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“GATO” ORTIZ: el “CÁRTEL” en la portería… De ídolo millonario a SECUESTRADOR despiadado

Escucha esto. 75 años de prisión sin posibilidad de reducción de pena, sin beneficios, 75 años. [música] Eso es lo que le cayó encima al portero que celebraba títulos con el puño cerrado, al que llevó a Jaguares de Chiapas a los mejores torneos de su historia, al que fue convocado a la Copa Oro con la selección nacional, al que firmó contratos que su familia jamás [música] hubiera imaginado cuando era un chico que pateaba balones en los barrios de Monterrey.

Lo que nadie te contó es que la caída de Omar el Gato Ortiz no empezó el día que lo detuvieron. empezó años antes en silencio, en los márgenes de una carrera que nunca fue tan brillante como él necesitaba que fuera, en el espacio entre quien era y quien quería ser. Y en ese espacio, alguien le ofreció la salida más peligrosa posible.

Su nombre completo es Omar Ortiz Uribe. Nació el 13 de marzo de 1976 en Monterrey, Nuevo León, y lo que le pasó cambió todo. En los próximos minutos vas a conocer cuatro cosas que nunca te contaron sobre él. Primera, ¿cómo pasó de ser el mejor portero de los primeros 10 años de Jaguares de Chiapas a quedarse sin fútbol, sin contratos y con una adicción que vaciaba sus bolsillos más rápido de lo que los [música] llenaba? Segunda, el momento exacto en que se convirtió en informante de una banda ligada al cártel del Golfo y que recibía

a cambio de marcar a sus [música] propias amistades para que la secuestraran. Tercera, la noche del 7 de octubre de 2011 en Monterrey, cuando el esposo de Gloria Trevi fue arrancado de su carro en la avenida Lázaro Cárdenas y retenido durante 72 horas, mientras el mundo del espectáculo miraba sin entender qué estaba pasando realmente.

Y cuarta, lo que pasó dentro del penal de Cadereita en marzo de 2017 durante un motín que dejó cuatro personas muertas y 29 heridas, [música] incluyendo al propio Gato Ortiz. y que cambió para siempre la forma en que él mismo se ve. Te voy a avisar cuando lleguemos a cada una. Si te vas antes del final, te pierdes lo más impactante de esta historia.

Como alguien que tenía acceso a los estadios más grandes de México, que había probado el sabor de la Copa Oro con la selección, que sabía lo que era levantar un trofeo, decidió usar todo ese capital social para hacer algo imperdonable, para convertirse en la pieza más cínica de una cadena del crimen.

Pero antes necesita saber cómo llegó hasta ahí, porque todo empezó en Monterrey en los años 90, cuando un chico de 1,80 m con ojos verdes [música] decidió que quería ser portero. Monterrey es una ciudad que no perdona la mediocridad. Lo dice en sus rascacielos. Lo dice la velocidad con la que se mueven sus negocios. Lo dice la forma en que sus habitantes dividen el mundo entre los que llegaron y los que no.

Es una ciudad norteña, industrial, orgullosa de su capacidad de trabajo y profundamente dividida entre una clase alta que vive en colonias blindadas y una clase popular que sueña con cruzar esa frontera invisible. Es también, para quienes la conocen bien, una ciudad donde el fútbol no es [música] solo un deporte, es una forma de identidad.

Los Rayados de Monterrey representan algo que va más allá de los resultados del fin de semana. Representan la pertenencia a algo grande, algo que trasciende el barrio, la colonia, la clase social. Cuando un chico de las colonias de Monterrey pone los ojos en el uniforme de rayados, no está mirando una camiseta, está mirando una posibilidad de transformación total.

Omar Ortiz nació en ese Monterrey, en el Monterrey de los barrios que no aparecen en los folletos turísticos, donde el fútbol no es un pasatiempo, sino una forma concreta de escapar de un destino que ya está escrito si no haces algo para cambiarlo. Donde un chico que tenga habilidad suficiente puede convertirse en algo más grande que su colonia, que [música] su calle, que la historia de su familia.

Su historia en el deporte no comenzó en ningún momento de revelación cinematográfica. No hubo un entrenador que lo vio jugar en la calle y supo de inmediato que estaba ante un fenómeno extraordinario. La de Omar Ortiz fue la historia más común del fútbol de base mexicano. Trabajo constante dentro de un sistema, competencia con otros chicos, igualmente hambrientos por una oportunidad [música] y una habilidad que fue creciendo con los años y con los partidos.

Lo que sí tenía desde muy joven era ese instinto físico particular del buen portero, esa capacidad de anticipar el peligro antes de que se concrete, esa disposición a lanzarse, a estirarse, arriesgar el cuerpo sin calcular el costo físico. Esa actitud de que ningún balón está perdido hasta que cruza la línea.

Los reflejos no se fabrican. Se tienen o no se tienen. Y Omar Ortiz los tenía. Las fuerzas básicas de Rayados lo tomaron y eso ya era una declaración sobre su nivel. Rayados es el equipo grande de la ciudad, el que exige más a sus juveniles y el que a la vez les ofrece la plataforma más importante para dar el salto al profesionalismo en Nuevo León.

Estar en las fuerzas básicas de Rayados en los años 90 significaba que alguien te había visto y había apostado por ti con el peso institucional del club más importante del norte del país. Significaba entrenamientos más serios que en cualquier otra categoría menor. Competencia más feroz con jugadores de igual nivel.

El primer sabor real de lo que podía ser una carrera de largo aliento. Los años de formación en las categorías juveniles son los que definen no solo al jugador, sino a la persona. Son los años en que aprendes a ganar y a perder dentro de un sistema con reglas que no cambian para complacerte. [música] Los años en que el fútbol deja de ser juego y se convierte en trabajo profesional.

Los años en que empiezas a entender que el talento solo no alcanza, que hace falta disciplina real, capacidad genuina de aguantar la frustración, resiliencia para levantarte cuando el técnico decide que no eres el titular en ese torneo específico. Y es también en esos años cuando algunos jugadores empiezan a construir una relación complicada con la presión.

Cuando el ego [música] crece más rápido que el talento, cuando la certeza de ser especial choca contra la realidad de que hay otros 10 chicos en el vestuario que también se creen especiales, el fútbol juvenil está lleno de esa tensión y no todos la manejan de la misma [música] manera ni con las mismas consecuencias.

En 1997 con 21 años, Omar Ortiz debutó como portero profesional en el primer equipo de Rayados de Monterrey. Ese debut fue el cumplimiento de todo lo que había trabajado, la confirmación de que el camino elegido era el correcto y aunque no se convirtió de inmediato en el portero titular indiscutido, porque en Rayados siempre hay competencia seria en todas las posiciones, el hecho de estar ahí en primera división con el uniforme de los rayados en la espalda ya era una victoria que la mayoría de los chicos que entrenaron con él en las fuerzas

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