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Clint Eastwood PARÓ su estreno y dejó a 500 periodistas SIN PALABRAS

Clint Eastwood PARÓ su estreno y dejó a 500 periodistas SIN PALABRAS

A las ocho y diecisiete de la noche, cuando las luces del Teatro Imperial de Los Ángeles ya se habían apagado y quinientos periodistas contenían la respiración esperando la primera imagen de la película, Clint Eastwood levantó una mano.

No fue un gesto grande.

No gritó.

No hizo teatro.

Solo levantó la mano, como esos hombres antiguos que no necesitan tocar una campana para detener una ciudad entera.

Y el proyector se detuvo.

La pantalla quedó blanca. Muerta. Fría.

Durante tres segundos nadie entendió nada. Luego empezaron los murmullos. Cámaras moviéndose. Tacones contra la alfombra. Un productor joven, de esos que huelen a perfume caro y miedo barato, corrió hacia el pasillo central con el rostro descompuesto.

—Señor Eastwood, por favor… esto está en directo para treinta y dos países.

Clint ni lo miró.

Tenía noventa y tantos años, el cuerpo más delgado de lo que la leyenda permitía imaginar, la espalda algo curvada, pero los ojos… Dios mío, los ojos seguían siendo los de un hombre que podía vaciar una sala sin sacar un arma.

Se inclinó hacia el micrófono.

—No empieza nada —dijo— hasta que esa mujer vuelva a entrar.

La sala entera se congeló.

Yo estaba en la fila siete, asiento doce, con la libreta apoyada en la rodilla y la acreditación de prensa colgándome del cuello. Había cubierto estrenos, funerales, juicios, ruedas de prensa donde todo el mundo mentía con una sonrisa. Creía haberlo visto todo.

Pero aquella noche no.

Aquella noche, uno de los hombres más duros del cine detuvo el estreno de su propia película por una anciana con uniforme de limpieza que acababan de sacar por una puerta lateral como si fuera basura.

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