó en un hotel y ella salió corriendo cuando él apareció en batín y zapatillas. Autre porn yor quedaron seducidas por ella en Marbella. Estas anécdotas que podrían leerse como el inventario de conquistas de una diva dicen en realidad algo más interesante, que Lola Flores no era la mujer que el mundo esperaba que fuera.
El hombre más rico del mundo le ofreció dinero y ella lo rechazó. El galán más guapo de Hollywood la invitó y ella se fue. Lola Flores hacía lo que quería con quien quería cuando quería, y lo que quería no siempre era lo que el mundo de los ricos y famosos esperaba. Esa respuesta en el mundo de los años 50, en el que las mujeres de éxito seguían dependiendo de hombres con dinero para sostener sus carreras era casi un acto político.
Lola Flores no lo vivió como política, lo vivió como lo más natural del mundo. Hay una frase que se le atribuye y que resume esa manera de estar en el mundo mejor que cualquier análisis. Virgen solo ha habido una y no he sido yo, sino la Virgen María. dicha en la España de Franco, donde la moral católica era ley y la sexualidad femenina era tabú, esa frase era una declaración de independencia disfrazada de chiste.
Hay un nombre que durante dos décadas no existió en la narrativa oficial de la familia Flores. Antonio Carrasco, conocido como el Junco, un bailarín y palmero del entorno del flamenco que entró en la compañía de Lola Flores en los años 70 sin anunciarse ni presentarse de ninguna manera particular. El junco no salió en las portadas, no apareció en las exclusivas de las revistas del corazón, no posó en las fotografías de familia y sin embargo, según testimonios que se dieron a conocer en programas de televisión
después de la muerte de Lola, el Junco estuvo durante más de 20 años. No fue una aventura de temporada, no fue una historia de unos meses. Fue, según quienes conocían a Lola en privado, el único espacio donde ella bajaba la guardia de verdad. Con el pescailla, el amor era real, pero el matrimonio llevaba décadas funcionando como un pacto.
Lo sagrado era que el clan no se rompiera. Con el junco había otra cosa, una intimidad que no necesitaba carteles ni aplausos. Lol nunca lo confirmó en vida. Su familia tampoco lo confirmó públicamente cuando ella vivía. El junco lo contó después en un plató con una serenidad que dependiendo de la perspectiva de quien lo escuchaba, podía leerse como la de alguien que dice la verdad o como la de alguien que sabe mentir.
Lo que sí es verificable es el efecto que esa situación, real o no, producía en el ambiente de la casa. Los hijos crecieron en una familia donde el padre era respetado pero equipsado, donde la madre era el motor, la economía, la autoridad y donde había algo que flotaba en el ambiente sin nombre, algo que los adultos no nombraban y que los niños absorbían de todas formas, como se absorben todas las verdades que los adultos prefieren no poner en palabras.
Antonio, el del medio, el más sensible de los tres, lo absorbió de una manera diferente a sus hermanas. En 1972, Lola Flores recibió un diagnóstico que en esa época tenía un peso diferente al que tiene hoy. Cáncer de mama. Los tratamientos de los años 70 eran más agresivos y menos precisos. La cirugía que los médicos recomendaban en los casos detectados en ese estadio implicaba con frecuencia la extirpación del seno afectado para garantizar la máxima posibilidad de control de la enfermedad.
Los médicos de Lola le recomendaron esa cirugía. Lola se negó. Optó por la quimioterapia y el cobalto, pero no por la operación. La razón que ella misma dio en diferentes momentos a lo largo de los años fue consistente. Su cuerpo era su instrumento de trabajo y era parte de su identidad como artista y como mujer.
No estaba dispuesta a ceder esa parte aunque la medicina se lo recomendara. Esa decisión tomada en 1972 tiene consecuencias que se prolongaron 22 años, no en remisión permanente, sino con el cáncer presente de maneras distintas. periodos de relativa estabilidad, recaídas que la llevaban al hospital, tratamientos que vaciaban sus energías y sus cuentas y siempre el escenario esperando.
