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Cuando aquel B-26 sobrevoló la cubierta de un portaaviones japonés, nadie pudo disparar ni una sola bala

De niño, Samuel no soñaba con ser piloto. Soñaba con barcos. Le gustaba ir al puerto y mirar las grúas, los cascos enormes, las cadenas, las manos de los hombres moviéndose como si cada cuerda tuviera una música propia. Su padre trabajaba allí y, a veces, los domingos, le llevaba a ver los astilleros desde lejos.

—Mira bien —le decía—. Todo lo grande se sostiene por piezas pequeñas que casi nadie ve.

Samuel recordaría esa frase toda su vida.

Cuando empezó a interesarse por los aviones, su padre no lo entendió.

—Los barcos al menos flotan cuando se paran —gruñó Julián—. Los aviones caen.

—También vuelan.

—Hasta que dejan de hacerlo.

Pero Margaret sí lo entendió. Había visto a su hijo mirar el cielo de una manera que no se aprende. Le compró, con dinero ahorrado de turnos dobles, una revista de aviación de segunda mano. Samuel la leyó hasta desgastarle las esquinas. Luego empezó a montar modelos de madera. Después consiguió trabajo limpiando hangares en un aeródromo local a cambio de poder mirar de cerca los aparatos.

El primer vuelo lo hizo con diecisiete años, en un avión pequeño que olía a aceite y cuero viejo. El piloto, un veterano de pocas palabras, le dejó sostener el mando unos segundos.

—Suave —le dijo—. Un avión no se pelea. Se convence.

Samuel bajó a tierra con las piernas temblando.

Esa noche casi no cenó.

Su padre lo notó.

—Ya está perdido —dijo.

—¿Quién? —preguntó Margaret.

—El chico. Se le ha metido el cielo en la cabeza.

No lo dijo con alegría, pero tampoco con desprecio. Más bien con resignación. Como quien ve venir una tormenta y sabe que no puede mover la montaña.

A los veinte años, Samuel ingresó en el Cuerpo Aéreo del Ejército. Su madre lloró. Su padre no. Julián le dio una navaja pequeña, de mango gastado.

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