En su etapa más movida, entre 194 y6 y 1959, estelarizó cerca de 40 cintas. Si juntamos toda la lana que sacó de la pantalla grande en esos 13 años, se habría forrado con alrededor de 1,200,000 pesos de aquellos tiempos, algo así como 18 millones de pesos actuales. Y esto no más actuando, pero ahí no paraba la cosa.
Las reinas de la época de oro también se llevaban su buen billete haciendo presencia en alfombras rojas y fiestones. Con solo ir a cortar listones de negocios, echar rostro en pachangas de la alta sociedad o dar shows exclusivos. Estas actrices facturaban de 2000 a 5000 pesos por salida. Nuestra querida Elsa se aventaba unos 15 compromisos de estos al año, sumando a su cuenta entre 20,000 y 75,000 pesos extra anuales.
Y ni hablemos de posar para las portadas. Publicaciones famosísimas como Cinema Reporter o Cine Mundial soltaban de 1000 a 3000 pesos por unas fotos con las famosas. Como a Elsa se le consideraba la mujer más hermosa de todas, se la peleaban a diario. Terminaba haciendo hasta 25 reportajes fotográficos al año, metiéndose otros 20,000 a 70 y 5000 pesitos al bolsillo.
Además estaban los famosos comerciales. Aunque no había el bombardeo publicitario de hoy, sí agarraban buenos contratos para promocionar maquillajes, vestidos de lujo o fragancias finas. Ella cobraba cerquita de 10,000 pesos por cada anuncio publicitario. Generalmente cerraba tres campañas al año, lo que le daba otros 20,000 o 30,000 pesos para sus gastos, echando todo a la misma licuadora.
Durante su década más top de 1950 a 1959 se levantaba entre 145,000 y 250,000 pes por año, lo que ahorita vendrían siendo de 2,100,000 a 3,600,000 pesos anuales. Un verdadero dineral que la sacó del barrio pobre y la puso a vivir como reina. Pero ojo que aquí la historia se pone turbia. A Elsa nunca se le dio eso de cuidar los centavos.
A diferencia de tiburones financieros como la doña, quien metía su lana en terrenos y empresitas, ella tenía las manos rotas, gastaba lo loco y jamás pensó en asegurar un colchón para el futuro. Al momento de tirar la toalla en 1959 con 29 añitos para casarse, casi toda su lana ya se había esfumado en mantener sus lujos.
Y para cuando tuvo que volver a los sets en 1962 porque andaba bruja tras huir de su primer marido que resultó ser un golpeador, sus finanzas estaban por los suelos. En este segundo aire que duró del 62 hasta 1980 se refugió más que nada en la tele y uno que otro proyecto en cine. Los cheques ya no estaban tan jugosos.
Le caían unos 15,000 a 25,000 pes por echarse una telenovela enterita o 20,000 si armaba una película. Sus ganancias cayeron a unos 60,000 a 100,000 pesitos por año, lo que ahorita serían apenas entre 900,000 y 1,illón y medio de pesos. Para entender mejor cómo andaba el mercado, vamos a echarle un ojo a los sueldos de sus colegas contemporáneas.
Miroslava, aquella belleza checoslovaca de corazón chilango, se metía unos 40,000 pesos por llamado, dándole un y llegue a lo que cobraba Elsa. Ester Fernández andaba por los 30,000 pesitos. Hasta Sara García, nuestra adorada abuelita de la pantalla, facturaba 35,000 pesos en la década de los 50, total que Elsa se mantenía en un escalón muy decente, de los más altos.
Claro que ni en sueños le pegaba a las monstruosas cifras de María Félix con sus 250,000, ni al rango de Dolores del Río, que andaba entre 150,000 y 200,000 cuando chambeaba en México. Pero vaya que dejaba muy atrás a las actrices secundarias que se conformaban con 5,000 a 15,000 pes.
Aunque la verdad también hay que ver en qué se gastaba todo. A Elsa se le iba mínimo el 60% de sus cheques en puro glamour y en sostener esa vida de diva. Tan solo en vestidos finos y bolsos quemaba 25,000 pesos al año, más otros 7,200 en puros arreglitos y spaz. Pagar donde vivir le bajaba entre 15,000 y 20,000 anuales. Y tener a una muchacha de planta le salía en 3,600 pesos al año, unos 300 pesitos cada mes.
