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Lo Que Encontraron en el Rancho de Gary Cooper: Los Oscuros Secretos y Escándalos Detrás de la Leyenda de Hollywood

Pocas semanas antes de su prematura muerte en abril de 1961, uno de los hombres más icónicos e idolatrados del cine clásico, Gary Cooper, realizó una última y melancólica visita a su adorado rancho en Montana. Detrás de él, en ese extenso y remoto terreno conocido como el Seven Bar, quedaron ocultos durante largas décadas secretos invaluables: una colección privada de pinturas, reliquias que revelaban su verdadera esencia y una rústica silla de montar que literalmente inspiró la historia visual de la era dorada de Hollywood. Pero, más allá de los objetos inanimados, aquel rancho guardaba el corazón y el alma de un hombre que, a lo largo de toda su vida, huyó constantemente del peso aplastante de la fama, sufrió silenciosas crisis nerviosas y luchó encarnizadamente por mantener la cordura en una industria implacable.

Para entender el inmenso misterio y el magnetismo natural de Gary Cooper, es imperativo viajar al exacto momento de su nacimiento, el 7 de mayo de 1901, en Helena, Montana. Bautizado originalmente como Frank James Cooper, su llegada al mundo estuvo marcada por un presagio de la naturaleza: una violenta y estruendosa tormenta eléctrica. Los lugareños, envueltos en el misticismo de la frontera, aseguraban que el ensordecedor trueno que retumbó justo en el instante de su primer llanto era el anuncio inconfundible de que alguien verdaderamente excepcional había nacido bajo ese cielo salvaje.

Criado bajo una fascinante y contradictoria dualidad, el pequeño Frank combinaba magistralmente la rudeza de la vida indómita del oeste con la estricta, refinada e inflexible educación británica impuesta por sus exigentes padres, Charles y Alice, inmigrantes ingleses. En el rancho familiar, la vida no tenía absolutamente ningún matiz de glamour ni comodidades. Soportando temperaturas de hasta 40 grados bajo cero, el joven se veía obligado a palear estiércol al amanecer y sobrevivir a los constantes peligros inherentes del campo abierto, como cuando a los 12 años fue embestido brutalmente por un enorme toro, salvando su vida por escasos segundos. A pesar de estas rudezas externas, dentro del hogar familiar, los modales en la mesa debían ser impecables y el inglés tenía que hablarse con el más puro y pulido acento británico, leyendo textos de William Shakespeare y Charles Dickens. Esta inusual mezcla de extrema sensibilidad artística y robustez física fue el crisol perfecto donde se forjó la enigmática personalidad de la futura y brillante estrella.

El trágico accidente que definió su estilo icónico

El 7 de mayo de 1916, justo en la celebración de sus 15 años, la vida del joven cambió de un solo tajo. Durante lo que se suponía sería un emocionante paseo en automóvil con su amigo Harvey Mark, el vehículo se descontroló a gran velocidad y volcó aparatosamente dando múltiples giros, dejando al adolescente gravemente atrapado bajo una montaña de hierros retorcidos. El dolor agónico que Frank sintió en su costado izquierdo no fue tratado adecuadamente; los médicos del hospital local curaron sus heridas superficiales y cortes, pero cometieron un error médico catastrófico: jamás le realizaron una radiografía, omitiendo por completo que su cadera estaba severamente fracturada.

Al intentar curarse montando nuevamente a caballo por recomendación de un médico inexperto, el constante e intenso golpeteo sobre la dura montura provocó que sus huesos se soldaran de forma defectuosa. El muchacho quedó marcado de por vida con una notoria cojera permanente y un dolor crónico punzante que lo acompañaría en secreto hasta la tumba. Sin embargo, en lugar de rendirse ante su discapacidad, desarrolló un estilo absolutamente único. Su forma de caminar ligeramente desigual, lenta y pausada, y su manera de inclinarse sutilmente hacia un lado al montar a caballo se convirtieron, años más tarde, en el sello distintivo, inconfundible y cautivador que enamoraría perdidamente a las cámaras del mundo entero.

De humilde doble de acción a superestrella millonaria de Hollywood

En 1924, cargando pesados sueños artísticos y frustraciones, un joven de 23 años llegó a un despiadado y vertiginoso Los Ángeles. Lejos del exorbitante lujo que le aguardaría en el futuro cercano, apenas logró sobrevivir al principio pintando precarios anuncios de pastillas para la tos en viejos telones de teatros, vendiendo carteles y realizando toda clase de oficios mal pagados. Su verdadera suerte dio un giro monumental a principios de 1925, cuando antiguos conocidos de Montana le mostraron un camino alternativo hacia el mundo del cine. Aprovechando su impecable pericia como jinete, se transformó en un temerario doble de acción en películas del oeste ganando de 5 a 10 dólares al día, arriesgando el cuello en brutales caídas de caballos que a menudo dejaban a otros hombres gravemente lisiados.

Fue su astuta agente, Nan Collins, quien le sugirió cambiar imperiosamente su común nombre por uno mucho más fuerte y memorable: “Gary”, en honor a su ciudad natal de Gary, Indiana. Con este nuevo alter ego y su imponente carisma, su gran y añorada oportunidad llegó en 1926 al obtener el papel del vaquero Abe Lee en el filme “The Winning of Barbara Worth”. Con la inminente llegada del cine sonoro —que destruyó la carrera de cientos de actores— Gary Cooper floreció. Su estilo de actuación sutil, caracterizado por susurros, frases extremadamente cortas y miradas que traspasaban la pantalla —táctica que en realidad adoptó astutamente para ocultar su notable incapacidad para memorizar guiones largos— lo catapultó hasta la cima del estrellato de forma meteórica. Para 1939, Cooper ya ganaba más de 480,000 dólares anuales, coronándose como el hombre con mayores ingresos en todos los Estados Unidos.

