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Zeros Japoneses IMPARABLES… Hasta que un Piloto Descubrió su Punto Débil

Zeros japoneses imparables… hasta que un piloto descubrió su punto débil

La primera vez que vi un Zero japonés venir hacia mí, entendí por qué algunos hombres rezaban antes de morir aunque jamás hubieran pisado una iglesia.

No era un avión. No al principio. Era una sombra blanca que caía del sol, ligera, elegante, casi hermosa, y eso era lo peor. Porque la muerte, cuando se presenta con belleza, tarda un segundo más en ser reconocida.

Aquel mediodía, sobre el Pacífico, el cielo parecía limpio. Demasiado limpio. Volábamos en formación rota, cinco P-40 cansados, con la pintura comida por la sal y las balas, escoltando a dos bombarderos que apenas podían mantenerse en el aire. El mar abajo brillaba como una sábana de vidrio azul. Yo recuerdo haber pensado, de una forma estúpida y tranquila: si sobrevivo a esto, nunca volveré a quejarme de la lluvia.

Entonces la radio se llenó de gritos.

—¡Arriba! ¡Arriba, maldita sea! ¡Vienen desde el sol!

Levanté la cabeza.

Doce puntos negros se abrieron como semillas en la luz. Después fueron alas. Después fueron cazas. Y después, cuando ya era tarde para fingir que podíamos escapar, fueron Zeros.

El primero pasó tan cerca que vi el destello rojo de su insignia en el fuselaje. El segundo se colocó detrás de Charlie Benson, mi compañero de tienda, el hombre que la noche anterior me había enseñado una foto arrugada de su hija de tres años. Charlie intentó girar. Grave error. El P-40 gruñó, pesado, obediente pero torpe. El Zero lo siguió como si no tuviera peso, como si el aire le perteneciera.

Las trazadoras cruzaron el cielo.

El avión de Charlie no explotó de inmediato. Eso lo hizo peor. Se incendió por debajo, una llama naranja mordiéndole el vientre, y durante un instante escuché su respiración por la radio. No palabras. Solo respiración. Como si estuviera buscando una puerta en una habitación llena de humo.

—Salta, Charlie —dije—. ¡Salta!

No saltó.

El P-40 cayó hacia el mar dejando una cola negra. Y en ese segundo, con el estómago convertido en piedra, comprendí algo que nadie nos había enseñado en los manuales: los japoneses no necesitaban ser más fuertes. Solo necesitaban obligarnos a pelear a su manera.

Yo estaba furioso. También estaba aterrado. Y quien diga que en combate no hay miedo, miente o nunca ha visto a un amigo arder dentro de una cabina.

El Zero que mató a Charlie subió de nuevo, giró con una gracia imposible y vino por mí.

Tenía dos opciones: girar y morir como él… o hacer algo tan absurdo que quizá el enemigo no lo esperara.

Empujé la palanca hacia delante.

Mi avión se lanzó en picado.

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