Moverse por la ciudad y echarle tanque al coche eran 4,800. Mantener la despensa a tope otros 18,000. Y siempre le mandaba un dinerito a su mamá, doña Ema. de unos 12,000es cada año. Haciendo sumas, su ritmo de vida le devoraba de 80 y 5,000 a 90,000es durante plenos años 50, lo que ahorita sería tener que pagar entre 1,200,000 y 1,300,000 pes al año.
Al final, las morrayas que sobraban ni daban para el cochinito ni para abrir negocios. Se daba sus buenísimos lujos, sí, pero no armó un patrimonio que la respaldara a futuro. Considerando toda su trayectoria desde 1946 hasta el 2004, cerrando con su aparición en la novela Belinda, se calcula que juntó una fortuna de 2,illones y medio de pesos de antaño, algo que equivaldría a unos 35 millones de pesos actuales.
Era una buena lanita, nada despreciable, pero lejos de los tesoros de las superdivas. Y para rematar, la mayor tajada se le fue por el caño entre separaciones, pleitos de abogados y por no saber invertir. Poner punto final a sus matrimonios le salió a precio de oro. Solamente en su primer truene con Armando Rodríguez Morado, se le esfumaron unos 35,000 pesos al tener que malbaratar su residencia en Polanco, sumándole otros 15,000 de puro abogado.
Ese infierno legal le salió en unos 50,000 pesos de la época. Imagínate unos 750,000 del águila hoy en día. Las casas de Elsa. Su historial inmobiliario no solo gritaba diva de la época de oro, sino que era un mapa de su caótica vida amorosa llena de trancasos, separaciones y mudanzas.
El cuartito de su niñez en Mixcovac. Antes de presumir las mansiones que compró en la cima, hay que echarnos un clavado a ese modesto depa en Mixcoac, donde se amontonó con su mamá y sus carnales tras llegar a la capital sin un peso en la bolsa. Hablamos de una ratonera de dos cuartitos metida en un edificio de tres niveles al que tenías que trepar a puro pie.
Ema Juárez dormía en una habitación, las tres chavas en otra y los chavos se echaban en la sala usando unas simples cortinas para no verse. Todos se peleaban el único baño. La cocinita apenas tenía una estufita y una hielera viejísima, nada de refr. Pagaban 180 pesos al mes, una lana que les tumbaba casi la mitad de lo poquito que ganaban.

Antes de que las chamacas le entraran a la artisteada. Se la veían negras, cuidando cada centavo para sobrevivir. A Elsa jamás se le borró ese huequito de la memoria. Años más tarde, le contaba a la prensa que dormir apretada con sus hermanas la hizo poner los pies en la tierra. Le recordaba que venía desde abajo y lo que le costó salir del hoyo, su primer nidito en Coyoacán.
Cuando empezó a pegar duro en el cine allá por los 40, se hizo de su primera casa en Coyoacán. Soltó 65,000es en 1950. un dineral que equivalía al sueldo de dos pelis enteritas. Era una chulada colonial de un solo piso con 180 m construidos en un terrenito de 300. Contaba con tres cuartos, un bañito completo, su buena sala, comedor y un patio atrás con su jardincito, todo adornado con mucho gusto y cero presunción.
Tenía muebles de caoba, cortinas coquetas, sus buenas alfombras y hasta un piano en la sala donde ella le daba a las teclas recordando sus clases de chamaca. Los muros estaban tapizados con fotos de sus rodajes y un par de pinturas muy a la mexicana. Ahí se atrincheró con doña Ema hasta 1959. Era su rincón de paz tras las friegas del set, donde le caían a visitar compadres del medio.
Armaba pachangas chiquitas para unos 10 cuates, echándose los guisados que preparaba su mamá. Esa joyita le salió en 65,000 pes. Para que te des una idea, ahorita costaría unos 4,illones y medio de pesos. La mansión en Polanco y su primera boda. Al dar el sí con Armando Rodríguez en 1959, traspasó Coyoacán para armarse una cazona más perrona en Polanco.
Era su trofeo de superestrella y señora casada. Estaba en una zona super fresa y callada. Dos pisotes con 280 m techados sobre un terrenazo de 400. Le cabían cuatro recámaras, tres baños y tenía de todo y un estudio, además de un patio de atrás lleno de arbolitos frutales. La traía muy pipiris nice para la época, con puros muebles traídos de Europa, línea blanca gringa y alfombras persas de las buenas.