Y Lola volviendo, 22 años de cáncer, de actuaciones, de escándalos, de familia, de quimioterapia en hospitales y de aplausos en teatros. Dos realidades paralelas que Lola Flores obtuvo al mismo tiempo durante más de dos décadas sin que España entera lo supiera. Lo que esos 22 años le costaron en términos financieros fue sustancial.
Las facturas médicas eran, según lo que contaron sus hijas después, una de las razones por las que las cuentas nunca terminaban de cuadrar. Y cuando Hacienda llegó a pedir lo que era de Hacienda, parte de lo que faltaba se había ido en médicos y en tratamientos. En marzo de 1987, la fiscalía presentó una querella contra Lola Flores y Antonio González por delito fiscal.
La acusación era no haber presentado las declaraciones de renta entre 1982 y 1985. 4 años de ingreso sin declarar. Hacienda reclamaba inicialmente 145 millones de pesetas. El número importa para entender lo que vino después. 145 millones de pesetas en 1987 era una suma que para un artista que seguía trabajando podía parecer manejable, pero que para alguien que llevaba 15 años pagando tratamientos de cáncer, que vivía con la mentalidad de quien siempre ha ganado en efectivo y gastado con la misma velocidad, resultaba imposible de reunir de golpe. El juicio
fue un espectáculo público que España no había visto de esa manera. Cámaras, fotógrafos, portadas durante semanas. Lola Flores entrando a la Audiencia Provincial de Madrid en cuatro sesiones distintas con cuatro vestidos distinto. Ese con la misma presencia escénica que tenía en el teatro, pero ahora en el banquillo de los acusados.
Lo que dijo ante el juez en una entrevista de televisión durante ese proceso pasó a la historia mal entendida. Muchas veces pienso, si una pesta diese cada español, podría pagar. La prensa la crucificó. Le tiraban pesetas desde los coches, desde las ventanillas al pasar. Tuvieron que acuñar un nuevo apodo.
Ya no era Lola de España, era Lola de Hacienda. Lo que esa frase decía en realidad era algo diferente a lo que parecía. Era la declaración pública de una mujer que durante décadas había ganado en efectivo, que había vivido sin asesores fiscales sólidos, que había pagado durante 15 años los tratamientos de un cáncer que el mundo no sabía que tenía y que llegó al sistema tributario de la España que entraba en la Unión Europea con la mentalidad de quien siempre había funcionado en otra España.
No era descaro calculado. Era la honestidad brutal de alguien que no había aprendido a disimular nada. La Audiencia Provincial de Madrid la absolvió en 1989 por un vacío legal. Hacienda recurrió. El 11 de enero de 1991, el Tribunal Supremo dictó condena, dos penas de un mes y un día de arresto y otras dos de 7 meses de prisión que no cumplió en efectivo por salir en libertad condicional.
Pero pagó, tuvo que pagar 28 millones de pesetas de multa. Para reunir ese dinero, la familia vendió el piso de la calle María de Molina, donde habían vivido 20 años. Lolita vendió su propia casa. Rosario trabajó sin descanso. El pescailla, que llevaba décadas a la sombra de su mujer, ahora era también el hombre que veía como el patrimonio construido en 40 años de trabajo se liquidaba ante un sistema que no había sido diseñado para los artistas que habían triunfado en otra época.
Con lo que quedó compraron una mansión en la urbanización La Moraleja de Alcovendas al norte de Madrid. La llamaron el Erele, como la canción del primer gran éxito de Lola. Como si después de perderlo casi todo fuera necesario reconstruir la identidad desde el nombre que había empezado todo. Pero hay algo sobre el Herele que ningún documental sobre Lola Flores ha contado completo.
En esa finca murieron tres personas de la misma familia en 4 años. Y la primera en morir fue Lola. Antonio Flores González nació el 12 de noviembre de 1961 en Madrid. El segundo hijo, el único varón, el que llegó al mundo con una sensibilidad que sus hermanas notaron desde el principio como algo diferente. No distinto en el sentido de superior, distinto en el sentido de que le faltaba la coraza que el mundo de los famosos exige para sobrevivir en él.
