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7 monjas desaparecieron en una peregrinación en 2001 — en 2025, un diario encontrado revela todo

7 monjas desaparecieron en una peregrinación en 2001 — en 2025, un diario encontrado revela todo

A las dos y trece de la madrugada del 18 de marzo de 2025, un albañil llamado Julián Rivas golpeó con su martillo una pared falsa del antiguo convento de Santa Teresa y escuchó algo que no sonaba a ladrillo.

Sonaba hueco.

Eso, en una obra normal, habría sido una molestia. Una tubería vieja. Un nido de ratas. Tal vez una botella escondida por algún trabajador de otra época. Pero Julián no estaba en una obra normal. Estaba en el pasillo norte del convento donde, veinticuatro años atrás, habían vivido siete monjas que desaparecieron durante una peregrinación y nunca volvieron.

Ni vivas.

Ni muertas.

Ni santas.

Ni pecadoras.

Simplemente se esfumaron.

El hombre apartó el polvo con la manga, metió la punta del cincel y sacó un bloque de yeso viejo. Detrás apareció una caja metálica, pequeña, oxidada, envuelta en tela de hábito. Tenía una cruz tallada con un clavo y una frase escrita con tinta casi borrada:

“Si encuentran esto, no crean la historia que les contaron.”

Julián dijo después que en ese momento sintió que alguien lo miraba desde el fondo del pasillo. No una persona. No exactamente. Más bien una presencia pesada, como si la casa entera hubiera despertado después de años fingiendo dormir.

Yo recibí la llamada veinte minutos después.

—Lucía, tienes que venir —me dijo él, con la voz rota—. Encontramos algo de tu tía.

Yo estaba en mi apartamento, en Madrid, editando una nota aburridísima sobre la restauración de edificios religiosos en Castilla. Tenía un café frío al lado del teclado y la espalda molida. Cuando escuché “tu tía”, se me secó la boca.

Porque en mi familia había una regla no escrita: de Sor Clara no se hablaba.

Sor Clara era mi tía. La hermana menor de mi padre. Una mujer de ojos dulces que, según las pocas fotos que conservábamos, parecía haber nacido ya con una paciencia antigua. En 2001, ella subió a un autobús con otras seis religiosas para hacer una peregrinación hasta el santuario de Nuestra Señora del Monte. Nunca llegó. El autobús apareció vacío en una carretera secundaria, con las puertas abiertas, siete rosarios sobre los asientos y una mancha oscura en el suelo que nadie quiso explicar bien.

La versión oficial fue simple: accidente, secuestro, crimen sin resolver, archivo cerrado por falta de pruebas.

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