Le metió 185,000 pesos, una verdadera fortuna que se traducía en el cheque de cinco protagónicos completos. Pintaba para ser su nidito de amor eterno. Pero la bronca fue que ese palacio terminó siendo su peor celda. Ahí mismo le tocaron los golpes y el terror psicológico de Armando. Imagínate, el tipo hasta le prendió fuego a sus pajaritos, incluso le sacó una fusca cuando ella esperaba a su hijo Hugo.
Al lograr zafarse de ese infierno, no le quedó de otra que rematar la propiedad por pura necesidad. La soltó en 150,000 pesitos, perdiéndole 35,000 al precio original. porque le urgía lana para sacar adelante a su chavo, su refugio en la condesa. Ya con los papeles del divorcio en 1960 y1, se fue a rentar un depa a la colonia Condesa.
Andaba tan gastada por el pleito legal que ni de chiste le alcanzaba para comprar. Desembolsaba 800 pesos al mes por un espacio de 120 m. Le tocó rifársela como mamá soltera, chambeando duro para mantener a Hugo con la bendita ayuda de su mamá. Era un lugarcito acogedor, pero cero ostentoso, tres cuartos y dos baños, adornado con los muebles que de milagro rescató de su exmarido.
Ahí se aventó todos los años 60, la etapa más perra de su cartera. Había muy poca liquidez, le pegaba a las novelas y al cine, pero ya no caían los cheques jugosos de antes. Volvió a cuidar cada moneda igualito que cuando era niña, su rincón en San Ángel. Entrando a los 70, ya metidísima en el yoga y en una onda muy espiritual, se hizo de una casita por el rumbo de San Ángel.
Nada que ver con la casona fresa de Polanco, era un espacio mucho más sencillo, pero ideal para su lado Zen. Pagó por ella 95,000 pes en 1972, un solo pisito de 160 m en un terreno de 250. Traía sus tres cuartos, dos baños y, lo más importante, un jardincito perfecto para echarse sus rutinas de yoga a cielo abierto. Todo adentro gritaba paz mental, tonos suaves, cero amontonamiento de cosas, llenísimo de cojines para meditar, olor a incienso, figuras de Buda, telares con mantras y un chorro de plantitas.
Se aventaba sus posturas todos los santos días. Ahí mismo recibía a su gurú, José Rafael Estrada Valero, que tiempo después se convertiría en su esposo. Armaba círculos de meditación con la banda, se la llevaba super relax y austera, dejando años luz atrás los reflectores del cine. Ahí aguantó casi 30 años. La soltó en 2001 porque tras perder a su muchacho, los recuerdos la estaban matando. Su refugio actual en Cuerna.
Desde que arrancaron los 2000, Elsa agarró sus Chivas y se fue a Undepa, a Cuernavaca, Morelos. Es el clásico paraíso donde muchas divas retiradas van buscando buen calorcito, estar cerquita de la capital, pero lo suficientemente lejos para que nadie las moleste. Su actual refugio es sencillito, unos 100 m² donde acomoda un par de habitaciones, igual número de sanitarios, su salita, comedor y el espacio para cocinar.
Desde la terracita respira el verde de las áreas comunes. Adentro reina la sencillez enmarcada por postales de sus años dorados y trofeos que atestiguan su grandeza. En este rincón, nuestra queridísima diva Nonagenaria respira pura paz y espiritualidad, cobijada por su círculo íntimo y las vueltas que de pronto se da Alma Rosa, su hermana.
Ya casi no pisa la calle y por sus añitos requiere apoyo de oxígeno. Eso sí, la mente le vuela y el porte de reina jamás lo pierde. Hablemos de sus naves. Allá en la cumbre del cine nacional no era nada común ver a las actrices detrás del volante, a diferencia de los galanes de la pantalla.
Lo fino, lo que marcaba el estatus, era que a las señoritas de sociedad las movieran chóeres particulares o el mismo personal de las productoras. Pero esta mujer rompía el molde. Claro que presumió carrazos de envidia en su trayectoria, empezando por aquel famosísimo buik centero. Tocando los cuernos de la luna a mitad de esa década.
