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Dos Ciclistas Desaparecieron en Carretera del Desierto en 1984 —Cuerpos Sentados en Posición de Rezo

 “Lleven más agua de la que creen necesitar”, les advirtió mientras les entregaba dos termos adicionales. “El desierto engaña. Parece que nunca cambia, pero tiene vida propia.” Martín sonrió con educación, pero en su mente ya había calculado exactamente los litros necesarios para el trayecto. Habían planeado llegar a Antofagasta en tres días, pedaleando durante las horas menos calurosas y acampando al anochecer.

 “Sars, estaremos bien, doña Carmen,” respondió mientras ajustaba su GPS. Uno de los primeros modelos disponibles para civiles, una pequeña extravagancia tecnológica para la época. Hemos estudiado la ruta durante meses. Felipe, mientras tanto, tomaba fotografías del amanecer, capturando cómo la luz transformaba las formaciones rocosas del desierto.

 ¿Has visto estos colores, Martín? Es como si el desierto respirara con la primera luz. A las 6:30 de la mañana, ambos montaron sus bicicletas equipadas especialmente para el terreno. Cada uno llevaba dos mochilas, una frontal con provisiones inmediatas y una trasera con el equipo de acampada, herramientas y suministros adicionales.

 Martín había insistido en llevar un radiotransmisor, aunque la recepción en aquella zona era notoriamente mala. El primer tramo del viaje transcurrió según lo planeado. El viento soplaba a su favor y el sol aún no alcanzaba su punto más alto. Cada 20 km hacían una breve parada para hidratarse y revisar el equipo.

 En una de estas paradas, Felipe notó algo inusual en el horizonte. Mira eso. Es normal que haya nubes tan bajas en esta zona. Martín consultó su mapa meteorológico. No deberían formarse tormentas hoy, pero ya sabes cómo son los microclimas del desierto. Decidieron continuar, pero aumentaron el ritmo. A mediodía, el paisaje comenzó a cambiar sutilmente.

 Las formaciones rocosas adquirían formas más pronunciadas, casi como si fueran figuras vigilantes. El viento, que antes soplaba a su favor, ahora levantaba pequeños remolinos de arena que dificultaban la visibilidad. A las 14 horas pararon junto a una formación rocosa que ofrecía algo de sombra. Mientras comían las raciones energéticas que habían preparado, Martín hacía anotaciones en su diario.

 “Estamos avanzando más lento de lo previsto”, comentó con el seño fruncido. “Si no aceleramos, tendremos que acampar antes de llegar al punto que marqué. Felipe estaba inusualmente silencioso, enfocado en revisar las fotografías que había tomado durante la mañana. De pronto señaló algo en una de las imágenes. ¿Ves esto? No lo noté cuando la tomé.

 Martín se acercó a mirar la pequeña pantalla digital. En la imagen, apenas perceptible en la distancia, se veía lo que parecía ser un vehículo estacionado junto a la carretera varios kilómetros atrás. “Probablemente algún camionero descansando”, comentó Martín. sin darle importancia. Deberíamos continuar. Se está haciendo tarde.

 Recogieron sus cosas y volvieron a la carretera. El sol comenzaba su descenso, pero el calor persistía envolviendo el paisaje en una bruma ondulante. La carretera se extendía implacable ante ellos, kilómetro tras kilómetro de asfalto recalentado. A las 17:30 el cielo cambió abruptamente. Lo que antes parecían nubes inofensivas, ahora formaba una masa oscura que avanzaba hacia ellos desde el norte.

 “Esto no es normal”, murmuró Martín consultando nuevamente su GPS. Estamos a unos 30 km del punto de acampada previsto, pero no creo que lleguemos antes de que eso nos alcance. Felipe miró a su alrededor buscando algún refugio natural. ¿Qué tal aquella formación? Parece lo suficientemente grande para protegernos. A 1 kilómetro de la carretera se alzaba una serie de rocas enormes, erosionadas por milenios de viento y cambios de temperatura.

Decidieron desviarse y buscar refugio allí. El terreno se volvió más difícil para las bicicletas a medida que se alejaban del asfalto, obligándolos a desmontar y caminar el último tramo. Llegaron a las rocas justo cuando las primeras ráfagas de viento comenzaban a azotar con fuerza. Rápidamente aseguraron las bicicletas y prepararon un refugio improvisado usando la carpa y las rocas como anclaje.

 El viento aumentaba su intensidad, trayendo consigo una fina arena que se colaba por cada resquicio. “Nunca había visto una tormenta formarse tan rápido”, gritó Felipe para hacerse oír sobre el rugido del viento. Martín intentaba sintonizar el radiotransmisor buscando alguna señal, alguna voz que les indicara que no estaban completamente aislados, solo conseguía estática entrecortada.

 La tormenta empeoró durante la siguiente hora. La visibilidad se redujo a apenas unos metros y el ulular del viento entre las rocas creaba un sonido fantasmal. Felipe sacó su cámara protegida en una funda impermeable y tomó algunas fotografías de su precaria situación. Para cuando contemos esta historia, dijo con una sonrisa tensa.

 Martín no respondió. Estaba concentrado en el radio, que por un instante había captado algo, una voz entrecortada. Kilmro 157. Precaución. No se detengan. ¿Escuchaste eso?, preguntó Martín, pero la estática volvió a apoderarse del aparato. La noche cayó rápidamente, como suele ocurrir en el desierto. La temperatura descendió bruscamente y la tormenta, lejos de amainar, parecía intensificarse.

 Los dos amigos se acomodaron lo mejor que pudieron en su refugio improvisado, racionando el agua y los alimentos. Si esto no mejora para mañana, tendremos que regresar a Quillagua, dijo Martín consultando el mapa con la ayuda de una linterna. Felipe asintió en silencio. Algo en la atmósfera, más allá de la tormenta física, lo inquietaba, una sensación que no podía explicar.

 ¿Escuchaste eso?, preguntó de pronto, incorporándose. Martín apagó la linterna y ambos quedaron en silencio, atentos. Entre el rugido del viento, un sonido diferente llegaba hasta ellos. El motor de un vehículo. Alguien está cerca, murmuró Martín. Tal vez podamos pedir ayuda. Felipe no estaba tan seguro quién conduciría en medio de esta tormenta.

Martín tomó la linterna más potente que llevaban y salió del refugio, protegiéndose el rostro con un pañuelo. Felipe lo siguió a regañadientes. La arena golpeaba sus cuerpos como pequeñas agujas y la visibilidad era casi nula. Martín encendió la linterna y comenzó a moverla en el aire tratando de hacer señales.

 El sonido del motor se acercaba, pero no podían ver ninguna luz. De pronto, el ruido cesó como si el vehículo se hubiera detenido cerca de ellos. “Aquí necesitamos ayuda!”, gritó Martín, pero su voz se perdió en el viento. Felipe puso una mano en el hombro de su amigo. “Algo no está bien”, dijo. “Volvamos al refugio”.

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