Creció en una casa donde la madre era el eje gravitacional de todo. El motor económico, la autoridad, la figura que tomaba las decisiones y que llenaba el espacio disponible con una energía que no dejaba mucho margen para que otros definieran el suyo propio. El pescadilla ya era respetado, pero eclipsado. Y Antonio, desde pequeño, aprendió a orbitar alrededor de Lola con una intensidad que ninguno de los adultos que lo rodeaban supo leer bien hasta que ya era tarde.
A finales de los años 70, el servicio militar lo arrancó de esa órbita por primera vez. Para un joven criado entre artistas, horarios caóticos, noches largas y una libertad casi absoluta, el cuartel fue una ruptura violenta con todo lo que había sido. De repente, Antonio González dejó de ser el hijo de la faraona y se convirtió en un número.
Quienes estuvieron cerca de él en esa época lo dijeron después con una claridad que duele. Ese periodo fue el comienzo de algo de lo que no supo salir del todo. La España de los años 80 atravesaba una epidemia silenciosa. La heroína no era un mito urbano, era una presencia real en bares, en camerinos, en cuarteles.
Artistas, músicos, actores, jóvenes sin rumbo, caían uno tras otro, no porque buscaran la destrucción, sino porque buscaban descanso. Antonio, con su sensibilidad extrema y su identidad todavía en construcción, encontró en esa época algo que le ofrecía lo que más necesitaba. No placer. Silencio interior.
La pregunta que nadie se hacía en voz alta y que lo acompañó durante el resto de su vida era la más sencilla y la más imposible de todas. ¿Quién soy yo sin mi madre? ¿Me aplauden por lo que hago o por quién me parió? Antonio Flores como músico era genuino. Sus canciones mezclaban el pop con elementos del flamenco de manera que no le debía nada al estilo de sus padres.
Sus letras tenían una crudeza diferente a la lírica de la copla. No es un hombre fácil, es su canción más conocida. Y quien la escucha sabiendo de dónde venía entiende que habla de alguien que sabe con exactitud lo que es vivir con un nombre que pesa más de lo que uno puede cargar solo. Cuando Antonio Flores dijo en una entrevista para informe semanal algo que fue citado en distintos medios de la época, dijo esto.
He tenido una historia con la droga que me ha hecho la vida imposible. Quería quitarme sin que mis padres se enterasen, pero es imposible. Necesitas ayuda hasta que les dije, “Mamá, papá, tenéis razón, ayudadme.” Esa frase dicha por un hombre de trein y tantos años en televisión dice más sobre la estructura emocional de la familia Flores que cualquier análisis.
Un hombre adulto que siente que tiene que esconder su dolor para no hacerles daño a sus padres, que cuando finalmente pide ayuda, lo hace pidiéndoles a ellos que le confirmen que tiene razón en pedirla. Eso no se construye en un día. Eso se construye en décadas de infancia con una madre que llenaba teatros en México mientras el niño aprendía a no esperar que llegara.
Hay una forma específica de amor maternal que no tiene nombre neutro, pero que los psicólogos clínicos que han estudiado este tipo de casos reconocen. Es el amor de quien convierte al hijo en el repositorio de todos sus miedos, en el guardián de una identidad familiar, en el centro de un universo propio construido con la mejor intención y el efecto más dañino.
Lola adoraba a Antonio. Eso no está en duda. Lo dijo en todas las entrevistas. Lo demostraba en cada aparición, le decía mi niño en las portadas. Pero el amor declarado en público no siempre se traducía en presencia diaria. Y esa contradicción vivida desde la infancia produce adultos de una manera específica.
Adultos que saben que los quieren pero no saben cuándo van a estar. Adultos que aprenden a no esperar para no sufrir la decepción. y adultos que cuando finalmente tienen a esa persona cerca no saben cómo estar en esa presencia sin perder el propio equilibrio. Antonio Flores había crecido dentro de esa dinámica y la había absorbido de una manera que sus hermanas, que tenían caracteres diferentes, procesaron de maneras distintas.
Lolita tenía la misma energía expansiva de Lola, la capacidad de ocupar el espacio propio sin que la presencia de Lola se lo quitara del todo. Rosario tenía una solidez emocional diferente. Antonio tenía la sensibilidad del artista sin las herramientas del superviviente. Cuando Lola descubrió el problema de Antonio con las drogas, reaccionó como siempre había reaccionado ante cualquier amenaza.