Se hizo de un buic descapotable modelo 1953, tono vainilla y vestiduras carmesí espectaculares. Una chulada de máquina, digna una celebridad. Desembolsó 28,000 pesitos de agencia, que hoy vendrían siendo unos 420.000 pesos. Lo sacaba a pasear para lucirse en alfombras rojas, fiestones de alcurnia o cuando tocaba posar para las cámaras al aire libre.
A veces le marcaba a un conductor privado para que la llevara, sobre todo si el evento ameritaba llegar derrochando puro glamur. Aunque a la señora le encantaba pisar el acelerador de su descapotable los sábados y domingos, faroleando por paseo de la Reforma o agarrando carretera para Cuerna, esa joya le duró unos 8 añitos. En 1961, la necesidad apretó por su ruptura con Armando Rodríguez Morado y tuvo que soltarlo.
Llegó entonces su Ford Fairline. Ya en los 60s y 70s, fletándose sola para sacar adelante a su pequeño Hugo. Su corsel era un sedan Ford Fairlin 1965 en tono azul profundo. Nada de lujos deslumbrantes. Era puro pragmatismo para la familia. Lo agarró de segunda mano en 1960 y seis por 15,000 pesotes, lo que hoy rondaría los 225,000 pes.
Se volvió su fiel compañero para los mandados, dejar al niño en clases, ver a su madrecita o caerle a las grabaciones. Aquel vehículo reflejaba su mundo actual. A adiós a las frivolidades bajo el viento. Ahora era una mamá luchona a bordo de un cochecito usado, agradecida por moverse. Se aferró a él hasta 1978. tuvo que traspasarlo porque las refacciones la estaban ahogando financieramente.
Los viajes VIP en pleno apoeo de su carrera abarcando desde 1940 y 6 hasta 1959, era de ley que las productoras le mandaran un carrazo con chóer hasta la puerta de su casa. Esos eran los tratos de realeza que le daban a las figuras de su talla, puros Lincoln o cadilac oscuros para transportar a la crema inata.
A ella le pitaban afuera de su domicilio rayando el sol cerquita de las 5 de la madrugada para llevarla directo a los estudios churubusco o a grabar en exteriores, regresándola sana y salva bien noche, casi siempre rozando las 8. Un mimo de diosa que saboreó en sus mejores abriles. Pero pasemos al billete y a su olfato para las inversiones.
Mientras la doña era una leona para multiplicar sus ganancias. A nuestra adorada Elsa jamás se le dio eso de las finanzas y el ahorro. Cero inversiones, cero mover el capital. Lo suyo era plantarse frente a la cámara, cobrar su cheque y disfrutar el presente. Y vaya que esa inocencia comercial le trajo unos dolores de cabeza tremendos, peor aún tras sus separaciones amorosas, dejándole los bolsillos vacíos por pleitos de juzgados y firmas, donde salió bailando con su fortuna.
Su única aventura como emprendedora llegó por ahí de los 70s. Clavada en su etapa Sen, quiso montar un estudio para dar clases de yoga allá en Acapulco. Le metió alrededor de 45,000 pesotes para amarrar un local, dejarlo de lujo y pagarle algo de publicidad, pero el sueñito le tronó a los 8 meses.
Cero talento para ser jefa, las ventas, arrastrar el lápiz y los números simplemente le hablaban en chino. La lana se volvió humo. un trago amarguísimo que le dejó clarito que su don era derrochar talento en pantalla, no administrar changarros. Hablemos de sus caprichitos. Siempre se manejó con un perfil fino y calladito en sus tiempos de gloria.
Cero faramayas estilo María Félix, aunque sí se daba la gran vida de una leyenda del celuloide. Su ropero, simplemente divino, en la década de los 50s lucía garritas de diseñadores nacionales con toques parisinos. Puro talento de las agujas más codiciadas del país le armaba el guardarropa. Su consentido siempre fue Armando Valdés Pesa, el mismo genio que engalanaba las máximas figuras del espectáculo.
Un trajecito de gala firmado por él andaba entre los 800 y 1500 pesos de antes. Calcúlale unos 12,000 a 22,000 pesitos de hoy. En pleno estrellato, la señora colgaba en su closet fácilmente entre 40 y 50 de estas piezas espectaculares. Modelitos nocturnos para romper plaza en las premieres, ropa de cóctel para los flashes y atuendos coquetos para dejarse ver en la calle.
