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El mes tiene treinta días, a veces treinta y uno.

PARTE 1

El mes tiene treinta días, a veces treinta y uno.

Pero cuando en la cuenta bancaria solo te quedan telarañas, cada día dura como un siglo.

Ayer fue día veintiocho.

Ese día maldito en el que abres la nevera y solo hay luz y un medio limón reseco en la puerta.

El limón llevaba ahí desde las Navidades pasadas.

Se había convertido en parte de la familia.

Le habíamos cogido hasta cariño.

Mi mujer, Carmen, me miró desde el sofá.

Llevaba esa bata de boatiné que le regaló su madre y que, sinceramente, es lo menos sexi del mundo.

Pero abriga más que un abrazo de oso.

«¿Queda pan?», me preguntó.

Su voz sonaba cansada.

Llevaba todo el día doblando el lomo en la fábrica de conservas.

Metiendo atún en latas como si no hubiera un mañana.

«Voy a mirar», mentí.

Yo sabía perfectamente que no quedaba pan.

El último currusco nos lo habíamos comido en el desayuno, mojado en leche manchada con un pelín de café soluble.

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