Con todo, centros de rehabilitación. médicos, vigilancia, amigos convertidos en guardianes, dinero destinado a tratamientos, la misma energía que llenaba teatros ahora dirigida a salvar a su hijo. Y en algún momento, según lo que testimonios posteriores permitieron reconstruir, le dijo algo a su hijo que era completamente verdad y completamente aplastante al mismo tiempo.
Que si eso lo destruía a él, la destruía a ella. que si él caía, ella caía con él. Dicho desde el amor más genuino, recibido como la carga que menos puede añadir a la suya un hombre que ya no puede sostenerse a sí mismo. Hubo también en esa época un episodio que los que estaban cerca de la familia recordaron como uno de los momentos más tensos de los últimos años de Lola.
Antonio se había relacionado con Amparo Muñoz, la actriz que había ganado Miss Universo en 1974 y que atravesaba también un periodo difícil. Los dos compartían el problema con las sustancias. Lola, cuando supo de la relación intervino. Habló con amparo directamente. Le pidió que se alejara de Antonio.
Una mujer de 70 años enferma terminal de cáncer, usando sus últimas energías en intentar controlar el mundo emocional de su hijo de treint y tantos. Ese gesto leído con distancia retrata el último intento desesperado de alguien que no ha aprendido a soltar el control, aunque el control ya no sea posible.
Desde el momento en que Lola le dijo a Antonio que si él caía, ella caía con él, Antonio no luchaba solo contra su propio vacío, luchaba también contra la culpa de ver a su madre consumirse por él. Y esa presión no salva, aplasta. Lo que había en el fondo no era maldad de ninguna parte, era amor mal dosificado.
Una madre que no sabía amar en dosis menores porque no había aprendido a medir nada en toda su vida, ni el dinero, ni el tiempo, ni la emoción, y un hijo que había crecido en ese amor como única referencia de escala y que no tenía otro tamaño disponible cuando el mundo exigía que funcionara solo.
Hay quienes dirán que esta lectura es injusta con Lola Flores, que era otra época, que hizo lo que pudo con lo que sabía. Y tendrán razón. Lola Flores fue un producto de su tiempo y de su clase social y de una industria que no le enseñó a separar el arte de la vida porque en ella nunca habían sido cosas separadas. El problema no es que fuera mala madre, el problema es que fue una madre tan total, tan absoluta, que no dejó espacio para que el hijo aprendiera a ser el sin ella.
En los últimos meses de la vida de Lola, Antonio se construyó una cabaña pequeña en el jardín de El Herele. No era una habitación de lujo, era una construcción básica detrás de la piscina con una cama, una mesilla, un baño pequeño. La había construido para estar cerca de su madre durante lo que ya todos sabían que iban a ser sus últimas semanas. Quería estar cerca.
No podía estar dentro de la casa principal porque la presencia física de Lola enferma en cama le resultaba demasiado para procesar desde adentro, pero tampoco podía estar lejos, así que construyó algo a 2 m de distancia. El 16 de mayo de 1995, Lola Flores murió en el Herele.
Tenía 72 años. El cáncer de mama metastásico que llevaba 22 años viviendo con ella finalmente la venció. murió en la casa que había construido como fortaleza, rodeada de sus hijos, de sus nietas y de Antonio González. España entró en duelo de manera inmediata. Las televisiones interrumpieron su programación.
Miles de personas se congregaron espontáneamente en las calles de Madrid. El funeral en el cementerio de la Almudena al día siguiente fue multitudinario. Antonio Flores estuvo en el funeral con el brazo escayolado. Nadie preguntó demasiado sobre la escayola ese día. Había demasiado que procesar. Lo que había pasado fue esto.
Cuando le comunicaron que su madre había muerto, Antonio salió de la habitación, fue al pasillo y golpeó la pared con tanta fuerza que se fracturó la mano derecha. No lloró en ese primer momento no habló, se rompió la mano contra una pared. Ese gesto leído con distancia no es el gesto de alguien que procesa una pérdida de manera esperada.