Su estilo marcaba tendencia. Ropita entallada para presumir su tremendo cuerpazo y aberturas coquetas que jamás caían en lo corriente. Puras texturas finas de sedas, raso o terciopelo usando tonos que le hacían brillar. escarlatas intensos, carbón profundo, blancos inmaculados o un azul medianoche. Cada año quemaba unos 25,000 pesos en pura ropa durante los 50s, casi 375,000 pes de ahorita.
Pero vaya, cuidar su estampa de diosa lo valía por completo. Accesorios chiquitos pero picosos. Le fascinaba lucir alajas finísimas, sin exagerar. Destacaban en su cuello piezas de perlas finas puritas. Una de esas cadenitas buenas le salía en unos pesos de aquel entonces, más de 37,000 de ahora.
También lucía dormilonas doradas y esclavas bien finitas. Su tesoro máximo fue aquella gargantilla de esmeraldas que el mismísimo charro cantor Jorge Negrete le obsequió en su fugaza amorío de 1952. Llevaba cinco piedrotas colombianas montadas en oro blanco. El ídolo se rayó pagando unos 8,000 pes, lo que en estos días serían 120,000 pesotes de golpe.
Cuando se le apagó la llama a nuestra diva y cortó por Lozano, guardó ese regalito bajo llave como una memoria de aquel romance. Añísimos más tarde, admitió con nostalgia que esa gargantilla es el único recuerdito físico que le sobrevive de sus años mozos. Entremos a sus tropiezos en el altar.
Su corazoncito pasó por tormentas que le movieron el tapete en la artisteada. Se dio el sí tres veces. Tres veces firmó el divorcio. Y caray, cada historia le dejó cicatrices y lecciones marcadísimas. Su primera boda, 1959. Estando en la cumbre del éxito, Elsa puso pausa a los reflectores para formar un hogar. A sus 29 primaveras era una estrella indiscutible.
Le dio el sí a Armando Rodríguez Morado, un periodista que ya era su viejo conocido. Tras un noviazgo superunido, dieron el gran salto al altar. Pero la luna de miel acabó pronto. Los roces diarios empezaron a fracturar la relación. Justo ahí ella esperaba a su pequeño Hugo. La cosa se puso color de hormiga y no quedó de otra que decir adiós.
Cobijada por los suyos, tramitó el divorcio, firmando los papeles por ahí de 1961. Ya soltera, le tocó Chambear de nuevo para sacar adelante a su chavo. Tras dos años sin reflectores. Su segunda vuelta al altar 1965 a 1967. Cerca de 1965 volvió a probar suerte casándose con el director José Bolaños. Al principio todo era magia y proyectos juntos, pero la chispa se fue apagando poco a poco.
Bolaños andaba clavadísimo en sus rodajes y esa ausencia enfrió las cosas cañón entre ellos. Dos años bastaron para cortar por Lozano en buen plan. Oficializaron el truene hacia 1967. Tercer intento. Por los 70s. Arrancando la década de 1970, nuestra estrella encontró su paz metiéndose de lleno al yoga y la espiritualidad.
En esa vibra Sen se topó con José Rafael Estrada Valero, un instructor chileno quien se convirtió en su tercer esposo. Esta sí pegó. Fue su gran amor durando juntos más de 20 años, pero ni los salvó. Los choques terminaron por separarlos para siempre, aunque nunca soltaron prenda de cuándo fue exactamente.
Platicando en 2021, ella soltó que mucho tiempo tras su primer divorcio, aquel exmarido le echó una llamada para buscarla. Obvio, lo bateó y prefirió pintar su raya. Luego vino el golpe más brutal de su existencia, perder a su Hugo. 2001 marcó su peor pesadilla. Su muchacho, de apenas 30 primaveras tuvo un choque espantoso en su coche.
El chavo aguantó el primer trancazo. De volada lo llevaron a urgencias, malherido, pero supuestamente a salvo. Elsa salió disparada a verlo. Vivió en el hospital pidiéndole a todos los santos y meditando cañón para que su bebé la librara. Tristemente, el daño por dentro estaba fatal. Peor de lo esperado, Hugo se fue apagando y sus órganos colapsaron. En efecto, dominó.