Un frenético torbellino de romances salvajes y escándalos públicos

Pero si en la gigantesca pantalla plateada encarnaba al héroe intachable y poseedor de un compás moral incorruptible, en la vida real era un seductor empedernido, sumamente astuto, que dejaba un abultado rastro de caos mediático y corazones rotos por doquier. El afamado y galardonado director Howard Hawks lo llegó a catalogar sin tapujos como “una auténtica serpiente” cuando se trataba de interactuar con mujeres, asombrado por la espeluznante capacidad del actor de manejar múltiples y tórridos amoríos de forma simultánea, engañando a todas sus parejas en el mismo set de filmación.

Su idilio más peligroso, tóxico y explosivo fue con la temperamental actriz mexicana Lupe Vélez en 1929. Era una relación altamente inflamable, consumida por celos desmedidos y violentas confrontaciones públicas. En una ocasión aterradora, tras encontrar manchas de lápiz labial ajeno en su camisa, Vélez lo persiguió rabiosamente con un enorme cuchillo de cocina por toda su lujosa mansión, logrando acorralarlo y apuñalarlo severamente en un brazo, provocando una herida tan profunda que requirió 15 dolorosos puntos de sutura. Los aterrorizados publicistas del actor intentaron tapar el sangriento episodio argumentando un falso accidente doméstico. Pero el verdadero clímax de esta locura llegó en 1931 en la abarrotada Union Station de Los Ángeles. Ante la mirada atónita de cientos de viajeros, una despechada y colérica Lupe Vélez comenzó a insultarlo y, sacando súbitamente un arma de fuego, jaló del gatillo disparando contra Cooper mientras este intentaba huir y abordar tranquilamente su tren con destino a Nueva York. La bala letal erró por centímetros, incrustándose en una sólida columna y sembrando un pánico masivo. Tras esta escalofriante separación, Gary continuó su desenfrenado paso con pasiones arrolladoras junto a inmensas leyendas como Marlene Dietrich y Carole Lombard.

El dolor familiar, un aborto oscuro y la anhelada redención

A pesar de haberse casado por todo lo alto en una glamurosa boda en Nueva York en 1933 con la bellísima y distinguida ex actriz Verónica “Rocky” Balfe, con quien tuvo a su amada hija María, Gary no logró ni por un instante domar sus fuertes impulsos carnales. Su infidelidad más destructiva, desgarradora y trascendental ocurrió en 1948 con la actriz Patricia Neal, una joven deslumbrante mucho menor que él. Este idilio prohibido no se molestó en esconderse; paseaban juntos ante los flashes de los paparazzi, humillando públicamente a su esposa e hija. Cuando Patricia Neal quedó embarazada inesperadamente en 1950, el terror a un repudio masivo por parte de la sociedad conservadora empujó a Cooper a organizar a sangre fría un aborto secreto, un traumático hecho que perseguiría y destruiría emocionalmente a Neal de por vida.

El devastador descubrimiento de unas apasionadas cartas de amor estalló finalmente el matrimonio en pedazos, obligando a Cooper a abandonar su hogar. Fue, sin duda alguna, una etapa sombría. El estrés emocional extremo de llevar esta doble y oscura vida le provocó la aparición de terribles úlceras sangrantes que amenazaban seriamente su salud física, llevándolo rápidamente al quirófano. Contra todo pronóstico y a pesar de la profunda fractura familiar, Gary logró encontrar el arrepentimiento y reconciliarse con su devota esposa Rocky en 1954, reencontrando la esquiva paz que necesitaba e incluso refugiándose y convirtiéndose fervorosamente a la fe católica, lo cual significó la definitiva sanación para todos.

Triunfos inmortales y el último aliento de libertad en Montana

En medio del salvaje huracán de su agitada vida privada, Gary Cooper logró entregar algunas de las actuaciones más aclamadas y majestuosas en la historia del cine moderno. Ganó dos codiciados premios Óscar al Mejor Actor: el primero por interpretar impecablemente al héroe real de la Primera Guerra Mundial en “Sergeant York” (1941), con un escueto discurso de aceptación de apenas 17 segundos, y el segundo por encarnar a un valeroso y solitario alguacil que enfrentaba su inminente destino mortal en la magistral película “High Noon” (1952). Su entrega al público era absoluta, llegando a aprender arduamente a batear y lanzar con la mano izquierda para interpretar fielmente a Lou Gehrig en “The Pride of the Yankees” (1942), regalando a la audiencia una de las interpretaciones más desgarradoras y patrióticas jamás vistas, a pesar de que odiaba y desconocía las reglas básicas del béisbol.

Lamentablemente, el implacable paso del tiempo y las enfermedades no tuvieron piedad. A principios de la convulsa década de 1960, recibió el diagnóstico fatal de un agresivo e incurable cáncer de próstata con metástasis avanzada en el colon. Soportó un nivel de agonía física inimaginable, demostrando una valentía que dejó atónitos a sus propios doctores, mientras seguía dedicándose estoicamente a su labor actoral en el Reino Unido.

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