Es el gesto de alguien que no tiene mecanismo disponible para procesar lo que siente salvo a través del cuerpo. En los 14 días siguientes, Antonio Flores hizo lo que había hecho otras veces cuando no podía estar dentro de sí mismo. Bebió. Tomó las pastillas que tenía prescritas para la desintoxicación.
Pastillas que combinadas con alcohol producen efectos que los médicos que las recetan explican claramente al paciente que nunca deben combinarse con alcohol. Dejó de comer de manera regular, dejó de dormir. Su entorno intentaba vigilarlo sin invadir. Antonio decía que mañana estaría mejor. Lo repetía de una manera que quienes lo escucharon en esos días describieron después como demasiado tranquila.
La tranquilidad de quien ya tomó una decisión o la tranquilidad de quien genuinamente cree que el dolor tiene un límite. Con el tiempo, nadie supo cuál de las dos era. El 26 de mayo, 10 días después de la muerte de Lola, Antonio subió a un escenario en Pamplona para cumplir un compromiso previo.

Cantó con el cuerpo que tenía, que no era el cuerpo que necesitaba para estar en un escenario. Antes de terminar, señaló al cielo. Nadie que estaba ahí entendió en ese momento que era un cierre. La noche del 29 de mayo, en la cabaña del jardín de El Herele, Antonio González Flores murió.
El informe forense estableció una combinación letal de barbitúricos y alcohol. Las pastillas de desintoxicación más la ginebra produjeron una depresión respiratoria que evolucionó a parocardíaco antes del amanecer del 30 de mayo de 1995. Tenía 33 años. Una hija de 9 años llamada Alba. España lloró dos veces en 15 días y luego empezó a hacer lo que hace siempre con las tragedias que no puede entender del todo, convertirlas en mito.
Pero el mito tiene una última pieza que nadie puso en el centro. Cuando Lola murió, España lloró a Lola. Cuando Antonio murió, España lloró a Antonio. Los perfiles de esos días, los especiales de aniversario, los documentales que vinieron después, hablaron de la madre y el hijo, la faraona y el heredero del duende.
Antonio González Batista, el pescailla, apareció en esas historias como contexto. Como el marido que sobrevivió, como el padre que tuvo que enterrar en 15 días a su mujer y a su único hijo varón. 70 años y 38 de matrimonio con la persona alrededor de la cual había construido su mundo entero. Después del mayo de 1995, el Pescailla siguió viviendo en el Herele, en la misma casa, en la misma finca, en el mismo jardín donde estaba la cabaña donde había muerto su hijo.
Los que lo visitaban en esa época describían a un hombre que ya no hablaba de la misma manera, que tardaba en responder, que miraba a un punto detrás de los ojos de quien le hablaba. La depresión llegó primero, luego una enfermedad hepática que los médicos calificaron de irreversible. Luego, en 1997, un cáncer de Colón por el que fue operado siguió en el Edele.
Lo que siguió al mayo de 1995 para el Pescadilla fue lo que los médicos llamarían duelo complicado y lo que en términos cotidianos es un hombre que ya no tiene motivo para levantarse de la cama de manera consistente. Seguía en el Herele, en la misma casa, en el mismo jardín. Lolita y Rosario lo visitaban.
Los nietos pasaban tiempo con él, pero quienes lo veían en esa época describían algo que no tiene traducción directa en palabras, la mirada de alguien que ya terminó de pedir cosas al mundo. Antonio González Batista había pasado 38 años de matrimonio siendo el marido de Lola Flores.
Había sacrificado su carrera propia en el altar de esa unión. Había criado tres hijos en la medida en que la dinámica de esa familia se lo permitió. Había sostenido lo que Lolan no podía sostener cuando no estaba y había enterrado a su mujer y a su único hijo varón en 15 días de mayo que ningún ser humano puede procesar de manera ordenada.
Los médicos diagnosticaron la depresión. Luego llegó una enfermedad hepática que calificaron de irreversible. El hígado, que es el órgano que los médicos asocian con más frecuencia a las emociones acumuladas en la medicina tradicional, se dio primero. Luego, en 1997, le detectaron un cáncer de colón.