Como toda una guerrera, no lo soltó al final. Presenció su dolorosa y lenta agonía. Tiempo después reveló que le quedó la paz de haberle agarrado la mano hasta que descansó viendo su rostro sereno. Imagínense, apenas 30 añitos. Ella se la partió sola para criarlo tras huir de un marido agresivo. Ese chamaco era su motor, su todo.
Ese luto la hizo pedazos. Cayó en un pozo depresivo, se encerró a piedra y lodo por meses y quedó en los puros huesos. Su raza juraba que cometería una locura, pero su refugio en los sen y tantos años de meditación le tiraron un salvavidas. Con muchísimo dolor fue soltando. Es la ley de la vida y nos toca acatarla. Llegó a reflexionar tiempo después.
La huesuda no perdona edades. Agarra parejo y ni modo. Hay que caerle el 20. Está rudo para una mamá, pero los años curan y logra sanarlo desde el fondo del alma. Para 2004, 3 años postragedia, grabó la novela Belinda, su despedida total, cerró el changarro y le dijo adiós a la artisteada para siempre. Sin su chavo, la chamba perdió sentido.
Ya no estaba ese motor que la hizo volver a los sets en 1962. Yoyas y galardones. Ya chismeamos su vida privada, así que toca darle una vuelta a las cintas que la volvieron toda una leyenda, porque neta no importan las cuentas de banco ni los trapos finos, sino el mega legado que nos regaló en el cine. Se aventó más de 40 pelis entre 1940 y 6 y 1980.
Hubo palomeras del montón, obvio, pero también obras maestras padrísimas que sacaron a flote su talento de diosa inalcanzable. Está de locos ver cómo creció profesionalmente. Entre 1946 y 1950, siendo una chavita de 16 a 20, la encasillaban como la virginal y romántica damela. Los jefes de los estudios solo querían lucir su carita preciosa, cero profundidad, pero cruzando 1950 a sus 20 le cayeron guiones de peso.
Por fin encarnaba mujeres de verdad con broncas éticas y tragedias superintensas. Creció un montón. agarró colmillo y se plantaba frente a la cámara con otra vibra. Los 50 fueron su época dorada. Nos demostró que le entraba parejo al llanto a moco tendido, a la risa romántica y al drama pesado, cero improvisada.
Se partía el lomo repasando libretos, puliendo sus líneas y haciendo equipo con los directores para rifársela en escena. Tampoco vamos a mentir, le faltó un pelín. No llegó al nivelón de Dolores del Río, ni tenía el carácter explosivo de María Félix. Cumplía, lo hacía chido y natural, pero casi nunca volaba cabezas, resaltaba en pantalla.
Pero su mayor gancho siempre fue ese rostro espectacular mezclado con una chamba bien hecha. Ojos de juventud, de 1948. Compartió cartel con Arturo de Córdoba apenas a sus 18 añitos. Ahí dio vida a Raquel Herrera, una chavita de barrio con unas ganas tremendas de superarse. La cinta reventó la taquilla, dejando clarísimo que esta mujer no era nás una cara bonita, traía unas tablas actorales bárbaras.
En 1950 nos regaló Lluvia Roja, un dramón intensísimo. Ahí le dio vida a Elisa, un personaje envuelto en un trío amoroso que terminó en pura tragedia. Bajo la dirección del gran Alejandro Galindo, esta joya enamoró a los críticos y al público por igual. Aquí la actriz nos cayó la boca dominando secuencias de una carga emocional tremenda.
También en 1950 protagonizó la mujer que yo amé, nombre que años más tarde bautizaría sus memorias. En el papel de Rosita lidió con unos conflictos morales que te dejaban la piel chinita. Esa frase se convirtió en el sello de su propia identidad. La mujer a la que ella misma abrazó quiso y aceptó con todos sus matices.
Brincamos a 1950 y dos con cuatro noches contigo. Haciendo mancuerna con Arturo de Córdoba. Se aventó a la comedia ligera prestando su propio nombre, Elsa, para probar que podía con cualquier género. Pasaba de sacarte las lágrimas a robarte una sonrisa sin despeinarse. Y así llegamos a 1954 con cuidado con el amor. Sí. la mítica cinta del cachetadón a Pedro Infante.
