Posted in

Asi FUE la LUJOSA VIDA de ENRIQUE GUZMÁN – Mansiones, Naves y Millones

Mientras los aparatos de radio amenizaban cada casa, nuestra pantalla grande gozaba de su época de oro presumiendo estrellas internacionales a la par que la pantalla chica empezaba a asomar la cabeza para voltear el mundo de cabeza. Justo en medio de ese hervidero citadino atiborrado de nueva cultura, fue donde este ídolo se hizo hombre rodeado de modas que llovían por doquier, con una chaviza que fue pionera en tragarse completito y sin escalas el trancazo musical del rock and roll.

 Ese ritmazzo gringo aterrizó pisando tan fuerte que a los magnates de las disqueras nacionales se les movió el tapete y no sabían ni qué onda. En las estaciones locales ya sonaban Bill Haley, el rey Elvis y Chuck Berry, prendiendo a los chavos chilangos igualito que a la raza de los Ángeles o Chicago, aunque había un detallote.

 Las rolas venían puro en inglés, así que la perrada juvenil ni masticaba lo que decían esas melodías que tanto los ponían a brincar. Alguien debía tomar el toro por los cuernos. La tirada de Enrique hacia los reflectores no fue herencia de sus padres, ni mucho menos un camino pavimentado. Detalle que vuelve su anécdota una joya absoluta.

 Es la prueba viva de triunfar a puro talento y con ese sexto sentido  para caer parado en la mera hora buena. Le tocó madurar en un país a pasitos de experimentar una auténtica sacudida juvenil, cerquitita de darse cuenta de que echar desmadre con rock rrololl en nuestro idioma mantenía intacta toda su chispa y actitud rebelde.

 Él se puso las pilas antes que nadie, sacando la casta y el ingenio para hacerlo realidad.  Su estrellato arrancó justo en el año 1959. Tomando el micrófono principal de los Teops, este cuate se volvió la figura clave que terminaría sincelando para siempre. El rock hispano en territorio nacional.

 Esa banda fue el trampolín ideal para soltar todo su arsenal. Una garganta con un sello inconfundible, un porte en la tarima que mezclaba la facha de galán con los voltios del género, logrando que el español sonara con madre en rolas que antes solo existían para los gringos. Chequen nomás el panorama mundial cuando soltaron la plaga en 1960.

Algo vital para dimensionar esta hazaña, pues por aquellos ayeres en los demás países de habla hispana, rockar en nuestro idioma era un espejismo. Allá en España, el régimen de Franco le hacía el feo y le ponía 1000 trabas a cualquier onda que oliera a gringo. Por su parte, la raza argentina seguía clavada arrastrando el zapato a ritmo de tango y en el resto del continente la música folclórica y las serenatas acaparaban ese hueco que la chaviza extranjera ya llenaba con pop.

 Así que México, de la mano de los Teps vocalista estrella, se coronó como la punta de lanza de una fiebre que tardaría un buen rato en contagiar al barrio latino, pero que al estallar le dio una revolcada histórica a todo el cancionero de habla hispana. El volado que se aventaron los muchachos fue una locura para cómo se manejaban las disqueras entonces, controladas a tope por gigantescas bandas de salón, La Mata del romanticismo,  Tríos Clásicos y Los mariachis que no soltaban el trono musical en nuestra tierra.

 Los persignados de la alta sociedad tachaban estas guitarras de ser una maña gringa peligrosísima, puros ruidos para vagos y chamaquitos descarriados. Por ende, la ocurrencia de tropicalizarlo al español para venderlo al por mayor pintaba, según los trajeados como una reverenda estupidez.

 Pero a los Teops les valió y se la jugaron. El bombazo fue tremendo y la plaga se volvió la rola que le dio la vuelta a la tortilla. Traducir los guitarrazos gringos generó un trancazo comercial tan rápido y brutal que a los directivos los agarró en curva, sonando a todo volumen en cualquier frecuencia radial, coreado a grito pelado en cada esquina y dejando clarísimo que el rock en nuestro idioma no solo pegaba, sino que volvía loca a toda la chamacada de la República.

 Tras ese éxito cayeron popotitos, presumida y una avalancha de hits que coronaron a la agrupación como los mismísimos reyes del rock and roll hispano en su época, teniendo al gran Enrique como la mera imagen y el grito de guerra de una juventud entera. Resulta indispensable captar la barrera mental que existía en ese México de 1959 para darle a este logro el mérito que merece.

 El negocio musical nacional, cerrando la década de los 50, era un mundillo cuadrado que ordeñaba la mina de oro del bolero sin querer arriesgar ni un peso, apostándole a lo ranchero y a los bailongos de salón, mirándole feo a cualquier loquito que quisiera salirse del huacal y probar cosas nuevas. Los jefazos de los sellos discográficos juraban que tirar rock en español se escucharía super plástico, que nuestra lengua no cuadraba con esos golpeteos y que la raza mexicana todavía estaba muy verde para semejante ruido.

 Con cifras récord y filas interminables en las tiendas, Enrique Guzmán y los Teps callaron la boca a todos sus detractores. E jamás la chavisa en nuestro país había experimentado una fiebre tan tremenda. Este bombazo los puso bajo los reflectores como nunca antes. Sus tocadas en vivo desataban un furor absoluto, igualando la histeria masiva que el mismísimo Elvis Presley o Chuck Berry provocaban allá en los Estados Unidos.

  Imagínate a los chavos desgañitándose al pie del escenario y persiguiendo a sus ídolos hasta la puerta de los hoteles, arrasando con los vinilos en el aparador y acampando horas por un boleto. Y justo en el ojo de este huracán brillaba Guzmán. siendo el motor de toda esa rebeldía y buena vibra que la juventud mexicana al fin lograba inyectar en nuestra cultura popular.

 En los años 60, los foros del cine juvenil se volvieron la mejor escuela práctica. Ahí, los roqueros que le tiraban a la artisteada le agarraban la onda al oficio a punta de golpes, entendiendo que no es lo mismo prender a la raza en un estadio que enamorar una cámara. Pero Kque dio este salto como si nada.

 Traía ese ángel y carisma pegados en la sangre. Un don nato que ninguna academia te enseña y que la lente capta al vuelo, hipnotizando por completo a quien lo ve en pantalla. Quizás sus cintas rebeldes no ganaban premios de arte, pero daban justo en el clavo. Ponían a rockar a nuestro ídolo en la cartelera, acercaban a la fanaticada a su intimidad y lograban un flechazo emocional imposible de conseguir solo escuchando el radio.

Brincar al celuloide era el siguiente gran paso. A lo largo de los 60 estelarizó un montón de películas roqueras que lo coronaron como el galán de moda, convirtiéndolo en el artista completísimo que todos aclamaban. Hay que recalcar que estas producciones para jóvenes marcaron toda una época y pegaron con tubo en el cine nacional.

Mezclaban rolas super pegajosas, romances de prepa y a los astros del rock en vivo y a todo color armando un combo que la raza devoraba sin freno mientras los estudios grababan cintas a toda máquina para aprovechar las taquillas a reventar.  Y él fue el mero mero de esta locura durante la primera mitad de la década.

Read More