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Antes de morir, Rocío Dúrcal REVELÓ a los siete artistas que más odiaba y no fue nada bonito.

Rocío por entonces era ya una reina consagrada de la canción popular, pero los ejecutivos discográficos empezaron a mirar hacia él, a invertir en sus videoclips, a desplazarla de festivales donde antes era estelar. Fue en 1987 cuando Rocío supo que algo había cambiado. La cancelaron en un evento en Caracas para darle el lugar central a Bosé.

El cartel llevaba su foto más grande, el contrato más jugoso también. Lo peor no fue la competencia, fue la actitud. Según testimonios cercanos, Rocío intentó acercarse a Miguel en camerinos y él apenas la saludó. Ella representa el pasado, habría dicho ante una periodista del diario 16. Rocío no lo olvidó jamás. Años después, en una cena privada, le confió a una amiga.

Ese muchacho canta con el ego, no con el alma. Lo que más le dolía no era que triunfara, era que la industria premiara su irreverencia y olvidara la constancia de quien había construido puentes entre España y México con sudor y garganta. Rocío veía en Miguel a un símbolo de los nuevos tiempos. Talento, sí, pero también pose.

Arte sí, pero lleno de desprecio hacia la tradición que ella defendía. En 1993 fueron invitados a un homenaje por los 30 años de la música pop española. A Rocío le asignaron un lugar lateral en la alfombra roja. A Miguel la entrada principal. No lo dijo en entrevistas, pero ese día decidió no volver a presentarse en actos donde él estuviera involucrado.

“La industria tiene amnesia selectiva”, murmuró con esa elegancia herida que solo las grandes mujeres saben portar. El tiempo no curó nada. En sus últimos años, cuando escuchaba en la radio, amante bandido cambiaba de emisoras sin decir palabra. No lo insultaba, no lo criticaba, solo bajaba la mirada. Para ella, Bosé no era un enemigo directo, era un reflejo incómodo del mundo nuevo que desplazaba a los pilares antiguos.

No lo odiaba, pero no podía perdonarle su indiferencia, porque para Rocío el talento sin humildad era solo ruido con brillo y ella nunca supo bailar al ritmo de la soberbia. Marco Antonio Solís. Con su melena ondulada, su voz quebrada por el desamor y su aire de poeta romántico Marco Antonio Solís, parecía encarnar todo lo que Rocío Durcal apreciaba en un intérprete.

Y durante un tiempo así fue. Se admiraron mutuamente desde la distancia, se dedicaron palabras en entrevistas y hubo incluso propuestas de colaboración que no llegaron a concretarse. Pero tras la cortesía había algo que se desmoronaba en silencio el respeto. La primera grieta apareció en 1999. Rocío estaba planeando un nuevo álbum con canciones inéditas y entre las opciones surgió el nombre de Marco Antonio como compositor principal.

Según allegados a su equipo, Solís se mostró entusiasmado hasta que recibió una propuesta de producción de una cantante más joven y comercialmente más rentable, Talia. Eligió irse con ella. Rocío nunca lo olvidó. Para muchos fue solo una decisión estratégica. Para ella fue una traición porque Rocío no buscaba solo canciones, buscaba canciones que le hablaran al alma escritas por alguien que comprendiera la profundidad del amor y el desgarro.

Sentía que Marco había vendido su pluma a la moda, dejando de lado la emoción genuina por la fórmula repetida. Durante una entrevista en 2002, Rocío fue consultada sobre los nuevos cantautores del regional mexicano. Mencionó a Pepe Aguilar, a Joan Sebastián, pero evitó cualquier alusión a Marco Antonio. El silencio pesó más que cualquier crítica.

En privado, explicaba Marco, se volvió un negocio con barba. Y yo ya no canto para empresarios. En 2005, ambos coincidieron en un festival en Guadalajara. compartían camerinos contiguos. Él envió flores. Ella las devolvió con un breve recado escrito a mano. Gracias, pero las canciones no florecen donde hay olvido.

Esa fue su forma de cerrar el círculo. En sus últimos días, cuando repasaba mentalmente con quién había sentido una herida que no cicatrizaba, Marco aparecía no por lo que hizo, sino por lo que dejó de hacer. Porque a veces el dolor más profundo no viene del ataque frontal, sino del abandono silencioso. Para Rocío Marco Antonio fue una promesa no cumplida y no hay peor desilusión que descubrir que detrás de una gran voz no hay una gran alma. Lucero.

Ella era la novia de América. Lucero irradiaba frescura, simpatía, juventud. Con apenas 20 años ya encabezaba telenovelas. Grababa discos exitosos y llenaba estadios. Para muchos era la heredera natural de la tradición femenina en la música ranchera. Pero para Rocío Durcal, esa herencia no se gana con carisma, se construye con respeto.

A principios de los años 90, los productores comenzaron a comparar abiertamente a Lucero con Rocío. La prensa titulaba La nueva reina del mariachi. Aquello no molestó a Rocío. Lo que la enfureció fue otra cosa, una declaración pública. En 1994, durante la promoción de su álbum, Cerca de ti, Lucero, dijo en una entrevista, “Yo crecí con las canciones de Lola Beltrán y Lucha Villa, las verdaderas grandes.

Nunca fui muy fan de Rocío Durcal.” Esa frase fue como una daga porque Durkal no esperaba adoración, pero sí reconocimiento. Durante años había defendido el género mexicano en países donde era incomprendido. Había cantado con mariachis ante públicos europeos que jamás habían escuchado un ay. Y esa joven que apenas comenzaba la despreciaba en una frase.

Rocío no respondió en público, pero en privado anotó el nombre. En cada gala donde coincidían, Lucero saludaba con efusividad. Rocío respondía con una sonrisa helada, cortés distante. Es buena actriz, decía después con tono ambiguo. Nunca más compartieron escenario, aunque fueron invitadas a los mismos homenajes. En el año 2000, Televisa intentó reunir a varias mujeres del género para un especial televisivo.

Rocío aceptó hasta que supo que Lucero sería la conductora del evento. canceló sin dar explicaciones. Quienes la conocían sabían que nunca compartiría protagonismo con alguien que a sus ojos no había demostrado humildad. En su diario, Rocío escribió una frase que sus hijos encontraron años después. El talento sin gratitud es una moneda falsa. Brilla, pero no vale nada.

Esa frase tenía destinataria. No era rencor, era decepción, porque ella había abierto caminos para muchas, incluso para las que nunca lo agradecerían. Para Rocío Lucero, representó una generación que heredó aplausos sin saber por quién fueron ganados y a ella eso le dolía más que cualquier olvido. Jorge Rivero, galán de los años dorados del cine mexicano.

Jorge Rivero era sinónimo de virilidad en pantalla. Con su físico imponente y su mirada de acero, conquistó tanto a productores como a espectadoras. fue el símbolo del macho clásico de los años 70. Pero para Rocío Durcal, ese símbolo tenía grietas que solo se veían tras bambalinas. En 1974, Rocío fue invitada a coprotagonizar una película de corte romántico junto a Rivero.

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