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La telenovela de televisa prohibida de Maria Felix que el gobierno hizo desaparecer

Consuelo no preguntó por qué conocía ese tono. Era el tono de una decisión que ya se había tomado y que no admitiría conversación, negociación ni demora. Lo que María había leído era una telenovela de 26 capítulos. La historia de una matriarca poderosa llamada Dolores y en fuegos, que construye un imperio desde la nada, desde la pobreza más dura del norte de México y que ve como ese imperio es devorado lentamente por la corrupción del Estado, por la complicidad de los medios de comunicación, por la traición de los hombres que ella misma formó,

educó, financió y puso en posiciones de poder. Una mujer que al final lo pierde todo, absolutamente todo, excepto la única cosa que nadie puede quitarle. La verdad de lo que vio era ficción, pero era un espejo tan preciso, tan brutalmente exacto en su descripción de cómo funcionaba el poder en México, que cualquiera que hubiera vivido en ese país durante los últimos 30 años reconocería cada mecanismo, cada personaje, cada traición.

Y María Félix nunca pudo resistirse a un espejo que dijera algo verdadero. México en 1977 era un país que estaba aprendiendo a vivir con miedo sin llamarlo miedo. El sexenio de Luis Echeverría había terminado dos años antes, dejando una herida abierta que nadie se atrevía a examinar. Clatelolco seguía sin ser juzgado.

El alconazo seguía sin ser juzgado. Los estudiantes muertos seguían sin ser contados, porque contarlos era admitir lo que el gobierno había hecho. Y admitirlo era enfrentar consecuencias que nadie en el poder estaba dispuesto a enfrentar. José López Portillo había llegado a la presidencia prometiendo renovación moral, prometiendo que México iba a salir del hoyo, prometiendo que la riqueza petrólea, que se descubría en Tabasco iba a alcanzar para todos, que el país estaba a punto de entrar a una era de prosperidad que borraría las heridas del pasado. La gente quería

creerle. La gente siempre quiere creerle al que promete que mañana será mejor. Porque en México la esperanza es un hábito que sobrevive todas las decepciones. Emilio Azcárraga Milmo tenía 49 años y era el hombre más poderoso de la televisión mexicana, que en aquel país equivalía a ser uno de los hombres más poderosos a secas.

Lo llamaban el tigre, no por afecto, sino por advertencia. Era el tipo de hombre que sonríe antes de cerrar la trampa, que te invita a cenar para decirte que estás despedido, que te abraza con un brazo mientras con el otro le hace señas a alguien para que te saque del edificio. Había heredado Televisa de su padre, Emilio Azcárraga Vidaurreta, y la había convertido en algo mucho más que una empresa de entretenimiento.

Era un aparato de control cultural tan eficiente que hacía innecesaria la censura directa del gobierno. Porque lo que Televisa transmitía era lo que México pensaba, lo que Televisa ignoraba simplemente no existía. Y Azcárraga lo sabía y lo usaba con precisión quirúrgica. Tenía una relación con el gobierno que en México tenía nombre propio, aunque nadie la describiera en voz alta en público.

El gobierno protegía el monopolio. Televisa protegía al gobierno. Era un matrimonio sin amor, pero con intereses perfectamente alineados. Y Azcárraga lo había resumido el mismo en una frase que circulaba por los pasillos de Televisa con una mezcla de admiración y asco que nadie se atrevía a separar. Somos soldados del presidente.

Si tus padres o tus abuelos vivieron aquella época, si recuerdas las tardes frente al televisor viendo lo que Televisa decidía que podías ver. Si alguna vez te preguntaste porque ciertas historias nunca se contaban, entonces esta historia es para ti. Compártela con quien vivió esos años porque merece saber lo que pasó.

En ese contexto, María Félix llegó a México en enero de 1978 con un guion bajo el brazo y una decisión tomada. La reunión con Azcárraga fue en las oficinas de Televisa en Chapultepec, un edificio que por fuera parecía moderno y por dentro funcionaba como una corte medieval donde todo dependía del humor del rey. María llegó puntual, lo cual para ella era una forma de respeto que solo otorgaba cuando consideraba que alguien lo merecía provisionalmente.

Azcárraga la recibió de pie, otro gesto calculado, porque en el mundo de esos dos toda cortesía era también una maniobra. Los dos sabían que esa reunión era un juego de poder antes de ser una conversación de negocios. “María, qué honor”, dijo Azcárraga extendiendo la mano con esa sonrisa que usaba para todo, desde firmar contratos millonarios hasta despedir empleados que habían dejado de serle útiles.

María la tomó sin apretarla demasiado, sin soltarla demasiado rápido, sin mostrar nada que no quisiera mostrar. Emilio, no me digas que es un honor. Dime si tienes el valor de producir esto. Puso el guion sobre el escritorio de Caoba. El sonido del manuscrito golpeando la madera fue lo único que se escuchó durante 3 segundos.

Azcárraga lo tomó. Leyó el título en la portada. La Sangre Manda levantó la vista hacia María. Sus ojos calculaban algo, tazaban algo, medían el riesgo y el beneficio con la velocidad de un hombre que llevaba décadas haciendo exactamente eso. ¿De quién es esto? No importa de quién es. Importa si lo vas a hacer.

Azcárraga abrió las primeras páginas. leyó 5 minutos en silencio mientras María esperaba sin moverse, sin cruzar las piernas, sin tocar nada, con la quietud de una mujer que sabe que la paciencia también es una forma de poder. Cerró el guion. María, esto es muy fuerte, para eso sirve la televisión. Azcárraga sonrió. Era la sonrisa del hombre que ya está calculando el costo de algo antes de decidir si lo quiere.

¿Sabes lo que me estás pidiendo? Una telenovela en horario estelar con una protagonista que confronta directamente la corrupción presidencial. Los patrocinadores van a huir. El gobierno va a llamar. María se levantó del sillón, tomó su bolso con la elegancia de quien no necesita quedarse donde no la quieren.

Entonces, no me hagas perder el tiempo, Emilio. Estoy vieja para perder el tiempo. Espera. Azcárraga también se levantó. La velocidad con la que lo hizo revelaba más de lo que habría querido. Siéntate, vamos a hablar. Tardaron tres semanas en llegar a un acuerdo. No fue una negociación limpia, ni rápida, ni amistosa.

Fue una guerra de posiciones donde cada cláusula era un campo de batalla, donde cada concesión era calculada al milímetro, donde cada sonrisa escondía una reserva mental. María exigió control creativo total sobre el proyecto. Ningún cambio de diálogo sin su aprobación personal, ninguna escena eliminada sin su conocimiento y su visto bueno.

El director sería alguien que ella eligiera. El elenco lo decidiría ella. La música, el vestuario, la fotografía, todo pasaría por sus ojos antes de quedar grabado en cinta. Azcárraga escuchaba y sonreía y decía que si con la boca mientras sus abogados escribían cláusulas en letra pequeña que desdecían cadas y con la precisión de hombres entrenados para construir jaulas que parecen puertas abiertas.

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