Fue operado. Sobrevivió a la operación. Siguió en el Herele. 4 años solo en la misma finca donde habían muerto los dos. 4 años mirando el jardín donde estaba la cabaña que Antonio había construido para estar cerca de su madre, 4 años con el peso de un apellido que ya no le pertenecía a él, sino a las hijas, a los nietos, a Alba Flores, que crecía y que se parecía más a su abuela de lo que cualquiera había previsto.
El 12 de noviembre de 1999, Antonio González Batista, el Pescailla, murió en el Herele. Tenía 74 años. el 12 de noviembre. Para que quede claro por qué esa fecha importa de una manera que no se puede ignorar una vez que se ve, el 12 de noviembre de 1961 es el día en que nació Antonio Flores González, el hijo del Pescadilla.
El padre murió el mismo día en que su hijo habría cumplido 38 años, en la misma finca donde lo había enterrado 4 años antes. No sabemos si el cuerpo elige. No sabemos si hay en la carne una memoria de las fechas que marcaron la vida. Pero hay algo en esa coincidencia que no deja indiferente a nadie que la escucha una vez y la entiende del todo.
Tres muertes, 4 años, la misma finca, la misma familia y una fecha que cierra el ciclo de una manera que ningún guionista se habría atrevido a escribir. Los últimos meses de Lola Flores fueron, según lo que contaron sus hijas en distintas entrevistas en los años posteriores, una mezcla de paz y de despedidas.
La gran artista había aceptado lo que venía. Pedía ver a sus nietas. Alba Flores, hija de Antonio, tenía entonces 9 años. Elena Furiase, hija de Lolita, tenía siete. Las dos niñas se acercaron a la cama de su abuela durante esas últimas semanas y Lola, según contaron sus hijas, se despidió de cada una sin que las niñas entendieran del todo lo que estaba ocurriendo.
Hay un gesto de esas semanas que quienes lo presenciaron recordaron durante años. Lola, postrada en la cama, llamó a Antonio González, lo abrazó, lo besó. y le pidió perdón. ¿Por qué le pedía perdón? Es algo que quedó entre los dos. Nadie más en esa habitación supo el contenido exacto de lo que pasó.
Pero el pescailla, que llevaba 38 años, siendo el marido de Lola Flores, recibió ese gesto con el silencio de quien lleva mucho tiempo esperando algo sin saber exactamente qué. En los días finales, Lola ya no podía levantarse. El cuerpo había llegado a su límite después de 22 años peleando contra un cáncer al que había decidido enfrentar desde sus propias condiciones.
Subió al escenario enferma, agotada, endeudada, pero erguida, hasta que el cuerpo dijo que no. Murió como había vivido, en sus términos en su casa, rodeada de los suyos, sin hospitales ni máquinas que aplazaran lo inevitable. Hay un tipo específico de valentía que no es la valentía de quien no tiene miedo.
Es la valentía de quien tiene miedo y sigue de todas formas. Lola Flores la tuvo durante 22 años con el cáncer. La tuvo en el banquillo de hacienda, la tuvo cada vez que el escenario estaba lleno y ella salía a enfrentar esa energía de la multitud que puede aplaudir o puede silvar y que nunca da garantías. Yo tengo más fuerza que Chernóy dijo una vez. Era una brabata.
Era también la verdad más literal que pudo decirse sobre alguien que vivió 22 años con cáncer y siguió actuando. El documental que España ve mañana sobre Lola Flores va a contar lo que ya conocen. La faraona, el flamenco, México, el duende, Hacienda. La frase de la peseta. La muerte de Antonio. El legado de Lolita, de Rosario, de Alba Flores en la casa de papel.
Lo que no va a contar es esto. No va a contar que el Herele, la finca que Lola compró como símbolo de que seguía siendo Lola Flores a pesar de haber perdido casi todo, fue también el escenario de tres muertes en 4 años. No va a contar que el hombre que esperó 6 años para casarse con ella, que pasó 38 años a su sombra, que la enterró, que enterró a su hijo 15 días después, que vivió solo en esa casa durante 4 años más, murió el mismo día del cumpleaños del muchacho que ya no podía cumplir años.
No va a contar que la cadena causal que va de Lola Antonio a el Pescailla no es una sucesión de tragedias indepen. Dientes es una sola historia, una estructura, una familia construida tan alrededor de un único eje que cuando ese eje desapareció, lo que quedaba no sabía funcionar. Lola Flores no causó las muertes de Antonio y del Pescadilla de manera consciente.
