Posted in

Harfuch abre la bóveda del Don Corleone mexicano: el “Profesor” Hank cobró a 5 presidentes

Washington, Distrito de Columbia. 3 de la madrugada. 18 de mayo de 1998. La DEA levantó el teléfono y le habló al presidente Cedillo. Tenemos a Hank. Del otro lado del teléfono. Silencio. Porque Carlos Hank González no era un narco cualquiera. No era un sicario, no era un capo, era un maestro de escuela.

un maestro de escuela rural del Valle de Toluca que 30 años antes ganaba menos que un albañil. Y esa madrugada, según el informe que se filtraría meses más tarde a la prensa estadounidense, la agencia antidrogas más poderosa del mundo tenía rastreados más de 1300 millones de dólares atribuidos a una red familiar que llevaba su apellido.

Cedillo colgó. Al día siguiente, según trascendió en su momento, el informe se enterró hasta hoy, porque Arfuch acaba de desempolvar el archivo que cinco presidentes mexicanos quisieron borrar para siempre. Y lo que hay dentro va a explicarte por qué México es lo que es. Ciudad de México, madrugada.

Una bodega resguardada al sur de la capital, donde se conservan los expedientes de los grandes casos del siglo pasado. Casi nadie sabe que ese lugar existe. Los pocos que lo saben no hablan. Arfuch entra solo. La puerta de acero se cierra detrás de él con un golpe seco. Enciende la luz. El foco fluorescente parpadea dos veces antes de quedarse fijo.

El aire huele a papel viejo, a polvo asentado, a humedad de bóveda que no se quita en años. Al fondo, un estante metálico con las orillas oxidadas. Al fondo, cajas archivadas por sexenio. Años 70, años 80, años 90. Camina lento. Los zapatos suenan sobre el cemento pulido. Cada paso un pequeño eco. Cada eco un poco más fuerte que el anterior, como si el silencio del lugar no quisiera dejarlo pasar.

Llega al estante del 98, saca una caja gris, la deja sobre la mesa de metal. Tres golpes secos. El rótulo dice Carlos Hank González. Operación Casablanca. 200 hojas adentro, sellos de la DEA, firmas de procuradores que ya están muertos, nombres tachados con tinta negra y una fotografía del profesor sonriendo a la cámara con un caballo pura sangre detrás.

El caballo es blanco, el sombrero del hombre de fieltro gris, el reloj de oro asomando bajo la manga del traje. La foto está fechada en la primavera de 1997, 4 años antes de su muerte. Arfuch abre la primera página. Se detiene un momento. Respira. Porque para entender lo que hay en este expediente, primero tienes que entender quién fue Carlos H.

González. ¿Y por qué cinco presidentes de México decidieron dormir en paz? Aunque sospecharan, aunque supieran lo que ese hombre había hecho. Si llegaste hasta aquí es porque algo en este caso te llamó la atención. A lo mejor recuerdas el nombre. A lo mejor lo escuchaste alguna vez en boca de tu papá en una sobremesa de domingo cuando todavía se hablaba bajito de los hombres que mandaban en este país.

A lo mejor solo viste la palabra Hank en el periódico Una mañana del 98 y pasaste de página porque eso parecía cosa de los de arriba, lejos de tu chamba, lejos de tu casa, lejos del recibo de luz que llegó esa semana con un aumento que a ti nadie te explicó. Déjame decirte algo antes de empezar.

Este expediente tiene cuatro revelaciones, cuatro cosas que casi nadie sabe y que casi nadie quiere recordar. La primera, como un maestro rural sin un peso en el bolsillo, construyó una de las fortunas políticas más grandes del siglo XX mexicano sin disparar un solo tiro. No fue suerte, no fue azar, fue un método y vas a aprenderlo conmigo paso por paso.

Segunda, los nombres de los cinco presidentes que lo protegieron no son cinco políticos cualquiera. Son cinco presidentes que tú votaste o que tu papá votó o que viste en la televisión jurando defender la Constitución con la mano en el pecho. Y cuando entiendas por qué ninguno de ellos abrió un solo expediente, vas a entender también por qué muchas otras cosas en este país nunca se aclararon.

La tercera, ¿qué fue lo que la DEA encontró? esa madrugada en Washington y por qué el gobierno mexicano gastó hasta el último cabello para que ese informe nunca llegara a tribunales. Lo que ese reporte decía sobre los caballos Pura Sangre, sobre los bancos en Texas, sobre las cuentas a nombre de su hijo, todavía hoy se lee como una novela negra que nadie se atrevió a llevar al cine.

Y la cuarta, esta es la más pesada de todas, porque Carlos Hank González murió en agosto del 2001. Pero el sistema que él construyó, las familias que él entrenó, los discípulos que él formó siguen mandando en este país. Y vas a entender por qué cuando termines de escuchar esto no vas a poder ver las noticias de la misma manera.

Te voy a avisar cuando llegue cada una. Ahora vámonos al principio. Para entender a Carlos Han González, hay que entender el México en el que nació. 1927. Álvaro Obregón estaba a punto de ser asesinado en un restaurante de San Ángel. Plutarco Elías, calles construía la maquinaria que después se llamaría Partido Revolucionario Institucional.

El partido que iba a gobernar este país durante 70 años sin perder una sola elección presidencial. El país estaba saliendo de la guerra cristera. Había muerto sin enterrar en muchos pueblos del vajío. En la radio empezaban a escucharse los primeros boleros de Agustín Lara. Esa voz delgada y triste que con el tiempo iba a ser la banda sonora de varias generaciones.

En los pueblos del Estado de México, la gente todavía se trasladaba a caballo, en carreta o a pie. La energía eléctrica era un lujo. El agua se cargaba en cubeta. Los maestros rurales eran tratados con respeto, pero pagados con migajas. En Santiago Tianguistenco, un pueblo del valle de Toluca de no más de 5,000 habitantes, nació un niño llamado Carlos Hank González el 14 de julio de 1927.

Su padre, Juan Geor Hank era un inmigrante alemán que había llegado a México años antes, huyendo del desorden europeo posterior a la Primera Guerra Mundial. Su madre, Juana González, era maestra rural mexicana, hija de la tierra, católica de Iglesia y de Rosario, con esa fe sencilla del campo que no pide explicaciones porque no las necesita.

dos sangres, dos lenguas en la misma casa y un niño que aprendió desde chico, que el mundo se medía en oportunidades, no en herencias. El papá murió cuando Carlos era todavía muy pequeño. Esa pérdida temprana, según contaron después algunas crónicas, dejó marcas. La madre tuvo que sostener la casa con un sueldo de maestra rural que en aquellos años apenas alcanzaba para el frijol y el maíz.

Read More