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11 Estudiantes Desaparecieron en las Grutas de Cacahuamilpa en 2012 — 9 Años Después, Hallaron Algo

El diario bajo la piedra

No debí abrir aquel diario.

Lo digo ahora, con las manos todavía temblando y el olor húmedo de las Grutas de Cacahuamilpa metido en la ropa, como si la piedra me hubiera respirado encima durante horas. Lo digo porque hay objetos que no están perdidos. Están esperando. Y aquel cuaderno negro, hinchado por la humedad, con las esquinas comidas por el moho y una cruz oxidada cosida en la portada, llevaba veinticuatro años esperando a que alguien lo encontrara.

Lo encontró un niño.

Un niño de doce años que se metió donde no debía, detrás de una baranda rota, en una galería cerrada al público desde hacía décadas. Su padre gritó su nombre tres veces. A la cuarta, el muchacho respondió con una voz que ya no sonaba a juego.

—Papá… aquí hay huesos.

Yo llegué esa misma noche porque mi hermana me llamó desde Taxco. “Valeria, no preguntes. Ven. Es sobre los estudiantes.” Y cuando alguien en mi familia decía “los estudiantes”, no hacía falta agregar más. En 2012, once jóvenes habían desaparecido en esas grutas durante una excursión universitaria. Once mochilas quedaron en el autobús. Once teléfonos dejaron de emitir señal casi al mismo tiempo. Once familias envejecieron de golpe frente a cámaras, fiscales, veladoras y promesas huecas.

Mi primo Diego era uno de ellos.

Durante nueve años, nos dijeron que fue un derrumbe. Luego que se habían escapado. Luego que quizá se perdieron en túneles no registrados. Luego nada. El silencio, en México, a veces tiene oficina, sello y horario de atención.

Pero en 2021 hallaron la primera señal: una cámara vieja, envuelta en plástico, escondida en una cavidad detrás de una formación calcárea. Dentro había fotografías borrosas. Rostros con miedo. Una pared marcada con siete cruces. Y una frase escrita con tierra en la roca:

“Las monjas ya lo sabían.”

Nadie entendió qué significaba.

Hasta 2025.

Hasta que el niño encontró los huesos.

Hasta que los peritos levantaron una piedra plana, demasiado perfecta para ser natural, y debajo apareció el diario. No un diario cualquiera. Era el diario de Sor Inés del Socorro, una de las siete monjas benedictinas desaparecidas en 2001 durante una peregrinación que, según la versión oficial, nunca llegó a su destino por una tormenta en la sierra.

Lo abrí sin permiso. Sí. Lo hice.

Y en la primera página, escrita con una letra fina, nerviosa, casi infantil, leí una frase que me heló la sangre:

“Si alguien encuentra esto, no rece por nosotras. Busque a los once muchachos. Ellos todavía pueden ser salvados.”

El problema era que esa frase había sido escrita en marzo de 2001.

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