Pero fíjense que quitando el chisme, este proyecto se convirtió en uno de los trancazos de taquilla más bestiales de su carrera. Se lució encarnando a Ana María, una chava que sorteaba los enredos del corazón con un ángel y un carisma impresionantes. Aunque traían pleito detrás de cámaras, la chispa con el ídolo de Huamuchi le echaba fuego en la pantalla.
Después saltamos a 1966 con casa de mujeres. Era su época de regreso tras la pausa de 1962. ¿Quién iba a decir que esta historia sobre reclusas terminaría siendo un madruguete en la taquilla? A sus 36 primaveras, dejó clarísimo que no había perdido el toque y seguía siendo la jefa absoluta encabezando superproducciones. Al bur de amor de 1980 marcó su despedida de la pantalla grande.
Al lado de don Antonio Aguilar nos regaló un melodrama muy de rancho interpretando a una señora curtida por el desamor. Fue la manera perfecta de decir adiós al celuloide con clase y nivel refrescándole la memoria a todos sobre su grandeza. Curiosamente, la academia nunca le dio un Ariel en su mero apogeo, un trago bastante amargo para ella.
Traía esa espinita clavada de que su talento pedía a gritos un galardón que nás no llegó. Tuvieron que pasar años para que el gremio recapacitara y le entregara el Ariel de Oro en 2003 por toda su leyenda. Ya con 73 años encima, subió a recoger su estatuilla en un evento que nos hizo chillar mientras ella lloraba con ese rostro que seguía deslumbrando.
50 años tuvo que aguantar para sentir ese espaldarazo. Luego, en 2005, arrasó en la premiación de lo mejor del teatro en México. Ahí le armaron un homenaje precioso como gran actriz, aplaudiendo esas joyas escénicas que nos regalaba de vez en cuando en las décadas de los 60 y 70s. Las lunas del auditorio del 2009 la ovasionaron por una vida en el escenario, celebrando que le hacía todo.
Y en 2013 se coronó como la soberana del PRI en Acapulco. La banda de la diversidad la apapachó cañón por siempre darles la cara. Ella se colgó la banda superorgullosa, soltando aquel mensajazo de que el amor, venga de donde venga, se respeta. En 2023, la anda le dio su medallota por 70 y 5 años rompiéndola en el medio.
Una reunión chiquita, superfiliar, donde su hermana Alma Rosa no se le despegó. Aunque los trofeos están padres, ella se llevó la lotería con algo impagable. La corona indiscutible como el rostro más divino en toda la historia del cine de oro. Te lo firmo. Nadie, ni de sus tiempos ni de ahora, le ha llegado a los talones en belleza.
Luego vino su adiós a los reflectores para echarse un clavado hacia adentro. Corría 1968 cuando se clavó en la fraternidad del gurú José Manuel Estrada Vázquez. El yoga se le hizo vicio del bueno y empezó a predicar la onda budista. Pasaba por el taoísmo, la magia de nuestros ancestros prehispánicos y hasta cosas místicas de Pitágoras.
Eso sí, con un respeto total y sin andarle lavando el cerebro a nadie, era un rollo muy suyo, super de adentro. Ella misma cuenta que el tapete de yoga la rescató, regalándole una paz que ni todo el brillo de Hollywood ni sus exmaridos lograron darle. Por muchísimos años, tras colgar los hábitos actorales, se dedicó a contagiar la fiebre Yogi.
Hasta le echó ganas para armar sus propios retiros y escuelas en lugares como Acapulco y Cuernavaca. se la pasaba dando pláticas sobre estar sen, entrarle a las verduras y vivir chido. Básicamente agarró una disciplina que no cualquiera aguanta, nada de carnitas ni tequilas. Ella le da a la meditación de lunes a domingo y sigue haciéndose nudo con el yoga, aunque ya pasen los años.
Como ella misma lo presume, llevarla por la derecha es justo el secreto que la tiene con una cabeza envidiable a sus 94 años. Pero hablemos del presente, una leyenda de 94 años. Ahorita doña Elsa se la pasa de lo lindo y a todo dar en tierras morelenses. Acaba de soplar 94 velitas el 25 de septiembre de 2024.
Trae sus puntitas de oxígeno por aquello de la edad, pero la ardilla le gira a 1000 por hora. En 2021 sacó sus memorias de viva voz La mujer que yo amé bajadas a papel por Roberto Fiesco. Para mayo de 2024 nos dio la sorpresa asomándose en Ventaneando para mover el libro. Imagínense que en diciembre de 2024 la cacharon echando el chal en Morelos mismísimo con la presidenta Claudia Shainbound.