Sería injusto decirlo y sería mentira. Pero la arquitectura emocional que construyó ese clan donde ella era el centro de gravedad y donde nadie había aprendido a tener un centro de gravedad propio, fue el arquitecto involuntario de lo que vino después. ¿Hay algo más que necesita decirse sobre el legado de esta historia? Alba Flores, la hija de Antonio, tenía 9 años cuando su padre murió en mayo de 1995.
No la llevaron al velatorio, no fue al funeral. Según lo que ella misma ha contado en distintas ocasiones en entrevistas y en el documental que presentó años después, no fue capaz de ir al cementerio a ver la tumba de su padre durante mucho tiempo. Creció con un apellido que pesaba como una corona y como una lápida al mismo tiempo.
En el colegio la reducían a una etiqueta que dolía. El silencio fue su defensa durante años. Ese silencio se rompió décadas después. Ya adulta, Alba revisó el informe forense, leyó los documentos médicos, escuchó grabaciones y en ese proceso entendió algo que había tardado años en poder mirar de frente, que la historia de su padre no era la caricatura que el mito había construido, que era la historia de un hombre frágil, genuinamente talentoso, desbordado por un amor que no sabía dosificarse.
Y luego ese mismo apellido, el que pesaba como una lápida, lo llevó a los escenarios más grandes de Europa. La Casa de Papel Visabis, personajes que los directores describían de la misma manera que los que habían visto a su abuela actuar. Algo que no se puede explicar, pero que se siente en la sala.
El árbol que plantó la niña de la calle Sol de Jerez de la Frontera en 1923 sigue dando fruto tres generaciones después. Lolita, Rosario, Alba, Elena Furiace, Lola González, todos con algo del duende, todos cargando algo del peso. La faraona no eligió ese apodo, pero sí eligió, sin saber que lo estaba eligiendo, construir una familia tan centrada en ella que cuando ella se fue, los que más la amaban no tenían mecanismos para quedarse.
Volvamos a la finca. Noviembre de 1999. El jardín de El Herele en la Moraleja, al norte de Madrid. Las hojas llevan semanas sin que nadie las recoja. La piscina vacía, igual que en los veranos anteriores. La cabaña detrás de la piscina, la que Antonio construyó con sus manos en 1993 para estar cerca de su madre moribunda, la misma en la que él murió en mayo del 95, sigue en pie.
Nadie la derribó. Nadie tuvo el valor o la energía de hacerlo. Y dentro de la casa principal, en la habitación que un día olió a perfume caro y a flores frescas, el hombre que esperó 6 años, que pasó 38 a la sombra, que enterró a su mujer y a su hijo en 15 días de mayo, que vivió 4 años solo en esa finca que ya no era el símbolo de nada, sino el escenario de tres ausencias, murió el 12 de noviembre, el mismo día en que nació el hijo que ya no podía cumplir años.
Tres muertes, una finca, un apellido que pesa como una corona y como una lápida al mismo tiempo. Lola Flores fue libre cuando España no lo era. Fue gitana cuando ser lo implicaba ser discriminada. Fue honesta cuando ser honesta le costó un juicio público. Fue ella misma cuando ser uno mismo era el lujo más caro que existía.
Y esa misma autenticidad radical, que es lo que el pueblo ama y lo que los documentales celebran, fue también el fuego que, sin quererlo, sin calcularlo, sin desearlo, consumió a los que vivieron más cerca de la llama. El brillo de los ojos no se opera. Eso lo dijo ella. Y es verdad, pero el brillo de una estrella, cuando es demasiado intenso, cambia para siempre a los que vivieron en su órbita.
En el próximo episodio vamos a hablar de Isabel Pantoja, la mujer que Paquirri eligió después de Lolita, la que Lola Flores nunca terminó de perdonar del todo y la que conoce mejor que nadie lo que significa cargar con el peso de un apellido que el mundo no te va a dejar olvidar nunca. ¿Ustedes creen que Lola Flores hubiera perdonado a Isabel Pantoja si hubiera vivido más tiempo? M.