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Lola Flores: 3 Muertes en 4 Años en la Misma Casa — Lo que el Documental No Contará

Lola Flores: 3 Muertes en 4 Años en la Misma Casa — Lo que el Documental No Contará

La finca huele a tierra mojada y a flores que llevan semanas sin agua. Es noviembre de 1999. 4 años después de que España llorara dos veces en 15 días, la casa que Lola Flores llamó como su primera canción sigue en pie. Lerele, una mansión en la urbanización La Moraleja  al norte de Madrid, rodeada de jardín y de una piscina que nadie usa desde hace mucho tiempo.

Dentro, en una habitación que olió durante décadas a perfume caro y a cigarrillos apagados, hay un hombre que ya no habla casi con nadie. Antonio González Batista, el pescailla, tiene 74 años.  En los últimos 4 años ha enterrado a su esposa y a su único hijo varón. Y hay algo que los que lo visitaban en esa época describían de la misma manera, sin ponerse de acuerdo, la mirada de un hombre que ya terminó de pedir cosas.

 El 12 de noviembre de 1999,  el Pescadilla muere en esa misma casa donde murieron los dos. 12  de noviembre. Esa fecha en el Registro Civil de 1961 es  el día en que nació Antonio Flores González. El hijo al que el Pescadía  había enterrado 4 años antes. El padre murió el mismo día en que su  hijo habría cumplido 38 años.

 Eso no lo va a contar el documental  que España ve mañana. Eso es lo que vamos a contar nosotros hoy. Tres  muertes en la misma finca en 4 años. La mujer más famosa de España, su hijo,  el músico que la adoraba hasta perder el equilibrio y el hombre que pasó 38 años a la sombra de esa mujer que la enterró, que enterró a su hijo 15 días después y que murió solo en esa casa 4 años más tarde,  el mismo día del cumpleaños del muchacho que ya no podía cumplir años.

Esta no es la historia de Lola Flores que ya conocen. Esta  es la historia de la familia que el mito construyó y luego aplastó uno por uno, sin que ningún documental se atreviera a contarla  completa. Hoy vas a descubrir cuatro cosas. Primera,  lo que el pescailla pagó durante 38 años por vivir a la sombra de Lola Flores  y lo que ese precio le costó cuando la sombra desapareció.

Segunda, la decisión médica que Lola tomó en 1972 contra el Consejo  de sus médicos y lo que esa decisión le costó a ella y a la familia durante más  de dos décadas. Tercera, el escándalo de Hacienda y lo que nadie contó de la cifra exacta que tuvieron que reunir y de quién tuvo que vender, que para pagarla.

Y cuarta,  la fecha del 12 de noviembre de 1999, que es la pieza que cierra un ciclo que España nunca quiso ver completo. Guarda esa fecha, la vamos a necesitar al final.  María Dolores Flores Ruiz nació el 21 de enero de 1923 en el número  45 de la calle Sol del barrio de San Miguel en Jerez de la Frontera,  Cádiz.

Su padre, Pedro Flores Pinto tenía una taberna. Su madre,  María del Rosario Ruiz Rodríguez, era costurera. Cuatro generaciones atrás, un bisabuelo vendedor de aceite de apellido  Manuel aportaba la única sangre gitana del árbol genealógico. Una cuarta parte de sangre  caló como mucho.

 Lo que nadie puede explicar del todo es por qué esa niña en ese  barrio, con esos padres nació con lo que en el flamenco llaman duende. No era la mejor bailadora de Jerez. Había quienes  la superaban técnicamente. No era la mejor cantante, tampoco la más disciplinada ni la más aplicada. Pero cuando salía a actuar en  los bautizos del barrio con 12 o 13 años, pasaba algo que los que la vieron entonces describieron de la misma manera durante el resto de  sus vidas.

La sala cambiaba, el aire cambiaba. No sabían explicar el por qué, pero lo sentían. El duende no se aprende, ni se compra ni se imita. Se tiene o no se tiene. El 10 de octubre de 1939,  con 16 años recién cumplidos, Dolores Flores Ruiz subió al escenario del Teatro Villamarta de Jerez  como telonera de una compañía establecida.

La España de ese momento acababa de salir de una guerra civil que había dejado al país con hambre, con miedo y con una censura que decidía que se podía decir y que no. En ese contexto, una joven que se anunciaba como Lolita Flores, Imperio de  Jerez, joven canzonetista y bailarina, pisó un escenario y dejó a la  sala sin habla.

 Ese nombre artístico no duró mucho. Era un homenaje a la bailadora pastora Imperio y a su ciudad, pero le quedaba grande y le quedaba pequeño al mismo tiempo. Lola Flores, simple,  directo, inconfundible, fue el que se quedó. La familia se trasladó a Madrid a principios de los años 40.  El talento necesitaba la capital para desarrollarse.

Mreed en la posguerra era una ciudad oscura, pero el espectáculo seguía funcionando porque la gente necesitaba  exactamente eso cuando la realidad era tan dura. Hay un detalle de esos primeros años en Madrid que explica lo que Lola Flores era en el escenario mejor que cualquier análisis. En 1942,  siendo todavía telonera de la compañía Maripaz en el Teatro Cómico de Madrid, cantó el Herele.

 El número no era extraordinario en papel. Era una canción popular sin pretensiones literarias,  pero en la voz y en el cuerpo de Lola Flores se convirtió en algo diferente. El éxito fue  tal que pasó de ser telonera a encabezar el reparto en cuestión de semanas. Y esa canción, la que la  catapultó, fue la que 20 años después le daría nombre a la finca en la que tres miembros de su familia morirían.

 En 1943, en la órbita de las compañías de flamenco que recorrían España, Lola Flores  conoció a Manolo Caracol. Manuel Ortega Juárez era el cantador  más respetado del flamenco español, 12 años mayor que ella, casado, con hijos y una figura intocable del cantejondo.  Cuando vio bailar a Lola Flores en un tablao de Madrid, según las crónicas de la época, algo cambió en el que no había  cambiado con nadie antes.

 Lo que empezó como una asociación artística se convirtió en una relación de 8 años que marcó a Lola Flores de una manera que nadie que la vio actuar en esa época supo separar del flamenco que cantaba. Sabían  de qué hablaba cuando cantaba. Lo sabían porque lo veían. El espectáculo  que montaron juntos se llamó Sambra.

Quintero, León y Quiroga escribieron el material. El número culminante  era la niña de fuego. Y de ese espectáculo salió la Sarsamora. que es quizás la canción que más se asocia con Lola Flores a pesar de los centenares que interpretó  a lo largo de su vida. Sarzamora, Sarzamora, que mi corazón espina son las tuyas para mi corazón.

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