La foto voló en redes sociales. Ahí la vemos presumiendo un vestido rosa mexicano precioso, un saquito beige y unas joyitas sutiles pero finísimas. Ni el tubito del oxígeno le roba un gramo deporte. Hace poquito subió a sus redes con una chava superfan y le dedicó estas palabras. Se me hincha el corazón de puro orgullo, viendo que chavas que ni en planes estaban cuando yo andaba en los sets me digan que son fans de mi cine.
Ahí está la prueba viva de que a mis 904 años todo el sudor y el cariño que le metí a la pantalla sigue marcando a las nuevas generaciones. Radica solita, eso sí, con las vueltas constantes que le da su hermana Alma Rosa, otra leyenda del cine que ya anda pegándole a los 90. Sin contar a su bolita de amigas íntimas y a los fans de hueso colorado, que literalmente peregrinan nomás para tener a esta leyenda cerquita.
A sus 94 lleva un relojito suizo por vida. Arriba a las 7, 30 minutos de meditación, frutita picada y su buen tecito verde para arrancar. Le dedica 20 minutos a estirarse con posturas de yoga hechas a su medida. De ahí se clava a ojear los diarios y avanzar con sus lecturas. A mediodía le entra a algo ligerito, puras plantas.
Echa la pestaña una hora y cierra la tarde entre libros o echándose unas buenas pelis de oro en la tele. A eso de las 6 ya está cenando, cierra el día respirando hondo y a las 9 de la noche en punto ya está roncando como angelito. Un ritmo super pacífico y sen. Años luz de las alfombras rojas y los reflectores, pero que para ella es la gloria.
A final de cuentas, en su paz encontró el verdadero tesoro. Ella misma confiesa que tras vivir bajo los reflectores, hoy encuentra el mayor lujo en la paz del silencio, recibiendo además merecidos tributos recientemente. A mediados de 2024 le otorgaron el anhelado pacal de oro en un evento conmovedor, sumándose al gran homenaje que la Anda le rindió finalizando 2023.
Hoy la valoramos como una auténtica joya nacional, siendo de las poquísimas leyendas vivas de esa mágica. era dorada, compartiendo honor con titanes como Irma Dorantes y Ana Luisa Pelufo. Fíjate qué curioso. Cuando nos dejó la gran Silvia Pinal en noviembre de 2024, la prensa la coronó como la diva final, pero los fans de Elcita protestaron rotundamente en redes y con toda razón a sus 94 primaveras sigue radiante, lúcida y con un porte envidiable.
Este chisme digital terminó por destapar la verdadera magia de su herencia. Quizás su nombre no cruzó tantas fronteras como el de la doña Dolores o la misma Silvia, pero lo que ella encarna va muchísimo más allá. Hablamos de un atractivo genuino alejado del chisme, pura clase sin presumir y una garra inquebrantable que nunca buscó aplausos, dejándonos ahí su herencia más valiosa.
Olvídate de sus 40 cintas, su rostro angelical o el tema Flor de azalea. Su mayor regalo fue demostrarnos que una mujer puede poner sus reglas, mandarlo todo a volar y encontrar calma. Así es Elsa, la jovencita que alguna vez coronaron como el rostro más hermoso del país, pero que logró algo monumental. Forjarse exactamente como ella quería.
Ese sí que es un triunfo absoluto. De corazón deseo que este viaje íntimo por su biografía te haya atrapado tanto como a mí armarlo para ti. Échame la mano aquí abajito. Si te sabes algún chismecito de época o historia escondida de su carrera, escríbela. Me vuelve loco leerlos y pasarlo al costo con todos. También cuéntame en los comentarios qué parte de su vida te apachurró más el corazón o cuál de todos sus peliculones es el que más te prende.
Y bueno, si te late conocer a fondo a estas diosas de la pantalla descubriendo sus luchas personales y esa resiliencia tan bárbara, tienes que echarte un clavado sí o sí en nuestros otros videos sobre las leyendas intocables del cine clásico nacional. Pícale al botón de suscribir, prende esa campanita de volada para que no se te pase nada.
Te juro que lo próximo te dejará con el ojo cuadrado.